El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 21
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—Buenos días, papá —lo saludó ella, con una actitud más reservada de lo que él recordaba.

Claro que no se habían separado en los mejores términos. Su matrimonio con los dos caballeros todavía le escocía un poco. Él había querido para ella una vida más tranquila, pero Livia se parecía demasiado a él y parecía ansiar más aventuras de las que convenían a la tranquilidad de su padre.

—Livia —respondió, sin saber muy bien cómo proceder. Habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo... A decir verdad, todavía le costaba poner en orden sus pensamientos.

—Te he traído el desayuno. He pensado que quizá podríamos hablar —propuso ella—. Krysta me contó que llegaste anoche y que tenías pensado partir hacia la Isla del Grifo a primera hora de esta mañana. Quería tener ocasión de verte antes de que te marcharas.

—¿Krysta es la compañera de Mace y Drake? —preguntó para ganar un poco de tiempo y pensar. ¿Cómo iba a explicar la presencia de Rivka en la casa? ¿En su cama?

Livia asintió.

—Espero que no te importe, pero sí quería hablar contigo.

—No me importa en absoluto. Yo también quería arreglar las cosas contigo —admitió. Decidió que aquel no era el momento de reprender a su pequeña.

Para empezar, ya no era una niña. Había comenzado a comprenderlo durante las últimas semanas.

Era una mujer adulta que llevaba varios años administrando prácticamente sola la parte en tierra de su imperio naviero.

Él no se había dado cuenta de hasta qué punto su obsesión por crear una flota de combate lo había apartado de la gestión cotidiana de su propio negocio.

La había dejado casi por completo en manos de administradores que trabajaban en tierra, pero Livia había asumido un papel cada vez más importante del que él apenas había sido consciente hasta que ella se trasladó a la Guarida.

La sonrisa de Livia le llegó a lo más hondo.

Se parecía mucho a su madre, pero era, sin duda, una mujer con personalidad propia.

Poseía unas reservas de valor y audacia que su madre nunca había llegado a explotar.

Livia se había convertido en la clase de mujer que su madre podría haber sido de haber tenido la más mínima oportunidad, y él se sentía orgulloso de ser su padre.

Aunque durante muchos años hubiera sido un padre ausente.

Solo esperaba que ella pudiera perdonarlo.

—Livia... —Aquello iba a resultarle difícil, pero tenía que decirlo—. Lo siento.

Ella se quedó inmóvil y después alzó hacia él una mirada recelosa.

—¿Por qué?

—Por haberme disgustado tanto al descubrir que habías crecido —contestó de inmediato—.

Sin mí. Y eso fue culpa mía por completo.

Merecías algo mejor, y en aquel momento yo no estaba preparado para dártelo.

Sufriste cuando era responsabilidad mía evitarlo.

Fui un mal padre y solo espero que algún día puedas perdonarme.

Ella se acercó hasta quedar lo bastante cerca para que él viera las lágrimas que se acumulaban en sus ojos sin llegar a caer.

—Hiciste lo que pudiste —dijo con serena dignidad—. Sé lo mucho que te afectó la muerte de mamá.

—Yo perdí a una esposa, pero tú perdiste a tu madre —insistió él—.

No comprendí que no era el único que sufría.

Estaba demasiado sumido en mi propio dolor y, más tarde, en mi sed de venganza.

—Negó con la cabeza mientras, al recordarlo, el pesar volvía a invadirlo—.

Fui un necio ciego. Ahora me doy cuenta.

Livia le cogió ambas manos entre las suyas y se las apretó.

—Tu reacción demostró lo profundamente que amabas.

Él asintió tras una larga pausa para recobrar la compostura. No debería ser tan fácil. Ella no debería perdonarlo así. Se merecía su furia. Su ira. ¿Por qué no le gritaba? Entonces comprendió algo.

—Te pareces a tu madre más de lo que crees, cariño.

Extendió los brazos, y ella se refugió en ellos. Mientras abrazaba a su hija, los últimos vestigios de su dolor remitieron un poco más.

—Siento haberme disgustado tanto por tus... compañeros. Creo que aún necesito algo de tiempo para asimilarlo, pero estoy aprendiendo cosas sobre los dragones y la gente que vive entre ellos.

Livia se apartó y lo miró a los ojos.

—Te portaste fatal con ellos —lo reprendió con suavidad.

—Lo sé —admitió—. Pero me habría portado igual de mal con cualquier hombre que se atreviera a tocar a mi hija. Si alguna vez tienes hijas, supongo que sus papás serán igual de difíciles cuando ellas empiecen a llevar chicos a casa.

Ella lo miró un momento, como si intentara decidir si hablaba en serio o no, y entonces rompió a reír.

Liam tuvo la sensación de que, con el tiempo, todo acabaría arreglándose entre ellos, aunque aún tuviera que disculparse muchas veces más.

También quería recuperar el tiempo perdido con su hija, si era posible.

Ahora que era adulta, quería formar parte de su vida de cualquier manera que pudiera.

Dejaría que ella marcara el ritmo, pero no quería volver a defraudarla nunca más.

—He traído el desayuno —dijo ella un momento después, señalando la mesa.

