El druida (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 1) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Había un poblado a menos de una milla por la calzada y Bellicus decidió parar, por mucho que le doliera demorar de nuevo la persecución de los sajones, para intentar conseguir algún tipo de arma.

La idea de encarar a una banda de guerreros con nada más que una barra de hierro era desalentadora, aunque no albergaba esperanzas de hallar nada comparable a su espada robada en un lugar como ese.

El asentamiento no pasaba de unas cuantas chozas redondas y un caserón más grande que, a juzgar por el olor acre, el druida identificó como un taller de alfarería que proveía el sustento a los lugareños; una actividad común en las aldeas de la región.

En otros tiempos, aquel habría sido un enclave próspero y bullicioso, pero con la retirada de los romanos también se había esfumado la demanda de sus mercancías.

Con suerte, contarían al menos con un herrero; un alfar precisaba herramientas de metal, y los carros y caballos empleados para transportar los productos al mercado requerían herraduras, llantas y arreos.

Muy consciente de la impresión que causaría —sin su bastón de mando, los lugareños solo verían a un soldado formidable montado en un caballo de guerra y escoltado por sabuesos de aspecto peligroso—, se encorvó sobre la silla de Darac e intentó parecer menos amenazante de lo que la naturaleza lo había hecho.

Como era previsible, la primera persona que lo divisó —un niño que jugaba con otros— dio la voz de alarma.

Pronto se congregó en la calle un comité de bienvenida que lo observaba con recelo a medida que avanzaba.

Los hombres empuñaban armas rudimentarias, a diferencia de los pequeños, a quienes seguramente ya habrían puesto a buen recaudo en las inmediaciones.

Se aproximó a ellos a lomos de Darac, procurando que los canes se mantuvieran a su espalda, y exhibió una leve sonrisa en su apuesto rostro.

Los hombres, apenas una decena, escudriñaban el camino a sus espaldas, preguntándose si Bellicus viajaba solo o si era la avanzadilla de una hueste mayor, fuera aliada o enemiga.

—Me alegra encontrarlos —anunció el druida, con una voz potente que resonó en el silencioso poblado, anticipándose a la duda tácita para infundir tranquilidad—. Viajo solo. Únicamente busco algunas provisiones y alimento para mis animales, si disponen de ello.

—Bienvenido a Pencathra, forastero —saludó uno de ellos, el más anciano del grupo, con una barba gris que casi le cubría el rostro, mientras vigilaba a Cai de reojo—. ¿Hacia dónde te diriges?

—Al sur —replicó Bellicus con indiferencia—. Sigo el rastro de una partida de guerreros sajones. ¿Los han visto pasar?

Los aldeanos se consultaron con la mirada, pero nadie parecía tener noticia de tal comitiva.

—¿Por qué iba alguien en su sano juicio a buscar a un grupo de sajones? —se extrañó el anciano barbudo—. Parece lo último que intentaría un hombre cuerdo. Menos aún uno solo, como pretendes.

—¿Eres uno de ellos? —intervino un muchacho imberbe. Bellicus se complació al notar curiosidad en sus ojos en vez de temor. Al menos aquel joven no lo juzgaba una amenaza.

—Ni mucho menos —sonrió Bel. Cruzó una pierna sobre la montura y se deslizó desde el lomo de Darac para posarse con ligereza en el suelo, donde se estiró un poco para devolverle la circulación a sus extremidades entumecidas—. Me han robado y tengo la intención de recuperar lo que es mío.

Sopesó la idea de revelarles su condición de druida, pero intuyó que sin su bastón apenas le darían crédito.

Al fin y al cabo, distaba mucho de encajar en el estereotipo de los druidas de las leyendas y, además, necesitaba ganarse su consideración.

Confesar que un vagabundo desdentado y su hijo mugriento lo habían despojado de sus armas y pertenencias difícilmente infundiría respeto hacia su supuesta autoridad mística.

De modo que optó por hacerse pasar por un simple guerrero empeñado en una gesta. Sí, solo un necio iría tras una docena de sajones en solitario, pero al menos aquella gente sabría que era valiente y, con toda probabilidad, un combatiente diestro.

Los guerreros podían permitirse ser insensatos; los druidas, desde luego, no.

El anciano de barba gris poseía una mirada aguda y una mente perspicaz; señaló hacia la cintura de Bel, donde la túnica marrón se había entreabierto al desmontar.

—¿Vas a cazar sajones sin espada? No vas a abatir a muchos solo con esa barra de hierro.

Por fin, el druida se enderezó, alzándose a su altura máxima de más de dos metros, y echó los hombros hacia atrás.

Era una figura imponente, incluso desarmado, y los ojos de los aldeanos reflejaron una repentina ansiedad.

Aquellos hombres no eran soldados, y a ninguno le hacía gracia la idea de medirse con semejante gigante en mitad del camino, por mucho que lo superaran en número.

