El druida (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 1) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

Aunque el sol todavía no salía, su luz pálida bastaba para que Bellicus distinguiera el caos mientras galopaba colina abajo hacia los sajones. El asalto de Gavo los había tomado por sorpresa y, sin duda, el discurso sobre espíritus y sacrificios había terminado de desorientar a los invasores.

Los sajones eran diez en total, pero tres ya yacían en el suelo, mientras el resto luchaba por su vida contra el grupo de Gavo. Dos de los suyos también habían caído; desde la distancia, el druida no lograba distinguir si estaban muertos o heridos.

—¡No maten a su líder si pueden evitarlo! —rugió Bellicus mientras se lanzaba directo a la refriega—. ¡Déjenlo para mí!

—¡Desmonten! —ordenó Coroticus cuando estuvieron lo bastante cerca.

Embestir a caballo contra un grupo tan reducido también pondría en peligro a los hombres de Gavo; continuar la carga ya no tenía sentido. Además, la batalla no iba a durar mucho más.

El rey saltó de la silla y clavó su espada en la espalda del guerrero que acosaba a Gavo.

El resto de los jinetes imitó su ejemplo, atacando con una ferocidad nacida de la rabia por ver su propia tierra invadida.

Al notar que la derrota era inevitable, el líder sajón dio media vuelta y echó a correr, desapareciendo tras el túmulo que tanto temor les había causado.

No era un monumento imponente, pensó Bellicus al echar pie a tierra, sosteniendo a Melltgwyn en la diestra y la roca que había recogido al pie de la colina en la izquierda.

Con apenas cuatro pies de alto, alzado a base de piedras apiladas del tamaño de un puño, aquel túmulo no debería poseer tal fuerza.

No era nada junto a los dólmenes que había contemplado en el suroeste de Inglaterra, ni ante los colosales monolitos de Callanish, mucho más al norte de Alt Clota.

A pesar de todo, irradiaba una energía aberrante, casi palpable. Como si se hubiera nutrido de la sangre de los siglos; un nido henchido de vida y muerte, de vigor y de dolor. Hoy reclamaría más sangre. Otra alma para su colección.

Mientras Gavo y Coroticus machacaban a los enemigos como martillos sobre yunques, destrozando a cualquiera en su camino, Bellicus flanqueó el túmulo con su espada en alto. Esperaba que el líder sajón se estrellara contra su acero por pura desesperación, pero su rival no era ningún necio.

Un crujido de rocas alertó al druida. Se volvió justo cuando su presa ganaba la cima del montículo y se abalanzaba sobre él.

Bellicus esquivó de lado; el filo sajón le rasgó el hombro en un tajo irregular.

El druida azotó contra el suelo, pero rodó y recuperó la verticalidad en un parpadeo, con la fluidez de un felino.

El sajón miró hacia atrás al ver a sus hombres siendo masacrados y, al comprender que estaba perdido, avanzó con el rostro convertido en una máscara de hierro. Bellicus sintió el peso de aquella mirada mientras el enemigo se acercaba. No era un adversario para subestimar.

Cuando el sajón descargó su espada, el druida levantó la suya, aun preguntándose dónde estaba la princesa. El choque de hojas resonó en el aire ahora que los hombres de Coroticus habían terminado su propia matanza.

Bellicus se inclinó hacia atrás para esquivar una patada.

¿Por qué la niña no gritaba? ¿Por qué no llamaba a su padre?

El druida lanzó una estocada al vientre del sajón, la retiró en el último instante y giró el arma hacia abajo, buscando el muslo del enemigo, pero solo encontró aire cuando el hombre se apartó con agilidad y volvió a la carga, con los ojos muy abiertos… pero sonriendo.

—No veo a Catia —gritó el rey—. ¡No lo maten todavía! Tenemos que saber dónde está.

El sajón se rio y se lanzó contra el druida imponente, pero Bellicus se apartó. Cuando el atacante perdió el equilibrio hacia delante, el druida estrelló la piedra que llevaba en la mano izquierda contra el lateral de su cabeza.

El impacto lo derribó boca abajo sobre la hierba. Bellicus cayó también, montándose sobre la espalda del sajón mientras Gavo y el resto de los hombres se reunían alrededor, sin aliento, pero aliviados de haber ganado la pelea.

Coroticus recorrió la colina, buscando entre rocas y matorrales, clamando por Catia con desesperación. Pero sus gritos se perdían en el vacío; solo se escuchaba el jadeo pesado de los hombres y un mirlo que saludaba al sol, cuya luz pálida finalmente rompía el horizonte oriental.

A pocos pasos, el sajón luchaba por incorporarse, sacudiendo el torso en un intento estéril de arrojar a Bellicus lejos. Fue en vano. El druida se aferraba a su espalda con la fijeza de un antiguo megalito, implacable e imposible de mover.

—Tus guerreros están todos muertos —murmuró Bel, hundiéndole el rostro en la hierba y hablándole al oído—. Y yo le prometí a los espíritus un sacrificio, ¿no? Así que vas a ser tú.

El prisionero pataleaba inútilmente contra el suelo, luchando por levantar la cara del lodo, arquear la columna o darse la vuelta; sin embargo, el traumatismo de la cabeza lo mantenía aturdido y su vigor se desvanecía.

