CAPÍTULO NUEVE #2
De pronto, una bandada de cinco o seis cuervos se alzó en el aire junto al camino, lo que hizo que el jinete regresara al presente y se preguntara cuánto había avanzado aquella jornada.
No había indicios visibles del paso de los sajones, pero Cai parecía conocer el rumbo y Bel confiaba en los instintos del sabueso, a pesar de que la lluvia empezaba a arreciar, lo que dificultaría el rastreo.
Divisó el humo de un asentamiento a poca distancia hacia el oeste y tiró con suavidad de las riendas de Darac, desviándose en esa dirección.
Ya era hora de descansar y llenarse el estómago; así podría interrogar a los lugareños mientras se ponía a cubierto de lo que amenazaba con ser un aguacero formidable.
Era muy probable que los sajones también hubieran hecho un alto allí; al fin y al cabo, ellos también requerían provisiones para un viaje tan largo.
Bellicus dio un toque de talones a su montura y se caló la capucha, con la esperanza de ganarles la partida a las nubes antes de que la tormenta empeorara. Mientras se inclinaba sobre el cuello de Darac, sus pensamientos regresaron al adiestramiento de Qunavo.
—Posees un don extraño —le había dicho el viejo druida, finalmente, tras muchos días observándolo entrenar en distintas circunstancias—. Cuando estás lo bastante furioso, pareces capaz de intuir el siguiente movimiento de tu oponente incluso antes de que lo ejecute.
Aquello era una certeza para Bel, ya que había vencido con facilidad a rivales mucho más experimentados y hábiles que él, pero solo cuando el maestro lograba irritarlo o avergonzarlo lo suficiente como para obligarlo a entrar en ese extraño trance de combate.
Era lo que finalmente le había permitido superar a su preceptor.
—¿Es magia?
Qunavo lo había mirado con fastidio ante la pregunta, aunque luego se limitó a encogerse de hombros.
—Es un don de los dioses, muchacho; así que, en cierto sentido, sí, es una forma de magia. Aunque no funciona como una maldición o un conjuro: no es algo que debas pedirles que activen. Puedes controlarlo tú mismo, o al menos serás capaz de hacerlo con el tiempo; eso espero.
El viejo maestro no se equivocaba: el adiestramiento posterior se había estructurado para invocar cada vez con mayor presteza el trance de batalla de Bel.
Con cada ensayo, el joven lograba asimilar un poco mejor su funcionamiento hasta que, al final, ya no necesitó de la rabia, el miedo o la vergüenza para desatarlo.
Sin embargo, no podía anticipar las intenciones de sus rivales de forma perpetua; una sesión ordinaria no pasaba de ser una riña común donde debía emplear su velocidad, agilidad y fuerza como cualquier combatiente.
Pero si el peligro acechaba, si había algo crucial en juego, la mente de Bellicus se condicionaba para entrar en el trance y se volvía casi invencible.
Casi invencible por aquel entonces, porque aún carecía del vigor y la rapidez precisos para doblegar al campeón del rey Drest. Aquello solo llegaría más tarde, tras sufrir unos cuantos huesos rotos y una fractura de cráneo.
La lluvia estalló de verdad, rebotando contra el suelo de la calzada, que se volvió resbaladiza en cuestión de segundos.
Al entrar en el pequeño asentamiento, sus ojos localizaron un cobertizo hacia el que se dirigió de inmediato.
Desmontó de un salto y guio a Darac bajo el techo, que goteaba y acusaba la falta de reparaciones, pero bastaría por el momento.
Ató al gran semental negro al poste, lo despojó de la silla y buscó un morral de pienso que rellenó con la avena de un saco que halló en una repisa. Mientras el animal comenzaba a comer con parsimonia, despidiendo vapor de su lomo húmedo, Bel examinó el entorno.
Un niño pequeño lo observaba desde el umbral de una puerta, aunque su llegada no pareció causar demasiado revuelo.
Su entrada apresurada y su postura encorvada sobre Darac habían disimulado su estampa, por lo que los lugareños no tendrían idea de quién, o qué, acababa de irrumpir en el lugar.
Al menos eso pensó al principio, antes de percatarse de la realidad: el asentamiento no era más que un montón de ruinas, a excepción del establo y un par de techumbres más.
La mayoría de las edificaciones de madera presentaban paredes podridas o inexistentes, techos hundidos, y el que otrora fuera un gran salón comunal se había desmoronado sobre sus propios cimientos, convertido ahora en santuario de algas, líquenes e insectos.
Comprobando por puro instinto que la espada descansaba en su costado izquierdo, desenganchó el bastón de mando de su sitio en la montura de Darac y se enderezó, sosteniendo la mirada de su espectador a través de la cortina de agua.
El muchacho le sostuvo el examen unos instantes, aparentemente indiferente ante las insignias de su rango, pero finalmente abandonó el refugio y echó a correr bajo el aguacero hacia la única otra construcción que lucía habitable.
No tardó en asomar entre las sombras el rostro de otro hombre, de mayor edad, que evaluaba a Bellicus con cautela.
Su mirada se posó casi con codicia en Melltgwyn, oculta en su sencilla vaina.
El druida adivinó por la postura del desconocido que este ocultaba algún tipo de arma, probablemente un martillo, tras el marco de la puerta.
El niño, de unos diez u once años, aguardaba detrás de su protector.
Aquello era lógico: si eran los únicos supervivientes de lo que restaba de aquella aldea muerta, tenían sobrados motivos para desconfiar.
A Bel le asombraba que hubieran salido adelante, dada la abundancia de bandoleros y mesnadas errantes que asolaban la región.
Aunque, bien mirado, aquel páramo desolado apenas poseía atractivo para los forajidos.
—Es un alivio ver un rostro amigo —gritó el hombre, esbozando una media sonrisa que, pese al temporal, se antojaba sincera—. Deja a tus animales en el cobertizo y acompáñanos. Si traes algo de comer, entra y compartiremos lo que haya.
El druida miró de reojo a Darac, que parecía muy conforme bajo un tramo de tejado libre de goteras; de modo que emitió un silbido tenue y cruzó a zancadas hacia la vivienda.
Sí, le habían solicitado que dejara a las bestias en el establo, pero Bellicus no abrigaba la menor intención de adentrarse en un recinto desconocido y en tierra extraña sin el amparo de Cai y Eolas.
Por lo que sabía, la cabaña que se abría ante él bien podía ocultar a media docena de asaltantes hibernios.
Al alcanzar el umbral, vaciló un instante, liberando un palmo de la hoja de Melltgwyn de su vaina por pura precaución; luego, al dar el paso y dejar atrás la tormenta, su mente regresó de forma inexplicable a Qunavo y sus jornadas de formación.
Recordó el hecho de que, incluso cuando ya poseía la destreza necesaria para abatir al legendario Caranti, el mismísimo campeón del rey Drest, Ria siempre lo contemplaba con aquella misma sonrisa de burla.