El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 22
89%

22

Después de cenar, el mago invitó a Liam a sentarse con él mientras los músicos empezaban a tocar y muchos miembros del pueblo feérico se divertían bailando. Reinaba un ambiente festivo, y Liam se dejó llevar hasta el punto de descubrir que sus pies marcaban el ritmo de la música.

No tardaron en acercarse algunos de los varones más osados para pedirle a Rivka que bailara.

Ella accedió, riéndose de los escandalosos cumplidos que le dedicaban uno tras otro.

Liam se conformaba con observar el baile sin participar.

Gryffid se había asegurado de sentarse justo a su lado, así que probablemente el mago quería hablar.

Liam no iba a desaprovechar la oportunidad de conversar con el único mago que quedaba en el mundo.

Ocasiones así no se presentaban todos los días.

—Quería hablar contigo sobre tu amiga virkin —dijo el mago, sorprendiendo a Liam con el tema—.

Es muy joven, pero, en algún momento de su vida, tendrás que traer a Ella de vuelta a Elderland para ver si encuentra pareja.

Es una muchacha valiente, y sería bueno transmitir esos rasgos a una nueva generación.

—¿Cuándo, milord? ¿Cuándo sería un buen momento para traerla? Quiero decir… No sé gran cosa sobre cuánto viven los virkin ni nada de eso —admitió Liam.

—Oh, son muy longevos. Esa es una de las razones por las que Dranneth basó sus dragones en ellos.

Eso, y que tenía unas cuantas nidadas de virkin muy aventureros que querían ser más grandes y hacer cosas más grandes, según decían.

Dranneth los ayudó a aumentar de tamaño con cada generación hasta que, con su ayuda, evolucionaron y se convirtieron en los dragones que conoces hoy.

Si me preguntas, tienen tanto de magia como de milagro —añadió Gryffid con una risita—.

Criaturas hermosas, pero muy distintas de mis grifos.

Yo cogí dos animales y los combiné. Los virkin, como bien sabes por tu trato con Ella, no son animales en sentido estricto.

No como los leones y las aves que utilicé yo, que en su estado original apenas poseen conciencia de sí mismos.

Dranneth experimentaba con bestias inteligentes.

Yo partí de animales salvajes, y la verdadera inteligencia surgió después de mucha intervención por mi parte.

Los dragones de Dranneth fueron inteligentes desde el principio.

Las palabras del mago tenían fascinado a Liam. ¿Los dragones descendían de los antiguos virkin? Jamás se le había ocurrido semejante idea. Apostaría a que ni siquiera los dragones lo sabían, a juzgar por cómo habían reaccionado ante Ella.

—Diría que tu Ella empezará a plantearse seriamente aparearse dentro de unos cincuenta años, más o menos. Deberías planear llevarla entonces de vuelta a su tierra natal y ver si se anima —le aconsejó.

Los pensamientos de Liam se detuvieron en seco.

—Milord, ya soy un hombre de mediana edad. Si vivo otros cincuenta años, seré muy anciano. Demasiado para emprender un viaje por mar hasta Elderland.

Gryffid rio con un destello en los ojos.

—Ese no es el futuro que veo desplegarse ante ti, mi buen capitán.

—No veo cómo… —empezó a protestar Liam, pero Gryffid alzó una mano para atajar el torrente de palabras.

—¿Alguna vez te has preguntado cómo prolongan los dragones la vida de sus caballeros? —preguntó Gryffid, sorprendiendo a Liam con lo que parecía un ligero cambio de tema.

—La verdad es que no sabía que lo hicieran —admitió Liam—.

Soy deplorablemente ignorante de lo que ocurre entre los caballeros y los dragones.

Siempre tuve la mirada puesta en el mar y en tierras lejanas.

Nunca pensé que acabaría involucrado, ni que mi única hija llegaría a implicarse tanto, con los dragones y quienes trabajan con ellos.

—Permíteme señalar que fue bastante miope por tu parte evitar por completo a esas criaturas.

Sobre todo cuando eres una de las escasas personas capaces de oírlas hablar.

Tal vez, en lo más profundo, sabías que eso te convertía en un posible candidato a ser elegido caballero.

Quizá tu sed de océano era mayor y estabas tan decidido a no permitir que algún lagarto volador te apartara de tu camino que rechazaste el asunto por completo —reflexionó Gryffid—.

Pero sí, fue una decisión miope —prosiguió—.

Los dragones que establecen un vínculo con un caballero entregan parte de su magia a la pareja que han elegido.

Sencillamente ocurre. Y eso prolonga la vida de los caballeros y de sus compañeros vinculados varios siglos más allá de la esperanza de vida humana normal.

Por supuesto, los caballeros llevan una vida peligrosa. No todos llegan a viejos.

A Liam le daba vueltas la cabeza. ¿Su hija iba a vivir durante siglos porque se había casado con una pareja de caballeros? ¿Cuándo pensaba contarle aquel pequeño detalle?

