El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 12 #2
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Después ya no hubo tiempo para palabras, ni siquiera para pensar.

Liam entró en ella con un deslizamiento largo y lento que llenó todos los rincones oscuros de su alma cuya vaciedad nunca había advertido.

Se detuvo y se movió con suavidad, asegurándose de que ella estuviera cómoda antes de hundirse hasta la empuñadura. Después esperó.

—¿Todo bien? —preguntó en un susurro tierno, aunque algo tenso.

—Sí. Sigue —lo instó ella, arrancándole una risa ronca cuando empezó a moverse.

La fricción la hizo jadear mientras unas sensaciones deliciosas le recorrían la columna y hacían vibrar todo su cuerpo. Él era el foco de todo aquel poder contenido. Si no supiera que era imposible, lo habría llamado magia. La magia de dos cuerpos que se unen con pasión.

Liam adoptó un ritmo constante que parecía pensado por completo para el placer de ella.

Oh, Rivka tenía la impresión de que él también disfrutaba, pero estaba concentrado en ella.

Lo veía en el brillo de sus ojos. Lo sentía en las embestidas de sus caderas.

Lo percibía con todo aquello que la convertía a la vez en dragón y en mujer.

El hombre que se alzaba sobre ella estaba resuelto a asegurarse de que la mujer a la que daba placer saliera de aquella experiencia con una sonrisa en los labios.

Mejor dicho, con una sonrisa enorme y bobalicona.

Nunca había estado con un hombre tan volcado en asegurarse de que ella recibiera todo lo mejor que él pudiera ofrecerle.

La experiencia, al igual que el hombre, era increíblemente especial. La hacía sentir como una reina. Como una mujer fatal. Como si… le importara. Aunque solo fuera un poquito. Y ese pensamiento fue lo que la quebró.

Rivka se corrió con un gemido mientras se aferraba a sus hombros. Se estremeció con espasmos de placer mientras él la sostenía, palpitando en lo más profundo. Y cuando ella empezó a descender del clímax, Liam volvió a empezar, elevándola de nuevo.

Rivka había creído que no le quedaba nada después de aquel primer orgasmo, pero él le demostró que se equivocaba. Una vez. Y otra.

Las cumbres de placer comenzaron a confundirse entre sí a medida que Liam aumentaba la fuerza y la frecuencia de sus embestidas. Parecía un hombre poseído mientras los conducía a ambos hasta la cima del deseo. La cumbre más alta que ella había alcanzado jamás.

Rivka se hizo añicos alrededor de él y, esta vez, Liam se corrió con ella.

Con un gemido profundo que brotó de su pecho, permaneció firmemente hundido en su interior, moviendo las caderas para exprimir hasta la última gota de placer de ambos.

Al cabo de un rato, cuando los dos seguían respirando con dificultad y el planeta parecía empezar a girar de nuevo bajo ellos, él se retiró.

No fue muy lejos. Liam se inclinó para depositarle un beso tierno en la frente, un gesto que llenó de lágrimas los ojos de Rivka.

Salió de ella y se tumbó a su lado, acogiéndola entre sus brazos. Extendió su propia capa sobre ambos, atento hasta el final. Eso fue todo lo que Rivka recordó antes de quedarse profundamente dormida.

Cuando se despertaba durante la noche, Liam siempre estaba allí.

Se unió a su cuerpo dos veces más, una tomándola por detrás y otra con ambos tendidos de lado.

Era un amante imaginativo y poseía, según dedujo ella, una vasta experiencia.

Sabía exactamente cómo tocarla para hacerla volar hasta los cielos y qué debía hacer para mantenerla allí tanto tiempo como quisiera.

Rivka jamás había vivido una noche igual. Íntima y llena de un placer como nunca había experimentado. Apenas hablaron, y aquello parecía apropiado. La noche era oscura, pero en aquel pequeño espacio privado no albergaba terror alguno. Solo pasión y aceptación. Deseo y plenitud.

Y, cuando llegó el amanecer, la lluvia había cesado y a Rivka no le sorprendió encontrarse sola. Liam se había marchado de la tienda sin dejar rastro alguno de sí mismo, salvo una mujer muy satisfecha y un recuerdo que perduraría durante el resto de su vida.

Cuando Rivka salió de la tienda poco después del amanecer, Liam casi temió lo que pudiera ocurrir a continuación.

La noche anterior se había olvidado de sí mismo.

Había olvidado todos los votos que había hecho y la misión que aún tenía pendiente.

Durante unas pocas horas robadas, había sido solo un hombre.

Un hombre con una mujer hermosa en mitad de la noche sombría.

La naturaleza había seguido su curso de una manera que él no se había permitido desde hacía muchísimo, muchísimo tiempo.

Aquella mañana sentía cierta culpa, pero no tanta como había esperado.

El espectro de su esposa perdida no lo atormentaba con remordimientos.

No, era como si algo se hubiera liberado la noche anterior.

Algo que había permanecido cerrado en su propia alma.

No sabía qué era. Ni siquiera había sabido que existía.

Pero algo había cambiado sin duda durante las horas más oscuras de la noche.

Liam aún no sabía si aquellos cambios serían buenos o malos. Estaba confuso, por decirlo suavemente.

Temía haber herido a Rivka la noche anterior. No físicamente —había sido cuidadoso con ella—, sino en el plano emocional. Detestaría ver en sus ojos un dolor causado por él. También a él le dolería.