Sin embargo, el anciano no tenía la menor intención de iniciar una disputa. Todo aquello no era más que un tanteo mutuo. En esos tiempos peligrosos en los que cualquier desconocido podía ser un enemigo, lo sensato era calibrar las intenciones de los visitantes que se aproximaban al asentamiento.

— Vuelvan al trabajo —ordenó el viejo, indicando a los demás que se retiraran—. Yo me encargo de nuestro invitado. Pueden unirse a nosotros en la taberna dentro de un rato; sin duda te vendrá bien probar el estofado de cordero de mi hija.

Mientras se dispersaban con las armas ya bajas, a Bel se le hizo la boca agua con la simple mención del banquete.

Tenía urgencia por regresar a la calzada, pero Darac se había ganado un buen pienso tras la odisea de la víspera, de modo que aceptaría de buen grado aquella hospitalidad.

Sabía que Cai terminaría localizando el rastro de la presa y, con el caballo descansado, podrían avanzar mucho más rápido.

El anciano, que se presentó como Carnucus, guio al druida hacia un cobertizo pequeño pero impecablemente cuidado.

Al mirar alrededor, Bellicus notó que muchas de las otras edificaciones mostraban una solidez y un mantenimiento similares.

Pencathra era a las claras un enclave próspero y bien administrado.

Aquello delataba el carácter de sus habitantes, y el respeto del druida por ellos creció.

Una vez que acomodaron a Darac con un buen morral de avena, los hombres se encaminaron a la taberna, que en realidad no era más que otra choza redonda.

Había un fogón en el centro, apagado en ese momento, ya que el edificio contaba con otra sección apartada que se empleaba para cocinar y elaborar la cerveza.

Bel percibió de inmediato el calor que emanaba de ese rincón, donde otro fuego caldeaba el guiso prometido.

Carnucus le indicó un banco para que descansara y desapareció un instante, regresando al punto con un cuenco humeante y una jarra llena que depositó sobre la mesa.

Desde la penumbra, alguien arrojó un par de tortas al suelo, entre los juncos, para los perros. Bellicus no alcanzó a ver de quién se trataba —supuso que sería la hija de Carnucus—, pero contempló el deleite de los sabuesos al abalanzarse sobre la comida.

—Matugena tiene debilidad por las bestias —comentó el anciano con una sonrisa casi apurada, como si considerara excesivo aquel buen trato hacia los animales—.

Tenemos unos cuantos perros y ella les prepara esas tortitas con descartes de hígado, cebada, col y jugos de carne.

¡Yo mismo me las comería si hiciera falta!

—Dale las gracias de mi parte —pidió Bel sonriente, mientras se llevaba una cucharada de estofado a la boca. Estaba delicioso y masticó complacido—. Mis perros son camaradas leales y me alegra ver que los alimentan tan bien.

Carnucus aguardó a que terminara de comer, lo cual no tomó demasiado tiempo dada la voracidad del viajero y las bondades del plato. El hombre mayor retomó la conversación.

—Mencionaste que buscabas provisiones. ¿Qué necesitas exactamente? Ya ves que somos una comunidad pequeña, de modo que...

Bel se limpió la boca con el dorso de la mano y exhaló un suspiro de satisfacción antes de asentir con comprensión.

—Bueno, lo más apremiante, como habrás notado, es que carezco de espada. Esta barra de hierro es letal, pero dista de ser lo ideal. ¿Hay algún herrero en el contorno? ¿O tal vez podría comprarte un arma a ti o a alguno de tus hombres que tengan de sobra?

Justo en ese instante se oyeron los pasos de los alfareros que regresaban del taller. Era la hora de la comida de la tarde.

—Me temo que no contamos con herrero en Pencathra, y yo mismo no poseo espada, mucho menos una de repuesto. Pero podrías convencer a alguno de los muchachos para que te trueque la suya, según lo que lleves para ofrecer a cambio.

La pregunta iba implícita en las palabras, por lo que Bel metió la mano bajo su túnica y exhibió los pequeños bolsillos que llevaba cosidos.

—Especias, hierbas, ingredientes para diversos usos.

Carnucus frunció el ceño, desconcertado.

—¿Cómo cuáles? ¿Por qué viajas con semejantes géneros?

Ignorando la segunda pregunta, Bel respondió:

—Pimienta negra, cilantro, perejil, anís, semillas de mostaza... cosas por el estilo. El guiso de tu hija es maravilloso, pero una pizca de mis especias lo transformaría en un manjar digno de los dioses.

Como por arte de magia, un rostro femenino apareció tras la mampara que ocultaba el fuego de la cocina.

—¿Especias? —preguntó la joven. Era Matugena, la hija de Carnucus.

Tenía las mejillas coloradas de pasar tanto tiempo cocinando para los trabajadores, pero aún era una muchacha.

De inmediato, la chica miró a un joven alto que acababa de sentarse con el resto de los alfareros—. Tenemos una maza vieja, ¿verdad?

—¿Qué?

Por la forma en que lo miró, como si fuera un poco lento, Bellicus supuso que aquel hombre era su esposo.