—Veo que ya se ha formado un vínculo entre tu amiga virkin y tú.

Recuerda que su especie es la antigua antepasada de los dragones.

Si Ella permanece contigo, y no veo ningún motivo por el que no vaya a hacerlo, sin duda influirá en tu longevidad —opinó Gryffid—.

Ahora bien, si por casualidad establecieras además un vínculo con un dragón, sumándolo al que ya compartes con Ella, aumentaría la magia que fluye hacia ti y, por tanto, tu vida volvería a prolongarse.

—Pero Skelaroth es un dragón marino. No aceptará a un caballero como hacen los dragones terrestres —dijo Liam.

—Ah, sí. Pero percibo que él también ha establecido ya cierto vínculo contigo.

Capitán, eres como un imán para esos lazos profundos que, a la larga, no pueden sino beneficiarte.

—Gryffid soltó una risita ante sus propias palabras—.

Puede que hayas huido toda la vida de los dragones y de su magia, pero no has escapado. Te han encontrado de todos modos.

Gryffid hizo una pausa mientras reía. Liam no acababa de verle la gracia, pero guardó silencio, pues no quería discutir con el mago.

—Y eso incluye, por cierto, a la hermosa dama que llegó contigo —añadió Gryffid, señalando hacia donde Rivka sonreía y reía. Estaba bailando con uno de los guerreros feéricos que había reunido el valor necesario para pedírselo.

—Rivka y yo… —Liam no sabía muy bien qué decir, y sus palabras se apagaron con torpeza.

—Sí, Rivka y tú —repitió Gryffid con un tono cargado de intención—.

Formáis una buena pareja, muchacho. Aunque sé que ambos lleváis cicatrices en el corazón.

Los humanos amáis con fiereza, pero a menudo en vano.

Sin embargo, lady Rivka solo es humana a medias.

Si te emparejaras con ella, su lado de dragón también extendería su magia hasta ti.

Es fuerte. Más fuerte que cualquier mujer humana.

No te abandonaría y es muy difícil matarla.

Podrías arriesgarte a amarla, si eres lo bastante valiente para intentarlo.

*

Gryffid los había invitado a pasar la noche en su fortaleza. Regresarían a tierra firme por la mañana, aunque aún no sabían cómo viajarían, ya que Skelaroth se había marchado poco después de saludar al mago y nadie lo había vuelto a ver.

Rivka había bailado con muchos gallardos varones del pueblo feérico, pero en realidad solo tenía ojos para Liam. El oscuro y taciturno capitán de barco le había robado el corazón por completo. Maldito fuera.

En cierto momento, Gryffid abandonó el gran salón, aunque la música continuó. La velada tocaba a su fin, y la música lo reflejaba volviéndose más lenta y suave. Ya no había desenfrenados bailes populares ni danzas en fila. Ahora el baile era más íntimo.

Rivka no quería bailar tan pegada a ninguno de los hombres feéricos que la habían guiado en las danzas tradicionales. No. Solo quería estar entre los brazos de Liam.

Como si hubiera oído sus pensamientos, él apareció a su espalda y abrió los brazos para que ella se refugiara en ellos.

Sin mediar palabra, Rivka hizo precisamente eso, y Liam la hizo girar por la pista siguiendo a la perfección el compás de la música.

Para su sorpresa, Liam era un bailarín maravilloso, y ella atesoraría aquel recuerdo en su corazón para siempre.

Una noche mágica en el castillo de un mago, con un grupo de los mejores músicos de todas las tierras tocando solo para ellos. O eso parecía. Rivka había encontrado su hogar entre los brazos de Liam.

Después de varias canciones, subieron de la mano a la suite que habían preparado para ellos.

Sus macutos ya estaban en el salón, y desde la zona de estar central se accedía a dos dormitorios.

Sin decir nada, eligieron uno y entraron juntos.

Aquella noche no necesitarían el segundo.

Una habitación. Una cama. Dos cuerpos y dos corazones. Eso era todo lo que necesitaban.

Ella había entrado volando en la suite con ellos, pero eligió un sillón mullido para hacerse un nido.

Los dos estaban encerrados en su pequeño mundo privado dentro del dormitorio, decorado con exquisitez.

La cama era enorme y estaba rodeada de cortinajes dorados.

Habían dejado preparada la leña en la chimenea, pero ellos generarían su propio calor.

Si se despertaban con frío durante la noche, Rivka siempre podría encender el fuego sin apenas esfuerzo. A veces resultaba práctico ser un dragón.

—Alguien ha pensado en todo —murmuró Liam al asomarse al amplio cuarto de baño situado entre los dos dormitorios de la suite.

Rivka se acercó hasta la puerta, donde él se encontraba, y miró dentro. La ancha bañera estaba medio llena de agua humeante. Unos cuantos pétalos de rosa flotaban en la superficie y desprendían una suave fragancia.

—Parece muy tentadora —comentó—. ¿Quieres compartirla conmigo? —Lo miró de soslayo con coquetería.