El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 20
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Liam depositó a Rivka en la cama con una delicadeza que la dejó sin aliento. Entonces se detuvo. Se alzó sobre ella, apoyado en los antebrazos, y se limitó a mirarla a los ojos, con los suyos ensombrecidos por alguna emoción dolorosa.

—No pasa nada, sea lo que sea —le dijo ella en voz baja mientras le acariciaba los hombros, el pelo, todo cuanto alcanzaba.

Al cabo, él habló, como si le arrancaran cada palabra de lo más hondo de su ser.

—Creo que te conté que construí esta casa para Livia.

Para que creciera aquí. Lejos de donde habíamos vivido y de donde Olivia había muerto.

No quería que mi hija tuviera recuerdos tristes.

Me quedaba aquí cuando estaba en tierra, pero no tan a menudo como debería haberlo hecho —admitió—.

Solo quiero que lo sepas. Nunca he traído aquí a ninguna mujer.

De hecho, no ha habido ninguna otra… Hasta ti, Rivka.

Me has hecho algo. Has cambiado algo muy profundo en mí.

No parecía gustarle, pero al menos lo había admitido. A ella le pareció un gran paso. Un avance positivo hacia el nuevo futuro que tenía por delante.

—Aunque no te lo creas, tú también has cambiado algo en mí, Liam. No suelo ir por ahí enamorándome de cualquier apuesto capitán de navío que me llama con un dedo.

Soltó una risita para restar gravedad a su propia confesión y, por suerte, él compartió su diversión.

—Entonces, ¿te parezco guapo? —preguntó él con tono juguetón, ya de mejor humor.

—Venga ya, Liam. Sabes que lo eres.

Le dio un suave puñetazo en el hombro.

—No como ese pisaverde rubio de voz sedosa y modales refinados que no paró de hacerte la corte durante la cena —replicó él, sorprendiéndola con los inequívocos celos de su voz.

—Está casado —repuso ella de inmediato—. Esta chica no se mete con hombres casados. Y, además…

Deslizó las manos por los anchos hombros de Liam.

—No es como tú. Es demasiado perfecto. Demasiado pulido. Una mujer tendría que estar loca para querer a un hombre así en su vida de forma permanente. Quiero decir que es tan… decorativo. Seguro que también sabe luchar, pero yo, desde luego, no quiero estar con un hombre más guapo que yo.

—¡Pues gracias a las estrellas por eso! —bromeó Liam—. Lo último que quiero en el mundo es que me describan como bonito .

Ambos se echaron a reír.

—No, eres guapo como el pecado y el doble de duro —le dijo ella mientras el ambiente volvía a tornarse sensual y le acariciaba los brazos musculosos—. Te he visto luchar. Me excitó —admitió.

—Eso sí que no me lo había dicho nunca ninguna mujer —dijo él, ladeando la cabeza como si lo estuviera considerando—. Creo que me gusta.

Le sonrió desde arriba antes de bajar la cabeza y cubrirle los labios de besos juguetones.

—Yo también te he visto luchar, milady, y me pusiste duro —susurró contra sus labios antes de apoderarse de ellos en un beso devorador.

Cuando por fin la dejó respirar, ella jadeaba entrecortadamente.

Quería quitarles la ropa y forcejeó hasta que él la dejó incorporarse y rodó a un lado.

Se deshizo de sus prendas con rapidez, desvistiéndose mientras se arrodillaba sobre él en la ancha cama.

Le encantaba cómo los ojos de Liam seguían cada uno de sus movimientos y, justo antes de descubrirse los pechos, se movió más despacio y le sonrió con una coquetería que nunca había sentido del todo.

Jamás se había mostrado juguetona con un amante.

Cada vez que estaban juntos, Liam despertaba en ella todo tipo de sentimientos y experiencias nuevas.

Casi con timidez, alzó los brazos sobre la cabeza y eliminó la última barrera entre la mirada de él y su torso desnudo.

Cuando se libró de la tela y sus ojos se encontraron, vio reflejado en los de Liam aquel ardor.

El mismo que ella sentía en lo más hondo del alma.

Un calor distinto al fuego de la llama de su dragón.

No, aquel era el fuego del deseo. Por Liam. Solo por Liam.

—Ven aquí, Rivka —dijo él con una voz a la vez dulce e imperiosa.

Ella se acercó, se sentó a horcajadas sobre sus caderas y bajó los labios hacia los suyos mientras se cernía sobre él.

—Que conste —dijo Liam contra sus labios, sin permitirle todavía el beso más profundo que ella ansiaba— que ni una sola vez te he llamado con un dedo, aunque tentarías a hacerlo hasta a un santo.

Ella se echó a reír. No pudo evitarlo. La estaba provocando y eso también le gustaba.

—Deja de hablar, capitán, y bésame —ordenó.

Su sonrisa se encontró con los labios de él y se fundió en puro ardor. Una llama hecha carne.

Sus lenguas libraron un duelo y sus cuerpos se tensaron.

Ella tiró de la camisa de Liam y él la ayudó a sacársela de los hombros, hasta que por fin pudo arrojarla al suelo junto a la cama.

