23 #3
Rivka volaba junto a ellos bajo su forma de dragón negro.
Cuando aterrizaron en la playa, Liam se sorprendió al ver dragones en la cala.
No era Skelaroth, pero sin duda aquellos eran algunos de sus congéneres.
Dragones marinos. Tenían la coloración y la constitución adecuadas, y no los acompañaba ningún caballero.
Había un bote amarrado a lo que parecía un embarcadero recién construido a un lado de la cala, cerca de donde había aterrizado el grifo.
Liam descargó los fardos que este había transportado y le dio las gracias por llevarlo hasta allí antes de que la criatura volviera a emprender el vuelo en la dirección de la que habían venido.
Rivka adoptó su forma humana mientras caminaba hacia él.
Por muchas veces que la viera hacerlo, seguía maravillándolo pensar que aquel feroz dragoncito negro se transformara en una mujer tan hermosa y competente. Una mujer a la que amaba.
Aquel pensamiento también era nuevo y absolutamente asombroso. Su maltrecho corazón llevaba muchísimo tiempo roto. Había hecho falta una mujer mágica para recomponerlo. Rivka. Una mujer que jamás había esperado encontrar, pero cuya llegada a su vida agradecía profundamente.
Ella se refugió entre sus brazos y compartieron un beso allí, en la playa.
Ahora que su relación había dejado de ser un secreto, ambos parecían sentir la necesidad de tocarse y besarse siempre que fuera posible.
Estar con ella le parecía nuevo y revitalizante.
Distinto de lo que había vivido con Olivia, pero igual de puro y bueno.
—¿Te da pena marcharte? —preguntó ella unos minutos después, con la cabeza apoyada en su hombro mientras ambos contemplaban el barco en la distancia.
—Solo lamento que no tengamos ocasión de despedirnos de Skelaroth —le dijo Liam—.
Sin duda, me habría gustado disponer de más tiempo para explorar esta isla mágica, pero no quiero abusar de su hospitalidad y sospecho que algún día podrían invitarnos a regresar.
Sobre todo si conseguimos establecer un servicio regular —aunque secreto— con la isla.
—Skelaroth ha estado alejado de los demás dragones marinos durante mucho tiempo —reflexionó Rivka—. Seguro que está muy ocupado atendiendo sus necesidades. Al fin y al cabo, es su líder.
—Lo sé, pero he llegado a considerarlo un amigo. Un amigo de verdad —admitió Liam—. Echaré de menos hablar con él.
Rivka le frotó la espalda con gesto consolador.
—Puede que volvamos a verlo algún día.
—Eso espero de todo corazón.
Habría dicho algo más, pero una bandada de grifos apareció sobre los acantilados e inició un descenso ordenado. Cada grifo transportaba un pasajero. Eran feéricos, con fardos sujetos a la espalda. Tal vez se tratase de la tripulación prometida.
En efecto, cuando todos hubieron aterrizado, se presentaron como marineros experimentados que se habían ofrecido voluntarios para ayudar a llevar el barco de vuelta al continente.
A partir de allí, aseguraron a Liam que cada uno tenía sus propios planes respecto a dónde ir y qué hacer.
Algunos hablaron con Rivka sobre sus contactos entre los Jinn, y Liam advirtió varios estuches de instrumentos musicales entre los efectos personales que llevaban al bote.
Recorrieron la distancia entre la cala y el barco bajo la atenta mirada de varios dragones marinos, pero ninguno de ellos era aquel al que Liam esperaba ver. Skelaroth se había marchado hacía mucho y Liam tendría que aceptarlo.
Después apenas hubo tiempo para pensar, pues tuvo que familiarizarse con el barco mientras la reducida tripulación de feéricos se ocupaba de prepararlo para zarpar. Había a bordo justo las personas necesarias para gobernarlo y, al cabo de una hora, se adentraban ya en el mar azul.
Regresar navegando a Dragonscove llevó bastante más tiempo que ir volando, pero a Liam y Rivka no les importó.
Pasaban las noches en su camarote, disfrutando el uno del otro y del vaivén del océano.
Durante el día colaboraban con la reducida tripulación para hacer más agradable la vida a bordo.
Rivka ayudaba a preparar la comida, y Liam volvió a ocuparse del aparejo, algo que no había hecho desde hacía muchísimos años.
Los feéricos eran compañeros agradables, y todas las noches había música.
Una música que rivalizaba con la mejor que Liam hubiera oído jamás y que incluso la superaba.
Llegó a conocer a algunos de los hombres y mujeres que se habían ofrecido voluntarios para abandonar su tierra natal y vivir una aventura en el extranjero.
Eran mágicos, desde luego, pero en el fondo eran personas como casi todas las demás, con historias que contar y preocupaciones familiares.
Liam les ofreció toda la hospitalidad que su compañía pudiera proporcionarles una vez llegaran a tierra.
Algunos aceptaron su oferta y se alojaron en la posada que su flota solía utilizar cuando pasaba un tiempo en tierra.
La mayoría de los feéricos se dispersaron cuando llegaron a Dragonscove unos días más tarde: se despidieron mientras aún estaban a bordo y, nada más desembarcar, se fundieron con el bullicio del puerto.