El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 21 #2
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—Bueno, si vais todos volando, deberíais llegar a la Isla del Grifo antes de que anochezca. Iré a buscar la comida que había preparado para vuestro viaje y podréis partir en cuanto queráis. La he dejado en la cocina —les dijo mientras salía de la habitación.

—Creo que ha ido bien —dijo Rivka, con evidente diversión en su tono irónico—.

Tu hija es toda una mujer. Estuvo en el centro mismo de la búsqueda del libro, y ella y sus compañeros están muy bien compenetrados.

También sus dragones. Genlitha me cae muy bien, y Hrardorr es un tipo duro, pero posee un profundo sentido del honor y una gran capacidad.

Liam comprendió que Rivka los había visto a todos en acción. Algo que le provocaba pesadillas cada vez que se detenía a pensar en el peligro en el que se había puesto su hija al enfrentarse a Fisk como lo había hecho.

Liam no tuvo tiempo de seguir hablando con su hija antes de que tuvieran que partir.

Skelaroth estaba delante de la casa, conversando con los otros dragones cuando salieron.

Parecía impaciente por emprender el viaje, y los demás daban la impresión de sentir lo mismo.

Liam estrechó a Livia en sus brazos mientras los dragones formaban un muro que concedía intimidad a Rivka para cambiar de forma, aunque, en aquel rincón apartado del patio delantero de Liam, nadie habría podido ver gran cosa.

Había construido aquella casa pensando en la intimidad y también en facilitar el acceso al agua.

Delante había creado un pequeño patio para que su hija jugara cuando era niña, y aquel espacio servía asimismo de separación entre la casa y el resto de la ciudad.

Ahora, ese mismo lugar permitía alojar dragones.

Liam jamás había soñado nada semejante cuando diseñó la vivienda.

Rivka alzó el vuelo con los dos dragones de la Guarida, dejando atrás a Liam y Livia...

y a Skelaroth. Livia ya conocía al señor de los dragones marinos, y ambos intercambiaron saludos.

Liam se sintió un poco cohibido al ver que Livia lo observaba mientras asumía el mismo papel que los hombres que se la habían arrebatado.

Montar sobre el lomo de Skelaroth y lanzarse al cielo nunca perdía su emoción, pero aquella vez la cara sonriente de Livia lo despidió, lo que lo hizo aún más especial.

El vuelo a la Isla del Grifo fue largo. Los dragones de la Guarida los acompañaron durante parte del trayecto y después dieron media vuelta.

Liam llevaba a Ella en su pequeña bolsa de transporte, cruzada sobre el pecho, y Skelaroth volaba con mayor suavidad que nunca.

Todos aquellos días viajando de aquella manera habían perfeccionado sus habilidades...

y las de Liam. Ahora sabía más sobre cómo mantenerse sobre el lomo de un dragón de lo que probablemente debería saber cualquier hombre que no fuera caballero.

No era una habilidad que esperase volver a utilizar cuando terminara aquel viaje, pero disfrutaba de la experiencia mientras podía.

El océano estaba en calma, y Liam solo divisó un barco mercante que surcaba las aguas muy por debajo de ellos.

Volaban entre las escasas nubes, pero su capa lo protegía del frío.

Cuando el cielo del oeste comenzó a teñirse de naranja con el brillante ocaso, Skelaroth les dijo que estaban cerca.

Guiada por él, Rivka divisó la isla mucho antes que Liam.

La vista humana no era nada comparada con la de un dragón.

El sol estaba ya muy bajo en el cielo cuando una bandada de grifos salió a su encuentro.

Los dragones y los grifos intercambiaron el desafío mientras Liam escuchaba.

Cuando los grifos defensores descubrieron que llevaban consigo lo que creían que era la página desaparecida del libro de Gryffid, los felinos alados formaron una guardia de honor para conducirlos sanos y salvos hasta el patio del hechicero.

Liam veía la playa y los acantilados, que parecían estar horadados por cuevas. Había grifos por todas partes. Grifos grandes y grifos pequeños que parecían inestables sobre las patas y las alas. Nunca había imaginado que hubiera tantos, pero, al fin y al cabo, la isla llevaba su nombre.

