El druida (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 1) CAPÍTULO DIEZ #2
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CAPÍTULO DIEZ #2

El druida se sintió aliviado al permitirse por fin quedarse dormido; los suaves sonidos de la lluvia y el fuego, y la presencia de su fiel sabueso, le hacían sentir relajado y a salvo.

Mientras caía en un sueño profundo, oyó al hombre hablar con Cai, diciéndole al perro que se tumbara y descansara también.

* * *

Cuando despertó, el bochorno y los sonidos de la naturaleza le advirtieron que ya había pasado el mediodía. El sol reverberaba en el interior de la choza, obligándolo a entrecerrar los ojos antes incluso de despegar los párpados. El panorama se perfilaba desalentador. Y doloroso.

Aquella maldita cerveza que le habían convidado.

.. debía de ser mucho más traicionera de lo que calculó.

No recordaba la última vez que se había permitido emborracharse hasta el punto de perder el conocimiento.

Se llevó una mano a los pantalones y entornó un ojo para examinar el jergón donde reposaba su cabeza.

Al menos no había vomitado ni se había orinado encima, como recordaba haber visto hacer a algunos de los guerreros más veteranos cuando pasaban de la raya.

Percibió el contacto cálido, un poco áspero y levemente húmedo de la trufa de Cai contra el dorso de su mano, y estuvo a punto de sonreír.

—Buen chico —murmuró, acariciándole las orejas.

El sabueso gimió en respuesta e, instintivamente, Bellicus supo que algo marchaba mal. No había un peligro inminente, de lo contrario Cai habría gruñido, pero aquel lamento expresaba más de lo que cualquier palabra habría logrado transmitir.

El druida abrió los ojos a la fuerza y deslizó la mano con lentitud hacia la cintura. Estaba seguro de no haberse quitado el tahalí, pero la presencia reconfortante de Melltgwyn no se hallaba en su sitio. Recorrió la estancia con la mirada, sin descubrir rastro de sus anfitriones.

Exhaló un suspiro de alivio cuando Eolas entró en la edificación y se sentó a su lado. El animal debió de salir a aliviarse, pero estaba a salvo. Todos lo estaban. Sin embargo, algo había quebrado la normalidad; lo percibía en la atmósfera y el desasosiego de Cai terminaba de confirmarlo.

Permaneció tendido en el camastro, ignorando el picor en la pantorrilla provocado por un insecto que la recorría, y aguzó el oído para evaluar la situación.

Fuera, el único rumor procedía de las aves.

Una urraca graznaba colérica porque algún intruso, tal vez un gato montés, se había aproximado en demasía a su nido; un par de estorninos compartían su silbido agudo —uno de ellos en un tono más grave, revelando que se trataba de una madre y su cría en busca de lombrices—.

Una mariposa blanca entró revoloteando por el vano de la puerta, pero dio media vuelta de inmediato y Bel se incorporó con pesadez.

Padecía una cefalea punzante y un gusto rancio y amargo en la boca. De haber tenido cerveza fresca a mano, habría apurado un par de copas para mitigar el tormento, pero el mero recuerdo del brebaje de la noche anterior le revolvió el estómago.

Finalmente, la ausencia de la espada caló en su entendimiento aturdido. Alguien se había llevado a Melltgwyn.

Sin detenerse a pensar, se dirigió a grandes zancadas hacia el hogar, cuyas brasas se habían extinguido por completo, y aferró el viejo atizador de hierro que su hostelero empleaba la víspera. No era gran cosa como arma, pero en las manos de un guerrero-druida resultaría letal.

De pronto, un nudo se le formó en el estómago al evocar la conversación sobre sus insignias. Tampoco había ni rastro del bastón de fresno.

¿Le habían robado? La conclusión era ineludible. ¿Cómo había permitido semejante humillación? ¡Él, Bellicus, druida del rey Coroticus de Alt Clota, el hombre que sembraba el espanto en los corazones enemigos por todo el reino!

Desvalijado por un miserable desdentado y su retoño. Resultaba absurdo, pero no tenía ninguna gracia. Sin Melltgwyn carecía de medios para defenderse como es debido y, lo que era peor, sin el bastón de mando aumentaban las probabilidades de que cualquier caminante lo atacara en las calzadas.

Habría echado la cabeza hacia atrás para maldecir con tanta fuerza como le permitieran sus pulmones si no fuera por el suplicio que sufría en el cráneo. Se conformó con murmurar una plegaria a Dis, rogándole que castigara al ladrón con forúnculos supurantes en el miembro.

¿Cómo había sucedido aquello? El regusto en la boca se lo aclaraba todo: mandrágora o alguna raíz de propiedades idénticas.

El adobo de bayas en la cerveza era tan espeso que enmascaró el sabor del sedante que el miserable debió de deslizar en su cuenco.

