El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 23
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—Tengo que ser sincero contigo —empezó Liam, sin saber muy bien qué iba a decir hasta que las palabras salieron de su boca—. Ya no sé muy bien qué estoy haciendo. Mi vida ha dado un vuelco. Pero me he dado cuenta de una cosa. No quiero perderte, princesa.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos. Él no sabía si su confesión la había alegrado o asqueado, pero continuó de todos modos.

—Mi esposa murió hace mucho, aunque estoy seguro de que me aferré a su recuerdo más tiempo de lo que lo habría hecho la mayoría de los hombres.

Ahora que se ha hecho justicia y Fisk está muerto, por fin me siento en paz con su pérdida.

Creo que fue la necesidad de venganza lo que me mantuvo en pie durante tanto tiempo —admitió, jugándoselo todo a una carta—.

Pero eso ya ha terminado y no sé qué camino tomar a partir de ahora.

Solo sé que mi vida sería más pobre si tú no formaras parte de ella.

Yo... —Vaciló, pero decidió que no le quedaba nada que perder y sí mucho que ganar.

Tenía que ser valiente—. He llegado a amarte, Rivka.

—¿De verdad?

¿Era una sonrisa aquello que empezaba a insinuarse en la comisura de sus labios?

Liam asintió con solemnidad.

—Te quiero.

—¡Oh, Liam! —Ella tendió los brazos hacia él, y Liam la acogió encantado entre los suyos—. Yo también te quiero.

—¿De verdad? —Estaba atónito. Había albergado esperanzas, pero había procurado no hacerse ilusiones—. ¿Cuándo ocurrió? —se preguntó en voz alta mientras recorría su sien con los labios, prodigándole tiernos besos.

—Casi desde el principio —admitió ella, alzando un poco la cabeza para buscar los labios de Liam con los suyos. Lo besó con ganas, vertiendo en aquel tierno asalto todo el amor que acababa de declarar. La sincera pasión de su beso lo cautivó por completo y lo dejó absolutamente desarmado.

Cuando se separaron, jadeando en busca de aire, Liam sostuvo su mirada.

—Solo me queda una última cosa por saber...

Le apartó de la mejilla un rizo rebelde, deleitándose con el tacto de su piel contra la yema del dedo.

Deleitándose con ella . Con cada fibra de su ser.

Aquel era un amor adulto. Un amor maduro.

No restaba importancia a lo que había sentido por Olivia, pero era tan distinto de aquel amor de juventud como el día de la noche.

Ambos eran hermosos a su manera, cada uno con sus propios misterios.

—¿Qué cosa? —preguntó ella sin aliento. Liam no sabía si se debía al beso o a la expectación.

—¿Te casarás conmigo, Rivka? Quiero que seamos una pareja a ojos del mundo. Quiero que seas mi familia... Mi amor... Mi esposa. —Contuvo el aliento mientras aguardaba su respuesta.

—Bueno, hay una pequeña complicación —le dijo ella, aunque sus ojos rebosaban picardía, lo que le infundió esperanzas.

—¿Y cuál es? —preguntó, confiando en que solo estuviera tomándole el pelo.

—Sabes que soy Jinn... —dijo ella, dejando la frase en suspenso de manera tentadora.

Él asintió.

—Lo sé.

—Sencillamente, no puedo casarme con un hombre que no forme parte también de la Hermandad.

A Liam se le cayó el alma a los pies. ¿Qué quería decir? ¿No se casaría con él porque no era Jinn?

—¿Qué podemos hacer al respecto? Yo no nací Jinn —le recordó, esperando que ella tuviera una solución para el problema.

—En realidad, es muy sencillo —respondió ella.

Al oír su tono despreocupado, Liam empezó a recobrar el ánimo—.

Tienen que adoptarte en mi Clan. De hecho, sería una buena decisión en todos los sentidos —le aseguró mientras su ánimo volvía a remontar—.

Los Jinn probablemente podríamos sacar buen partido de tu flota, si estuvieras dispuesto a permitir que unos cuantos espías estratégicamente situados viajasen a bordo de tus barcos.

Ya sabes que nuestra primera lealtad es hacia Draconia, así que también te granjearías el favor de la Corona. Todos salimos ganando.

—Aunque aplaudo tus esfuerzos por reclutarme y no tengo objeción alguna a tu plan, lo único que de verdad quiero ganar es tu corazón —le dijo—.

Por favor, deja de torturarme y dime que serás mía, princesa.

—Volvió a besarla y, cuando se apartó al cabo de varios minutos, ella tenía la mirada perdida.

Le gustaba provocar aquella expresión en su bonito rostro.

Liam le sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

—Soy tuya desde la primera vez que hicimos el amor, Liam. Claro que me casaré contigo.

Liam se dio la vuelta con ella para poder volver a hacerle el amor y celebrar el compromiso que acababan de declarar. No recordaba haberse sentido tan feliz desde hacía muchísimo tiempo. Rivka lo había conseguido. Había devuelto la alegría a su vida.

Era una mujer feroz con quien podría compartir sus aventuras.

