El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 10 #2
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—Pero antes déjame ayudarte a retirar las ollas sucias.

Rivka metió las manos sin vacilar en la tina de lavar, llena de ollas y platos. Quería quedarse un rato con Meg y, con un poco de suerte, conseguir que hablase sobre el ataque.

Trabajaron codo con codo durante un tiempo. Meg llevó a su hijo el prometido cuenco de sopa, pero regresó al cabo de un rato. Rivka seguía ocupada con los platos sucios cuando Meg se reunió con ella.

—Gracias por ayudarme con esto —dijo Meg con timidez—. Sé que no debería haber dejado que se acumulara todo, pero…

—Tenías otras prioridades —completó Rivka el pensamiento de la mujer—. Lo entiendo. Ya he pasado antes por situaciones parecidas. ¿Cómo está tu hijo?

—Jalina dice que ya está fuera de peligro y que se recuperará por completo gracias a ese dragoncito de ahí dentro —respondió Meg con una sonrisa afectuosa.

—Ella es una virkin de Elderland —le explicó Rivka con delicadeza.

—¿De verdad? —Meg parecía sinceramente interesada.

—Yo misma solo había oído historias sobre ellos. Ella es la primera que he conocido, pero es una cazadora excelente. Hasta hoy, ni Liam ni yo conocíamos sus facultades curativas —admitió Rivka.

—Por las alas y la magia, pensé… —dijo Meg—. Bueno, nunca había visto una cría de dragón. Di por sentado que lo era.

—Las crías de dragón son enormes —le explicó Rivka—. Las he visto. Son tan grandes como un hombre, o incluso más. Creo que los virkin conservan más o menos el tamaño de un gato doméstico grande. Ella es joven para los de su especie, pero creo que ya ha alcanzado prácticamente su tamaño definitivo.

—Increíble —dijo Meg cuando terminaron de lavar los platos—. No tenía ni idea de que existieran criaturas así en otras tierras.

—El mundo alberga muchas maravillas —convino Rivka con amabilidad mientras ambas se secaban las manos.

—Seguro que has viajado mucho —tanteó Meg con delicadeza, pero a Rivka no le importó satisfacer su curiosidad.

—Soy Jinn. Viajé muchísimo cuando era más joven, pero por fin hemos regresado a casa, a Draconia, y espero establecerme en algún lugar de la costa cuando terminemos este trabajo —respondió con sinceridad.

Aún no había decidido dónde se instalaría, pero le gustaban el aire marino y la playa. Sabía que quería vivir en una comunidad costera; sencillamente, todavía no había decidido cuál convertiría en su hogar.

—¿Vuestro trabajo consiste en seguir el rastro de los hombres que le hicieron esto a nuestro pueblo? —La voz de Meg se endureció.

Rivka no se lo reprochaba. Asintió.

—Si puedes hablarme de ellos… Cualquier cosa que vieras u oyeras podría sernos útil. Intentamos determinar si el líder de esos piratas se encuentra en este grupo o si tomó alguno de los otros caminos que salen de Tipolir.

—Había un hombre al que los demás llamaban capitán cuando creían que no quedaba nadie vivo para oírlos —le contó Meg—.

Yo estaba escondida con mi hijo. Había salido corriendo a la calle cuando llegaron los asaltantes y le dieron un tajo.

Lo agarré y me lo llevé al segundo sótano, justo debajo de aquí.

Casi nadie sabe que existe y todos pasan de largo.

Alabada sea la Madre de Todos, porque los asaltantes también lo hicieron.

Podía mirar por las rendijas del suelo mientras entraban aquí y cogían lo que querían.

Destrozaron el lugar y mataron a casi todos los que vieron.

Conseguí que Sammy se mantuviera callado y nos escondimos hasta que se marcharon.

Meg temblaba un poco mientras relataba lo sucedido.

—Entonces llegó Jalina y empezó a organizar a quienes quedaban. Cuando la vi, supe que era seguro salir.

—¿Viste a los hombres? ¿Cuántos eran? —preguntó Rivka.

Procuraba no presionar demasiado a la mujer, que aún estaba traumatizada, pero necesitaba saber qué había visto Meg.

—Entraron aquí media docena. Esos son los que vi, incluido aquel al que acudían en busca de órdenes.

—El capitán, ¿verdad? —Rivka intentó que siguiera hablando al tiempo que enviaba una llamada urgente a Liam de mente a mente—. Ven a la cocina en cuanto puedas. Creo que tienes que oír esto.

Meg asintió, ajena a la comunicación silenciosa entre Rivka y Liam.

—Eran todos unos brutos enormes con hojas curvas.

De tez morena. Y hablaban de una forma extraña.

Usaban palabras que yo no conocía en absoluto y pronunciaban con mucho acento las que sí entendía.

Solo uno parecía ser de Draconia; al menos, hablaba como un nativo de esta región.

Era joven, con una mata de pelo rojo. Tenía una especie de mapa que consultaron antes de marcharse.

El capitán parecía recurrir al pelirrojo como guía.

—¿Qué aspecto tenía el capitán? —La voz de Liam llegó desde la puerta.

Había entrado sin hacer ruido, aunque no había avanzado del todo hacia el interior de la estancia. Aun así, debía de haber oído la última parte de la conversación.