Liam se sentó a comer con su hija y hablaron... franca y sinceramente... durante una buena media hora. No podían resolver todos sus problemas en una sola conversación tan breve, pero sentaron las bases para entenderse y seguir hablando en el futuro. Era un buen comienzo.

Cuando Rivka bajó por la escalera, ambos se sentían mucho más cómodos en mutua compañía. Livia se sobresaltó, aunque lo disimuló bien. Ofreció a la otra mujer lo que quedaba del desayuno que había traído. Por suerte, había llevado comida más que suficiente para que Rivka también pudiera desayunar.

—Siento entrometerme —le dijo Rivka a Livia, con más timidez de la que Liam le había visto jamás—. De verdad tenemos que partir temprano.

Livia sonrió.

—He ido y vuelto de la Isla del Grifo varias veces. Es un viaje largo y entiendo que necesitéis salir pronto. —Se volvió hacia su padre—. ¿Iréis en tu barco? Creo que la tripulación está preparada, si ese es tu plan.

—No, eh... En realidad, iremos volando —admitió Liam, un tanto incómodo.

—¿Volando? —Livia frunció el ceño—. ¿De verdad?

—No me han elegido como caballero ni nada parecido —se apresuró a añadir Liam—. No a mi edad. Pero he entablado cierta amistad con lord Skelaroth, y él nos guiará hasta allí.

—¿Vas a volar a lomos de un dragón marino? —Livia parecía impresionada y divertida a la vez—. ¿Tú también, Rivka?

—No —respondió Rivka con una sonrisa astuta—. Yo puedo volar sola.

—¿Que puedes... qué? —Livia volvió a mirarla, sorprendida—. ¡Espera un momento! ¡Me parecía que te conocía! Nos vimos en aquella posada cuando perseguíamos el libro. Tu padre era el juglar jinn al que nos enviaron a buscar.

Rivka inclinó la cabeza con una sonrisa.

—La misma. Desde entonces he seguido el rastro de la página desaparecida de aquel libro.

Con el tiempo, me crucé con tu padre y el resto...

Bueno, supongo que en algún momento oirás la historia completa, pero es demasiado larga para contarla en el poco tiempo del que disponemos esta mañana.

—Rivka tomó un bocado del desayuno—. Gracias por traer la comida. Está deliciosa.

—Solo es una cesta de las cocinas de la Guarida —dijo Livia—. Allí tienen unos cocineros estupendos.

Habían abierto la ventana para dejar entrar en la habitación la fresca brisa matinal y, justo en aquel momento, Ella decidió hacer acto de presencia.

Voló directamente hacia Liam y se posó en su lugar favorito, sobre el hombro izquierdo de este.

Liam se removió, incómodo y consciente de los ojos desorbitados de su hija.

Probablemente nunca había visto un virkin.

Aunque quizá tampoco hubiera imaginado que su estirado padre pudiera encariñarse tanto con una criatura pequeña como Ella, pero tenía que admitir que sí se había encariñado.

Hasta el tuétano. Ella lo tenía completamente atrapado entre sus pequeñas garras.

— Hola —dijo Ella a su manera silenciosa, dirigiéndose a todos ellos.

—Hola —respondió Livia de inmediato, encantada—. Soy Livia.

— Soy Ella —contestó la virkin, mirando a Livia con curiosidad—. Por dentro pareces Leem.

—¿Leem? —repitió Livia en voz alta, mirando alrededor en busca de orientación.

Rivka soltó una risita mientras Liam notaba que se le encendía la cara por primera vez en años.

—Así es como Ella me llama. Cada vez habla mejor, pero todavía es muy pequeña. —Alzó una mano y acarició la cabeza de la virkin, rascándole el largo cuello como a ella le gustaba—. Cariño, Livia es mi hija. Probablemente por eso tus sentidos te dicen que se parece a mí.

— ¡Oh! ¡Cría de Leem! Ahora entiendo. Hola, Liva —dijo Ella, cautivándolos a todos con su forma sencilla de hablar.

En realidad, aún era una cría, aunque Liam no sabía con exactitud lo deprisa que crecían los virkin ni cuánto vivían.

Tendría que investigar un poco cuando dispusiera de tiempo libre.

Después de conocer al hechicero y de que se aseguraran de que la página que custodiaba era la correcta del maldito libro del mago.

—Ella es una virkin de Elderland. Decidió subir al barco la última vez que hicimos escala allí y desde entonces viaja conmigo —sintió Liam la necesidad de explicarle a su hija—.

Cuando Skelaroth se dio a conocer, y después Rivka...

y cuando todos quisieron seguir conmigo a Fisk por tierra...

Bueno, Ella dijo que también vendría, y ha sido de gran ayuda en todos nuestros empeños.

—Sin ella no habría podido atravesar la barrera protectora del mago —dijo Rivka, sonriendo a Ella, que se pavoneaba ante sus elogios—. Fue esencial para el éxito de nuestra misión.

—Sí, lo fue —convino Liam.

— Ahora ir a ver hechicero —dijo Ella, recordándoles a todos el viaje que los aguardaba.

Livia se irguió.