Sin duda, aún quedaban algunos detalles por resolver, pero lo importante era que se amaban y querían estar juntos.

Lo demás se iría arreglando sobre la marcha.

Por ahora, su corazón volaba por los cielos, más ligero que el aire de pura felicidad.

La felicidad que Rivka le había dado... junto con su corazón.

Cuando Liam y Rivka bajaron al gran salón aquella mañana, poco después del amanecer, Gryffid y algunos de los suyos ya estaban allí.

No había la multitud de la noche anterior, sino tan solo un pequeño grupo reunido alrededor de tres mesas.

Todas las demás mesas y sillas habían desaparecido de la estancia como por arte de magia.

Probablemente así había sido, pensó Rivka.

Gryffid habría chasqueado los dedos y todos los muebles se habrían reorganizado para adaptarse a sus necesidades.

Sonrió ante su propia ocurrencia mientras entraban en el salón.

Ella y Liam tuvieron que recorrer cierta distancia antes de alcanzar el enorme hogar situado al otro extremo de la estancia, en torno al cual se agrupaban las largas mesas.

Gryffid estaba sentado a una de ellas, en una silla sencilla como todas las demás.

No era aficionado a los tronos ni a distinguirse de su pueblo.

Su abrumadora presencia mágica ya se encargaba de eso sin necesidad de señales físicas externas.

Rivka sintió el impacto de su atención desde el otro extremo de la amplia estancia.

Sin duda, todo el pueblo feérico parecía poseer cierta magia innata, pero el poder de Gryffid era como un diamante pulido que centelleara al sol junto a las joyas menores —la mayoría sin tallar ni pulir— de sus amigos feéricos.

Liam probablemente no podía verlo, pero para el lado dracónico de Rivka la diferencia era evidente.

Gryffid era un poder por derecho propio.

—Buenos días, amigos míos —dijo Gryffid cuando se acercaron a su mesa para saludar.

—Buenos días, milord —respondió Liam con cortesía. Aquella mañana lo rodeaba un aura de felicidad difícil de pasar por alto. Rivka suponía que a ella también.

—Parecéis felices —observó Gryffid—. Por favor, sentaos conmigo y contadnos vuestras novedades. —Señaló dos sitios vacíos frente a él, un poco desplazados hacia uno de los extremos de la mesa. Sus palabras parecieron despertar la curiosidad de los feéricos, que los miraron con interés.

Rivka no había pensado realmente en anunciar nada sobre sus planes, pero Gryffid tenía una mirada demasiado perspicaz.

Debería haber supuesto que advertiría el cambio en su actitud.

Ella y Liam no habían hablado de ello. Se preguntó si aquello lo incomodaría.

Levantó la vista hacia él y, para su gran alivio, lo vio orgulloso en vez de molesto.

Liam alargó la mano y cogió la de ella —una señal inequívoca para cualquiera que estuviera mirando— y la acompañó los pocos pasos que los separaban de los asientos indicados por Gryffid.

Le retiró la silla, comportándose en todo momento como un pretendiente atento, y se cercioró de que estuviera cómoda antes de ocupar el asiento contiguo.

—Lady Rivka ha accedido a convertirse en mi esposa —anunció una vez instalados en sus sitios.

Todos los presentes en la mesa prorrumpieron en felicitaciones.

Rivka y Liam les agradecieron sus buenos deseos.

Los feéricos acribillaron a la pareja a preguntas sobre dónde y cuándo celebrarían el banquete de bodas y dónde vivirían una vez casados.

Eran cuestiones que aún no habían hablado.

Liam miró a Rivka en busca de respuestas y entre los dos improvisaron algunas.

—Creo que será mejor aplazar el banquete de bodas hasta que puedan reunirse más miembros de mi Clan.

Por supuesto, Liam tendrá que ser aceptado primero entre los Dragones Negros, pero no cabe duda de que reúne todo lo necesario para formar parte de la Hermandad —dijo, radiante, mirando a Liam mientras los demás escuchaban.

—Ah, entonces la flota que has construido será bien aprovechada —dijo Gryffid, hablando por primera vez desde que se habían sentado—.

Me preguntaba qué sería de ella. Muy astuto.

Ponerla al servicio de Draconia bajo la tapadera de los Jinn, quienes, por supuesto, ya actúan en secreto.

Muy taimado. Y sospecho que esto resultará muy lucrativo para ambos.

Tus barcos podrán seguir comerciando, pero ahora tendrán acceso a toda la información de la poderosa Hermandad Jinn.

Saber qué cargamentos llevar y cuál es el mejor destino para ellos será de un valor incalculable, sospecho.

—Yo... —Liam tartamudeó un poco, como si acabara de comprender lo que aliarse con los Jinn podría significar para su imperio naviero—. La verdad es que no había pensado con tanta antelación.

Gryffid le dedicó una amplia sonrisa.

—Mucho mejor. Eso significa que tus pensamientos están donde deben estar: en Rivka, y no en el comercio.

Liam agachó la cabeza, y a Rivka le encantó que pareciera un poco avergonzado por no haber atado cabos hasta ese momento.