Bellicus lo inmovilizó unos instantes más antes de liberarlo.

Hizo rodar al sajón boca arriba y se incorporó, contemplándolo desde lo alto mientras recobraba el aliento.

—¿Dónde está? —gritó Coroticus, aproximándose a paso firme.

Se arrodilló y tomó al cautivo por el cuello de la túnica, izándolo hasta cortar su respiración—.

¿Dónde está, maldito bastardo? Habla ya o, juro por Taranis que permitiré que el druida esparza tus entrañas por esta colina mientras aún respires.

Después te amputaré los dedos uno a uno y se los arrojaré a los perros.

La cara del sajón se congestionó en un tono lívido que poco a poco mudó a un rojo encendido, clavando en él una mirada desorbitada.

—Ya te lo dije —susurró al fin, con una sonrisa casi alegre—. No está aquí.

—¿Entonces dónde está? —gritó Coroticus, dándole un puñetazo en la cara. Antes de que pudiera repetir el golpe, Bellicus lo agarró y lo separó.

—Gavo, lleva a nuestro prisionero al túmulo. Lo vamos a hacer hablar.

La sonrisa no desapareció del rostro del sajón ni siquiera cuando lo dejaron tendido sobre la pila de piedras y el druida extrajo un cuchillo de aspecto siniestro de entre los pliegues de su túnica marrón.

Bellicus comprendió entonces que el hombre estaba realmente desvariando, perturbado por la luna o tal vez bajo los efectos de algún brebaje elaborado con los pequeños hongos que brotaban en los prados durante esa época del año.

Sin embargo, la luna ya se había hundido bajo el horizonte y el sol reclamaba su lugar en lo alto; aquel hombre iba a hablar.

Moriría, y su sangre se mezclaría con la de todos los que habían sido sacrificados allí a lo largo de los siglos.

Pero primero diría lo que sabía. Incluso los locos sentían dolor si uno sabía cómo infligirlo.

Y Bellicus sabía perfectamente cómo causar dolor.

—¿Dónde está mi hija? —gritó Coroticus, pero el sajón solo se rio, y siguió riendo incluso cuando el cuchillo le arrancó uno de los dedos. Rio cuando uno de los perros de Bellicus devoró la carne del dedo cercenado, y rio cuando lo desnudaron de la cintura para abajo y lo amenazaron con castrarlo.

El sol ya estaba en lo alto cuando el cautivo dejó de reír y finalmente les dijo lo que querían saber.

La sangre empapó el túmulo y comenzó a caer una lluvia fina mientras Taranis, dios del trueno, celebraba el sacrificio que le habían ofrecido. El agua corría por el rostro del rey y este miró a Bellicus, destrozado, como si hubiera perdido una parte de sí mismo.

El sajón había dicho la verdad: Catia no estaba con ellos, y nunca lo había estado.

Eran solo una distracción, dejando sus huellas en la tierra para arrastrar al rey y a su grupo hasta la colina mientras la princesa era llevada en dirección contraria.

¿Por qué? El hombre nunca lo supo o, al menos, nunca lo reveló antes de morir.

Para entonces, la princesa ya estaría a kilómetros de distancia, y Bellicus dudaba que incluso sus fieles perros pudieran seguir el rastro ahora que la lluvia empezaba a borrar la tierra.

Mientras descendían hacia el asentamiento y la reina Narina, una urraca se posó sobre el túmulo junto al cuerpo mutilado del sajón. Observó los ojos muertos durante un momento, cautelosa, antes de empezar su trabajo con el pico.

Bellicus observó el horizonte desde su montura, fascinado por la inmensidad del paisaje que se abría a sus pies.

La gran masa de Dun Breatann se divisaba nítida en la distancia, mientras el joven sol bañaba con su luz las aguas del río, que se prolongaba por leguas hasta donde alcanzaba la vista.

Catia se encontraba allí fuera, en algún rincón de ese vasto territorio.

El druida se preguntó si volvería a ver el rostro de la joven princesa en esta vida.

* * *

El descenso de la colina fue mucho más lento que la subida. Ya no había prisa en su marcha; era como si la energía se hubiera esfumado al confirmar que Catia ya no estaba. Coroticus cabalgaba callado, atormentado por el momento en que tuviera que mirar a los ojos a su esposa con las manos vacías.

Al llegar al poblado, el fuego que amenazaba con arrasar el lugar ya había sido sofocado, aunque varias estructuras quedaron reducidas a cenizas.

La reina los divisó en la distancia. Al descifrar la amargura en sus semblantes, se desplomó de rodillas en la hierba con un grito de dolor que heló el asentamiento.

Su dama de compañía acudió a su lado con murmullos de consuelo, pero Narina estaba rota por dentro, y Bellicus comprendía perfectamente ese vacío.

El rey echó pie a tierra y se aproximó. La abrazó por los hombros mientras le decía palabras que no alcanzaban a aliviarla.

El llanto violento se fue apagando en espasmos ahogados hasta que Coroticus se puso en pie.

Tras darle un par de palmadas torpes en la espalda, caminó de vuelta hacia la tropa con hombros caídos.