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Podía sentirlo. No era tan estúpido como para ignorar las señales. A ella le importaban su bienestar y su felicidad. Hacía tanto tiempo que no permitía que una mujer se acercara tanto a él que casi había olvidado lo maravilloso que era que alguien mostrara semejante preocupación.
Liam tenía que admitir que ella también le importaba.
Al principio, la intensidad de sus sentimientos por Rivka le había parecido una traición al amor perdido que sentía por Olivia, pero durante los últimos días había llegado a comprender que no era así.
Lo que sentía por Rivka estaba en una escala completamente distinta de lo que había sentido por Olivia.
Ambos sentimientos eran fuertes y lo abarcaban todo, pero tenían sabores por completo diferentes.
Olivia había dependido de él para casi todo.
En lo referente a la vida cotidiana, había sido bastante incapaz de hacer muchas cosas por sí misma.
La habían educado para ser una dama y poco más le habían enseñado.
A menudo se le escapaba el sencillo acto de ocuparse de las necesidades comunes de la vida.
Liam había tenido que programar las entregas para su hogar y asegurarse de que todo siguiera funcionando, salvo en los ámbitos más femeninos de la preparación de alimentos, la decoración y la ropa.
Había dependido de él organizar todo lo demás que mantenía sus vidas avanzando sin sobresaltos.
En realidad, no había sido culpa de Olivia.
Era una mujer inteligente, pero se había criado en un ambiente refinado donde no le habían permitido aprender otras cosas que pudieran resultar útiles en la vida de una persona corriente.
Solo le habían enseñado aquello que sus padres y profesores consideraban apropiado para una dama de alta cuna.
Liam la había animado a aprender otras cosas una vez casados, y ella se había interesado mucho por la contabilidad y la administración de las cuentas domésticas.
Tenía buen ojo para los objetos de calidad y lo había ayudado a seleccionar artículos rentables para importar.
Lo había ayudado de muchas maneras, pero su vida se había truncado antes de que pudiera florecer y convertirse en la mujer madura que estaba empezando a ser.
Rivka era ya un ser maduro con un dragón en el alma.
No veía el mundo como una dama refinada, sino como un depredador alado con misteriosos orígenes Jinn.
Era mágica y fuerte, pero también delicada a su manera.
No podría ser más distinta de Olivia ni aunque se lo propusiera y, sin embargo, poseía una tierna vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Liam sabía que estaba ahí y se sentía privilegiado por haberla visto.
Sospechaba que no muchas personas habían llegado siquiera a intuir aquella faceta más dulce de su naturaleza.
Rivka le importaba muchísimo. De verdad. Tanto que creía que quizá estuviera enamorado de ella. Aquel pensamiento lo aterraba hasta lo más hondo y, a la vez, lo llenaba de una dicha que llevaba demasiado tiempo sin experimentar.
Amor. Amor peligroso, delicioso y decadente. ¿Podría arriesgarse a amar a otra mujer? ¿Podría negar los sentimientos que Rivka despertaba en su alma con su mera presencia?
La idea de permitirse amar de nuevo, y probablemente volver a perder, despertaba en él un miedo que le calaba hasta el alma.
Porque Rivka tenía obligaciones que iban mucho más allá de sus propios deseos.
Era un dragón, no solo una mujer. Y era Jinn, con todo lo que aquello implicaba.
Como mínimo, antiguos juramentos de lealtad a su Clan y a su pueblo.
Liam no sabía cómo, ni siquiera si , podría formar parte de su vida teniendo en cuenta todo aquello.
Sin embargo, desde su punto de vista, el quid de la cuestión era el valor. ¿Tendría el valor de intentar siquiera volver a amar? Esa era la mayor pregunta que se planteaba en aquel momento… y no tenía una respuesta fácil.
Hicieron el amor varias veces durante la noche y, entre una y otra, durmieron de manera intermitente pero profunda.
Estaban hechos el uno para el otro. De algún modo, consiguieron descansar lo suficiente durante la noche y despertaron renovados por la mañana.
Liam fue el primero en despertar al oír a alguien moverse en la planta baja.
Le sorprendió, pero no se alarmó. El dragón cuya silueta se recortaba en su ventana le garantizaba que los caballeros y dragones de la Guarida habían vigilado la casa durante toda la noche.
Nadie debería haber podido pasar junto a ellos.
Quizá uno de los caballeros hubiera entrado para usar el baño de abajo o para entregar algo.
Fuera lo que fuese, Liam se vistió y bajó para averiguar qué ocurría.
Dejó a Rivka dormida en su cama después de dedicarle una última mirada prolongada. Parecía un ángel amado, hundida en el suntuoso colchón de plumas. Dormía profundamente, con el pelo revuelto sobre las almohadas. Era una imagen que conservaría consigo el resto de su vida.
Cuando Liam llegó a las escaleras, oyó un tarareo procedente de abajo. Un tarareo femenino. ¿Había otra mujer en su casa? Movido por la curiosidad, bajó.
Liam se detuvo en seco, conmocionado al encontrar a su hija, Livia, sonriéndole desde la puerta de la cocina.