Los escoltaron por encima de todo aquello y los condujeron hasta una fortaleza de piedra situada a un lado de la isla. El hogar de Gryffid. Liam ya había estado allí una vez. Había seguido a Fisk hasta la isla cuando el pirata la atacó y robó el libro mágico del hechicero.

En aquella ocasión, Liam había estado demasiado preocupado para reparar en nada salvo en que su hija se encontraba allí —en contra de sus deseos— con aquellos dos granujas con los que después se había casado, y en que Fisk había vuelto a escapar, llevándose aquella vez un artefacto peligroso y de valor incalculable.

Liam había partido en su persecución y llevaba tras su rastro desde entonces.

Esta vez llegaba a la isla por aire y con los nervios mucho menos alterados.

Livia estaba casada con los dos caballeros, le gustara o no, y el artefacto había sido devuelto salvo por la única página que ahora llevaba en el bolsillo del pecho.

Una vez que estuviera en manos de Gryffid y este confirmara que era el objeto desaparecido, Liam sería completamente libre por primera vez en años.

Libre para tomar el camino que quisiera.

Ojalá pudiera decidir cuál escoger.

Skelaroth aterrizó con suavidad en el patio del hechicero. Rivka estaba debidamente impresionada con todo lo que había visto hasta entonces de la Isla del Grifo. Aterrizó junto a Skelaroth y esperó. No sabía si adoptar su forma humana o aguardar por si surgía algún peligro imprevisto.

Las puertas de la fortaleza se abrieron y salió un grupo de seres feéricos, bien armados y con aspecto de guerreros. Rivka permaneció en forma de dragón. Entonces apareció un hombre vestido con túnica, cuyo rostro lucía una sonrisa que contrastaba con la guardia de honor militar.

—Bienvenidos de nuevo, lord Skelaroth y capitán O’Dare.

Según me han dicho, me habéis traído algo para que lo examine —dijo el hechicero con una voz que resonó por todo el patio—.

Y será mejor que cambiéis de forma, querida.

La fortaleza es lo bastante grande para que entren dragones, pero preferiría hablar con vuestra apariencia humana, si no os importa.

Rivka se sintió reprendida. El hechicero había visto a través de ella, aunque suponía que era de esperar.

Adoptó su forma humana con rapidez y sin aspavientos.

Seguía armada, aunque su armadura no resultara tan eficaz como su piel de dragón para repeler proyectiles si los seres feéricos se ponían revoltosos.

—Ah, así está mejor. Bien hallada, milady. Soy Gryffid. —Inclinó un poco la cabeza a modo de saludo.

—Soy Rivka, del Clan del Dragón Negro —respondió ella, presentándose a su vez.

—Por supuesto que lo sois —dijo él, haciendo que ella frunciera el ceño.

— No le hagas caso —dijo Skelaroth dentro de su mente—. Solo se está burlando un poco de ti.

Cuando se sentaron en el gran salón para disfrutar de la cena que, al parecer, habían interrumpido, Gryffid no estaba por ninguna parte.

Le había pedido a Liam que le entregara la página y enseguida había vuelto al interior de la fortaleza, donde desapareció.

Los seres feéricos los habían conducido al gran salón y les habían dado asiento en una de las muchas mesas dispuestas allí.

Rivka tenía tanta hambre después del largo vuelo que comió sin conversar demasiado.

Observó que Liam estaba más hablador de lo que esperaba y conversaba con un bardo sentado a su izquierda.

Todos los presentes en el salón pertenecían al inmortal pueblo feérico.

Era la primera vez en su vida que Rivka contemplaba una reunión semejante.

Oh, alguna que otra vez se había cruzado con algún juglar que le hizo pensar que quizá estaba tratando con uno de aquellos seres disfrazados, pero nunca podía estar segura.

Mientras ocultaran sus orejas puntiagudas, parecían personas muy atractivas con cabellos de distintos tonos de rubio.

Tal vez el hecho de haberla visto llegar como dragón los incomodara, pero los seres feéricos de su mesa parecían dejarla en paz mientras acribillaban a Liam a preguntas.

Él habló de sus viajes, de las cosas que había visto y de lo aprendido en tierras lejanas hasta que, en cierto momento, el silencio cayó sobre la estancia y Rivka comprendió que Gryffid había regresado.