Después se ocupó de sus pantalones. Se los bajó lo justo para liberar lo que más deseaba en aquel momento.

Y entonces… cabalgó hacia un placer glorioso y se lo llevó con ella.

Lo cabalgó con fuerza y ardor, veloz y ágil.

Y, cuando alcanzó una conclusión orgásmica, él tomó el control y volvió a enloquecerla.

Se enredaron entre las sábanas, rodando por la gran cama, deleitándose en la calidez y la suavidad de su nido seguro.

Fue distinto de las otras veces que habían estado juntos, pero igual de delicioso.

Igual de sorprendentemente puro. Perfecto. Como debía ser.

Cuando terminó el primer asalto, Liam la abrazó contra su costado mientras ambos intentaban recuperar el aliento. A Rivka le encantaba sentir el blando colchón de plumas bajo el cuerpo, pero le gustaba aún más el hombre que la sostenía.

Amor. Ahí estaba. Aquello que había intentado evitar admitir, incluso ante sí misma.

Aunque Liam lograra superar las tragedias de su pasado, había muchos obstáculos entre ellos.

Para empezar, Rivka era Jinn. Tenía un deber para con su Clan y responsabilidades de las que Liam no sabía nada.

Él tendría que ser iniciado en el Clan para que ella pudiera compartir ciertas cosas con él.

Otro posible problema era que Liam amaba el mar.

Tenía bajo su mando una flota de barcos, una flota que había levantado desde cero. O quizá debería decir desde las olas .

Tenía responsabilidades para con su tripulación y las de todos aquellos barcos que trabajaban bajo su enseña.

Había personas que dependían de él tanto en tierra como en el mar.

Personas cuyo sustento y supervivencia dependían de su negocio de importación y exportación.

Por el poco tiempo que llevaba conociéndolo, a ella le resultaba evidente que Liam se sentía más cómodo en el océano que en tierra.

¿Podría ser la pareja con la que soñaba, con un pie en Draconia y otro en alta mar? No sabía cómo podría funcionar.

Y luego estaba su hija. Puede que Livia estuviera casada y tuviera ya sus propios compañeros, pero seguía siendo la única familia de Liam.

¿Se opondría a que hubiera otra mujer en la vida de su padre?

Rivka solo había visto a Livia una vez y durante muy poco tiempo.

En realidad no la conocía ni sabía cómo reaccionaría.

Pero todos aquellos pensamientos podían esperar. Debían esperar, porque Rivka quería disfrutar de verdad de aquel momento con Liam. El hombre al que amaba. Contra toda lógica, lo amaba de verdad.

Liam yacía junto a Rivka con la mente sumida en el caos.

Había pensado que tal vez la emoción de la misión hubiera contribuido a las increíbles sensaciones que ella aportaba cuando hacían el amor, pero se había equivocado.

La misión estaba prácticamente terminada y, aun así, allí estaba, experimentando emociones todavía más intensas mientras hacía el amor con aquella mujer extraordinaria, increíble y mágica.

Ella sacaba de él algo con lo que apenas se había topado antes.

Le hacía perder el control y parecía encantada de conseguirlo.

Liam siempre se había cuidado mucho de contener sus instintos más primarios cuando estaba con Olivia.

Su difunta esposa había sido una delicada flor de feminidad.

No había querido asustarla con las necesidades que lo impulsaban, aunque las pocas veces que había estado cerca de liberarlas ella había parecido más excitada que asustada.

Aun así, se había contenido por respeto y consideración.

Le había encantado cuidar de Olivia, y ella lo había amado por hacerlo.

Rivka era una historia completamente distinta.

Aquella era una mujer con alma de dragón.

En realidad no necesitaba su protección, aunque respondía bien a su instinto de ofrecérsela.

Eso era agradable. No le pedía que cambiara su naturaleza innata, la de un protector, para adaptarse a su apariencia más curtida.

Tenía la impresión de que pocos hombres la habían tratado con la sencilla consideración que él le mostraba.

Probablemente daban por sentado que era un dragón, una mujer dura, y que no necesitaba los gestos sencillos y atentos de los que disfrutaba la mayoría de las mujeres.

Se había mostrado tan contenta de que él hubiera pensado en llevar aquella tienda para ella durante el viaje…

¿Acaso ningún hombre había sido nunca tan considerado con su comodidad?

La sola idea lo dejaba perplejo. Puede que fuese fiera, pero también era femenina.

Según su experiencia, a todas las mujeres les gustaba que las trataran con dulzura de vez en cuando.

Se sentía honrado de que ella le hubiera permitido mostrarle bondad, y Rivka se había portado a su vez con una amabilidad increíble.

No lo había presionado para que revelara sus pensamientos más íntimos, aunque parecía conocerlos sin necesidad de que él dijera nada.

Había sido intuitiva y comprensiva. Le había ofrecido el consuelo de su amistad…

y más. En ocasiones había sido su ancla, y a Liam le gustaba pensar que él también había hecho lo mismo por ella.