11 #3
Ser un dragón negro significaba vivir en las sombras.
Solo su familia y su Clan conocían sus capacidades.
Otros quizá supieran que existían dragones negros en el mundo, pero nadie salvo su Clan conocía la identidad de quienes poseían aquel don.
No todos los miembros del Clan gozaban de esa bendición.
De hecho, ella tenía un hermano menor que era completamente humano.
Gracias a los dioses, el Clan consideraba iguales a los dos.
Rivka se había limitado a heredar el legado de Dranneth el Sabio, mientras que su hermano pequeño no.
Aun así, se estaba convirtiendo en un espadachín excelente.
Cuando terminara de crecer, sería un gran guerrero para el Clan.
Como lo había sido su padre antes que él.
De hecho, Rivka era el primer dragón negro nacido en su familia en varias generaciones.
Había sido una sorpresa para todos cuando empezó a transformarse a los diez años.
Aunque todos los miembros del Clan estaban familiarizados con los dragones cambiaformas, nadie de su familia inmediata sabía con exactitud qué hacer con ella.
La habían enviado junto al dragón negro más cercano para que aprendiera a dominar su don, aunque le habían permitido visitar a sus padres durante las festividades y ellos viajaban a menudo para verla.
La crianza de Rivka no había sido exactamente igual a la de la pobre Livia O’Dare.
Rivka siempre había sabido que sus padres la querían, que se interesaban por cómo le iban las cosas y que acudirían a su lado de inmediato si los llamaba.
Había vivido con una anciana bondadosa que comprendía su don y había sido capaz de abrirle el mundo del vuelo y enseñarle las costumbres de su mitad dracónica.
Había sido como una segunda madre, o más bien como una abuela.
Había tenido una buena infancia, aunque un tanto heterodoxa.
—Yo también agradezco dormir a cubierto —dijo Liam, interrumpiendo las reflexiones de Rivka sobre el pasado—. Confieso que tantos años a bordo de un barco, con mi propio camarote, me han vuelto más blando de lo que me gustaría admitir.
—¿A ti?
Blando no era una palabra que, en la mente de Rivka, pudiera asociarse con ningún aspecto de Liam. Él soltó una risita, y aquel cálido sonido surgido de la oscuridad le provocó deliciosos escalofríos a lo largo de la espalda.
—Ya no soy tan joven ni tan aventurero como antes —dijo él, con la voz muy cerca en la oscuridad.
—Tampoco eres viejo, Liam.
Su nombre se le escapó sin pensarlo, pero ya era demasiado tarde para retirarlo, y la oscuridad parecía invitar a tales intimidades... y a más. La pregunta era: ¿querría él —o podrían ambos— llevar aquello más allá de unos simples susurros en la oscuridad?
—Eres muy amable, pero me siento anciano al lado de una jovencita como tú.
—¿Cuántos años crees que tengo? —le preguntó ella, sintiéndose juguetona de repente.
Él guardó silencio por un instante antes de responder al fin.
—La sabiduría que dan los años me ha enseñado a no especular jamás en voz alta acerca de la edad de una mujer. Siempre acaba metiéndolo a uno en problemas.
Ella soltó una risita. Hacía mucho tiempo que un sonido tan despreocupado no salía de su boca. Le gustaba cómo se sentía cuando estaba con él. Desde luego, Liam la mantenía alerta. Y aquella conversación a medianoche era otra cosa, algo nuevo entre ellos. Le gustaba.
—Digamos que soy mucho mayor de lo que parezco. Recuerda, Liam, que soy medio dragón. No envejecemos como la gente corriente. De hecho, me atrevería a apostar que soy un poco mayor que tú.
—Eso es imposible —replicó él de inmediato—. Porque yo he envejecido de una manera que tú nunca podrás conocer. El dolor me ha cambiado para siempre.
Ella no pudo contenerse. Extendió una mano en la oscuridad y la posó sobre el hombro de Liam. Él se tensó bajo su contacto durante un breve instante antes de rendirse a la compasión de aquel gesto.
—Sí comprendo el dolor de una pérdida —le dijo en voz baja. La lluvia había disminuido hasta convertirse en un murmullo amortiguado sobre la tela que cubría sus cabezas—. He perdido a quienes más quería. No a una pareja, pero sí... a mi familia.
Le costó pronunciar aquellas palabras. Su Clan sabía lo que le había ocurrido a su familia, pero nunca se lo había contado a nadie más.
—Es una herida que nunca termina de sanar.
Él suspiró.
—Sí lo comprendes —dijo al fin, posando la mano sobre la de ella, que seguía apoyada en su hombro, y apretándola con delicadeza—.
Lamento que hayas tenido que pasar por eso.
Siempre pensé que la vida debía ser feliz.
Sin embargo, puede convertirse en una sucesión interminable de días llenos de dolor y tristeza.
—No siempre tiene por qué ser así —le dijo ella con dulzura.
Él le cogió la mano, se llevó la palma a los labios y la sorprendió con el tierno beso que depositó allí. Todo el cuerpo de Rivka respondió a su contacto. Si hubiera estado de pie, le habrían temblado las rodillas.