—Era alto. Fuerte, pero delgado. Su forma de hablar era más refinada y no tenía un acento tan marcado. Parecía un hombre instruido, o al menos más que sus compañeros. Tenía el pelo negro, los ojos azules y una cicatriz que le recorría un lado de la cara desde la sien hasta la barbilla.

Meg trazó sobre su propio rostro el recorrido de la cicatriz mientras Rivka veía tensarse la mandíbula de Liam.

—Su abrigo tenía dos hileras de botones dorados y llevaba botas altas. También tenía una espada larga, grabada y adornada con oro, o eso parecía. La vi relucir bajo la luz, por debajo de la sangre que goteaba.

Su mirada se volvió hacia su interior al recordar el horror que había presenciado, y Rivka guardó silencio. Aquella mujer —todo aquel pueblo— había sufrido ya dolor suficiente para varias vidas.

Liam se acercó y posó una mano sobre el hombro de Meg, con la compasión reflejada en cada movimiento. Rivka observó cómo Meg alzaba los ojos hacia los de Liam. Unas lágrimas silenciosas le corrían por la cara.

—Gracias por contarnos todo esto. Siento haberte obligado a revivir ese recuerdo, pero tu información es más importante de lo que imaginas —le dijo con dulzura—.

El hombre al que viste, aquel al que llamaban capitán, asesinó a sangre fría a mi esposa.

Desde entonces sigo su rastro. Esta vez ni él ni sus hombres escaparán.

Se hará justicia por los crímenes que han cometido contra mí y contra otros, y sobre todo por lo que han hecho aquí, a tu gente. Te doy mi palabra.

Las lágrimas de Meg se secaron y en su rostro apareció una fuerza fría.

—Gracias por decírmelo, señor. Todos los habitantes de Waymeet descansaremos más tranquilos sabiendo que alguien intenta impedir que esos hombres inflijan este dolor a otras personas.

Liam apretó el hombro de Meg sin apartar la mirada de ella. A Rivka la conmovió que se detuviera para tranquilizar a la mujer. No hacían falta más palabras para expresar su compasión y su determinación. Soltó a Meg y se volvió para salir por la puerta de la cocina.

Rivka se despidió de Meg y siguió a Liam. Lo encontró apoyado en un muro bajo de piedra del huerto, contemplando el pequeño vergel que se extendía más allá. Su expresión era sombría.

—Has reconocido la descripción, ¿verdad? —preguntó con delicadeza.

Liam agachó la cabeza durante un instante. Después se irguió y respiró hondo antes de responder.

—Yo le hice esa cicatriz a Fisk. ¿Y los botones dorados? Pocos saben que en realidad son de oro macizo. Siempre ha llevado consigo su fortuna de ese modo. Portátil y escondida a plena vista.

—Entonces, ¿era Fisk de verdad? ¿Seguimos el rastro correcto? —A Rivka se le aceleró el corazón ante la idea.

Por fin tenían una confirmación.

—Dudo que ni siquiera Fisk pudiera preparar un señuelo tan convincente. Tenía que ser él —convino Liam.

Entonces golpeó una vez el muro con la mano.

—¡Por fin!

Rivka sabía exactamente cómo se sentía. Era un alivio saber que por fin se acercaban a su objetivo. También resultaba exasperante no haberlo alcanzado a tiempo para impedir la masacre de Waymeet.

Rivka vio a Skelaroth avanzando por la calle en dirección a ellos.

Liam también pareció verlo y después echó un vistazo a su alrededor.

Se encontraban en el huerto, rodeados de abundantes frutas y verduras frescas.

Rivka divisó varias cosas que le gustaría llevarse y decidió preparar una bolsa de provisiones para el camino.

Ahora que sabían que seguían el rastro correcto, estaba impaciente por reanudar la persecución.

Skelaroth pareció verlos y se acercó.

—He reunido el ganado muerto en el campo que hay delante del pueblo —informó—. Los habitantes ya debían de haber enterrado a sus muertos. He visto indicios de tumbas recientes por todas partes.

—La sanadora probablemente encargó esa tarea a quienes estaban en condiciones de hacerla —explicó Liam—. Pero mover los caballos sin otros caballos que tiraran de su peso resultaba mucho más difícil. Les ha prestado un gran servicio, mi señor.

Skelaroth inclinó la cabeza con modestia.

—Era lo menos que podía hacer.

Miró los árboles del vergel.

—¿Son comestibles esos frutos rojizos? —preguntó por fin.

—Sí —respondió Liam, con un amago de sonrisa en el rostro por primera vez desde que habían entrado en el pueblo—. Son melocotones. Dulces y un poco ácidos.

Liam saltó el muro y se acercó al árbol más próximo, donde escogió varias frutas y las arrancó. Lanzó una hacia Skelaroth y el dragón marino la atrapó en el aire con sus enormes mandíbulas.

El melocotón desapareció de un solo bocado. Skelaroth ladeó la cabeza.

—Están deliciosos —les dijo a ambos.

—Meg ha dicho que podemos recoger de cualquier parte del pueblo lo que queramos llevarnos. Quedan pocas personas y hay una gran cantidad de frutas y verduras madurando. Ahora mismo tienen excedentes y están encantados de compartirlos.

— Trae más melocotones —dijo Skelaroth con un leve matiz de entusiasmo en la voz.