El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 23 #2
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—Lo confieso —dijo Liam—, en este asunto apenas he pensado en otra cosa que no fuera mi felicidad personal.

Pero, ahora que lo habéis señalado, casi me asusta lo que la participación de los Jinn podría hacerle al negocio.

—Se rio entre dientes mientras lo decía, claramente divertido en vez de asustado. Rivka también tuvo que reírse.

—Oh, si le das un palmo al Clan, ellos te devolverán una legua —le aseguró—.

Deja que utilicen su red para ayudar a orientar a tus capitanes y sobrecargos, y tu negocio, que ya es rentable, se convertirá en algo aún mayor.

Los Jinn nos ayudamos unos a otros. —Su expresión se tornó algo más seria—.

Pero también servimos a un propósito superior.

Servimos a Draconia. Los dragones y las personas que viven en esta tierra son nuestra principal preocupación.

No te equivoques: cuando ingreses en la Hermandad, se esperará que acabes llevando cierto número de espías en tus barcos.

Buenos espías. Espías de nuestro bando —le aseguró.

—Puedo vivir con eso —respondió Liam, cogiéndola de la mano—. Sin ti a mi lado no puedo vivir —añadió en un tono mucho más bajo, reservado solo para ellos.

Ella eligió aquel momento para entrar volando en el gran salón y revolotear hasta posarse en el respaldo de la silla de Liam.

Cuando Rivka y él se habían despertado, la virkin ya no estaba en sus aposentos, pero no se habían preocupado.

Si algo caracterizaba a la criatura era su capacidad para apañárselas.

Probablemente había querido explorar un poco la isla por su cuenta.

O quizá había sentido hambre y decidido cazar ratones u otras presas.

Fuera lo que fuese, ya había regresado y se había convertido en objeto de más de una mirada interesada.

—¿Sabes? —dijo Gryffid, contemplando a Ella con aire pensativo—. Me parece significativo que la compañera virkin del capitán eligiera vincularse a él. Eso, más que ninguna otra cosa, indica que es muy especial entre los humanos.

—Oh, eso ya lo sabía —respondió Rivka, estrechando con cariño la mano de Liam.

El desayuno casi había terminado cuando Gryffid sacó a relucir el asunto de su viaje de regreso. Primero mencionó la curiosa presencia del buque insignia de Fisk, fondeado frente a la pequeña cala donde estaban construyendo una Guarida para los dragones.

—He revisado hasta el último rincón de ese barco, y cualquier magia que estuvieran utilizando a bordo se ha disipado hasta alcanzar niveles seguros.

Ahora no es más que un barco. No tiene nada de mágico —les informó Gryffid—.

Me haríais un favor si os lo llevarais de la isla, pues no me sirve para nada una nave tan infame.

Quizá podríais incorporarla a vuestra flota —le sugirió el hechicero a Liam—.

Puede que ver el buque insignia de vuestro peor enemigo ahora a vuestro servicio haga que cualquier adversario se lo piense dos veces.

Liam tuvo que negar con la cabeza ante aquella idea.

—No estoy seguro de querer una reputación tan sanguinaria. Al fin y al cabo, Fisk era el pirata. Yo solo soy el hombre que le dio caza.

—Sois el hombre que lo atrapó —lo corrigió Gryffid—. Estaría bien que los demás tuvieran una prueba de vuestro éxito. El barco lo proclama sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Liam reflexionó.

—Tenéis razón, por supuesto. Y si algunos de los vuestros estuvieran dispuestos a ayudarme a llevarlo de vuelta al continente, lo incorporaría encantado a mi flota.

—Ahora que la isla ya no está oculta por medios mágicos, más de uno de mis amigos que viven aquí ha manifestado su interés por viajar al continente y regresar.

Quizá podríamos hablar de añadir una escala ocasional aquí a la ruta de uno de vuestros barcos para hacerlo posible —dijo el hechicero, sorprendiendo a Liam—.

Debéis de tener uno o dos capitanes de confianza a quienes se les pueda encomendar la misión.

—Así es —respondió Liam, pensando ya en los hombres que componían su flota—. Podríamos organizar algo, si os sirviera de ayuda.

—Y tenemos mercancías para las que nos gustaría encontrar un mercado mayor —añadió Gryffid, endulzando el trato.

Liam había visto algunas de las hermosas cosas que Livia había traído consigo del mercado de la isla.

No solo podría ayudar a transportar a los habitantes de la Isla del Grifo, sino también sus mercancías, lo que resultaría muy lucrativo para todos los implicados.

—Lo organizaré en cuanto regresemos —respondió Liam, procurando no parecer demasiado ansioso y fracasando probablemente de forma estrepitosa. Era un trato demasiado bueno para dejarlo escapar.

Más tarde aquel mismo día, un grifo accedió a llevar a Liam volando al otro extremo de la isla. Montar a lomos de una criatura cubierta de pelaje y plumas resultaba a la vez parecido y distinto, pero Liam disfrutó del breve tiempo que pasó en el aire con el magnífico grifo.