El druida experimentó una mezcla de rabia y vergüenza por haber caído en un ardid tan burdo, pero ahuyentó el resentimiento de un plumazo; de nada le serviría a él, y menos a Catia, ensañarse con sus propios errores.

Debía reponerse y ganar la calzada para reanudar la marcha tras los sajones.

De pronto, su mente embotada evocó a Darac. ¿También se habrían llevado al caballo?

—¡Vamos!

Salió a toda prisa bajo el sol implacable, empuñando el atizador de hierro abollado mientras Cai y Eolas trotaban pisándole los talones. Al salir, estuvo a punto de soltar una carcajada a pesar de la gravedad de su situación.

Darac aguardaba en mitad del patio embarrado, contemplando a Bellicus. El semental conservaba la silla, pero no había ni rastro de jinete alguno.

—Buen chico —rio Bellicus, y ese pequeño triunfo le restituyó los ánimos por completo.

Era evidente que el hombre y su hijo habían intentado huir a lomos de Darac, pero no sopesaron la lealtad del gran azabache, ni mucho menos su temperamento.

El druida volvió a sonreír al imaginar a la pareja de tunantes despedidos sin miramientos desde la montura hacia alguna cuneta, antes de que el animal emprendiera el camino de regreso junto a su dueño—. Buen chico.

Sin embargo, el destello de victoria duró poco.

Bellicus comenzó a inventariar los daños para descubrir qué más le faltaba.

Palpó las faltriqueras ocultas en su túnica —al menos no lo habían dejado desnudo— y se alivió al comprobar que sus hierbas y ungüentos medicinales seguían allí; con certeza, aquellas raíces carecían de valor para los ladrones.

En cambio, sus reservas de viandas, las monedas romanas, los objetos de trueque, la daga que portaba sujeta al tobillo y, por descontado, su espada y su bastón de fresno. .. todo se había esfumado.

Y con toda probabilidad, los rateros ya estarían lejos.

Con un suspiro, resolvió inspeccionar los cobertizos en ruinas; tal vez localizara un arma más digna que aquel tizón oxidado.

En el centro del patio se alzaba un pozo de piedra y el druida se encaminó directo hacia él con la esperanza de que guardara agua limpia; la sequedad de la garganta y el persistente regusto a saúco le recordaban su miseria a cada instante.

La soga se conservaba en buen estado, lo que auguraba que Bel podría disfrutar pronto de un trago fresco. Se asomó a las profundidades de la estructura, admirado como siempre por la pericia arquitectónica de los antiguos romanos, cuando un juramento se le escapó de los labios resecos.

El sol, ya en lo alto, iluminaba el fondo de la fosa lo justo para revelar la masacre: al menos tres cadáveres yacían apilados en el fondo. El estómago se le revolvió y una oleada de furia helada lo atenazó al divisar una pequeña extremidad blanca que sobresalía bajo el torso de un adulto.

Aquella era la familia que habitaba el lugar en paz hasta que los supuestos anfitriones irrumpieron unos días atrás.

Entonces, el druida se irguió cuan largo era y bramó una imprecación a los cielos, exigiendo justicia y sangre por el hombre, la mujer y el niño masacrados y arrojados a la tumba de piedra.

¿Por qué no lo habían degollado a él también?

Supuso que su condición de druida bastó para infundirles el temor sagrado indispensable para perdonarle la vida, aunque no sus pertenencias.

Eso, y la custodia de Cai. El sabueso jamás habría consentido que aquellos desgraciados le rebanaran el cuello a Bel mientras dormía; el mero brillo de una hoja habría desatado un frenesí feroz y protector en el animal.

El asesino debió de medir sus pasos, moviéndose con lentitud felina para desvalijar al gigante inconsciente sin alarmar a los canes.

Con el ánimo ensombrecido, Bellicus terminó de registrar los edificios derruidos en busca de pertrechos, pero las ruinas no ofrecieron nada.

Sabía que Cai habría descifrado el rastro de los ladrones sin dificultad, pero Catia era la prioridad absoluta; su rescate importaba más que ajustar cuentas con los asesinos o recuperar sus tesoros. Incluso más que el bastón de mando.

Los dioses atenderían sus ruegos, se juró Bel. Tarde o temprano volvería a cruzarse con el desdentado y su estirpe, y entonces se cobraría el precio de sangre.

Por el momento, su ejército se reducía a una barra de hierro, un caballo y dos perros.

Se agachó para rodear con un abrazo a Cai y a Eolas, juntando sus cabezas con una mezcla de gratitud y fiereza por seguir vivos y unidos. Luego montó a Darac de un salto y espoleó al animal de vuelta a la calzada romana.

Una vez más, rumbo al sur.