9 #3
—Soy Jalina, sanadora oficial del Templo de Nuestra Señora de la Luz.
Esta aldea, Waymeet, forma parte de mi circuito.
Llegué justo antes del ataque y corrí a esconderme en el bosque mientras aquellos hombres mataban a todo ser vivo.
No soy una guerrera —explicó—. Se llevaron a Horatio, mi caballo.
Lo cargaron de provisiones y se lo llevaron con ellos, los muy bastardos.
—¿Mataron a todos los demás caballos de la aldea? —preguntó Liam.
—Mataron a sus propios jamelgos, aunque las pobres bestias ya parecían reventadas de tanto hacerlas correr —respondió la sanadora—.
Después, saquearon el ganado y mataron cualquier animal lo bastante rápido como para alcanzar a los caballos que robaron a los aldeanos.
Mi pobre Horatio es joven, está lleno de vida y energía.
Supongo que eso fue también lo que lo salvó de la muerte.
Los pocos vecinos sanos que quedaban me ayudaron a arrastrar el carro hasta aquí para que pudiera acceder a mis suministros con más facilidad.
Todos me ayudan a alimentar y cuidar a los heridos.
—Son noticias muy graves, señora Jalina.
Seguimos el rastro de una banda de piratas.
Comenzamos nuestro viaje en Tiploir y seguiremos adelante hasta haberlos llevado ante la justicia por todos sus crímenes —le prometió Rivka a la sanadora—.
Tenemos autoridad de la Corona y, cuando encontremos a alguien capaz de llevar un mensaje a la Guarida más cercana, estoy segura de que enviarán ayuda.
—Los aldeanos enviaron a pie a un muchacho larguirucho de unos catorce años poco después de que se asentara el polvo. Va campo a través hasta el pueblo más cercano, que queda hacia el oeste. Esperan que tarde uno o dos días en llegar —les explicó Jalina.
Ella, cuya ausencia había resultado llamativa desde que entraron en el pueblo, alzó de repente el vuelo y aterrizó sobre el hombro de Liam. Jalina abrió mucho los ojos.
—Tiene una virkin como compañera —dijo maravillada, claramente fascinada por la criatura, que se acicalaba bajo su escrutinio.
—¿Sabe algo de ellos? —preguntó Rivka, enarcando una ceja.
—He oído historias acerca de sus facultades curativas.
La respuesta de Jalina los sorprendió.
Liam frunció el ceño.
—Ella es muy joven. Acaba de empezar a hablar y nunca la he visto curar nada.
No quería que la sanadora albergara ninguna expectativa respecto a Ella. Liam protegería a su pequeña amiga, costara lo que costase.
—También viaja con nosotros un dragón marino amigo nuestro —intervino Rivka en voz baja—.
Lo hemos dejado a las afueras por si no era bien recibido.
Dígame —prosiguió, anticipándose a cualquier pregunta que pudiera tener la sanadora—, ¿hicieron los bandidos algo a los caballos antes de matarlos?
¿Usaron algún veneno o magia que pudiera hacer peligrosa su carne?
—No, que yo viera. Se limitaron a acuchillarlos con sus espadas curvas.
La sanadora se estremeció al relatarlo.
—Alfanges —murmuró Liam—. Me gustaría hablar con cualquiera de los supervivientes de los que pueda prescindir. Necesitamos saber todo lo posible sobre los hombres que atacaron esta aldea —continuó, dirigiéndose a la sanadora en un tono que esperaba conseguiría su cooperación.
Jalina asintió despacio.
—Puede hacerse, pero, como verán, no quedan muchos sin heridas. Aun así, casi todos los que están postrados podrán hablar con ustedes, si eso los ayuda a atrapar a los asaltantes.
—Entonces debemos hablar con ellos —dijo Liam—. Primero avisaré a nuestro amigo dragón de que puede entrar en el pueblo. Quizá ayude a deshacerse de algunos cadáveres. Hace tiempo que no come bien.
Jalina pareció aliviada.
—Eso está bien. Me preguntaba cómo íbamos a ocuparnos de tantos.
Ya han empezado a atraer carroñeros. Si su amigo dragón pudiera retirar los que están más cerca de la aldea, sería de gran ayuda.
El aprendiz del carnicero ya ha conservado todo lo que podía manejar.
Tiene un pequeño ahumadero en funcionamiento, pero es demasiado.
Lo que queda en los campos y las calles de las afueras se echará a perder enseguida.
Rivka asintió con gravedad.
—Nuestro gran amigo sin duda puede ayudar con eso. Se lo preguntaré ahora mismo.
Mientras Rivka contactaba mentalmente con Skelaroth, Liam entró en la posada con Jalina.
Ella abandonó su hombro revoloteando y se posó en el borde de un tosco camastro donde yacía un niño pequeño con un evidente tajo en un lado de la cara.
A Liam le dolía con solo mirar el corte supurante, y solo podía imaginar las heridas ocultas bajo la sencilla manta de tejido casero que prácticamente se tragaba al pequeño.
Temblaba de fiebre y sus mejillas estaban de un rojo intenso en un rostro que, por lo demás, resultaba demasiado pálido.
Probablemente había perdido mucha sangre antes de que apareciera la fiebre.
Ella caminó con delicadeza hasta la cabecera del camastro, extendió una de sus diminutas alas sobre la cabeza del niño, apoyó la mejilla contra la suya y cerró los ojos.
Jalina se acercó a Liam mientras él evaluaba la sala.
Había al menos veinte personas en camastros o tendidas sobre mesas repartidas por la estancia.
Otras permanecían sentadas a su lado o iban de un lado a otro, ocupándose de que estuvieran cómodas. Había más heridos que personas sanas.
—La mayoría de los aldeanos murieron en el acto o sufrieron heridas graves. Casi solo se libraron los ancianos y los niños —murmuró Jalina para que únicamente Liam pudiera oírla.
—Una táctica rastrera —respondió él, oyendo la ira en su propia voz pese a intentar contenerla—. Justo lo que cabría esperar de él.
—¿Conoce a los villanos que vinieron aquí? —preguntó Jalina, arqueando las cejas con sorpresa.
—Llevo mucho tiempo persiguiendo a su jefe. Por eso necesito saber más sobre el grupo que pasó por aquí. Tengo que encontrar a su cabecilla. Si cortas la cabeza de la serpiente, el resto se marchita y muere.
Jalina asintió con la mandíbula apretada.
—Exacto.
Señaló la sala con la cabeza.
—Estoy segura de que le ofrecerán toda la ayuda que puedan. Y yo también.
Liam avanzó hasta quedar a la vista, y los aldeanos repararon en su presencia. Quienes tenían fuerzas suficientes parecieron asustarse al principio, pero la presencia de Jalina a su lado los tranquilizó.
—¿Mamá?
Una vocecilla procedente del lecho pegado a la pared hizo que Jalina y Liam se volvieran de golpe. Era el niño, y tenía los ojos abiertos. Había dejado de temblar y, a juicio de Liam, parecía que le había bajado la fiebre.
—¿Cómo te encuentras, pequeño? —preguntó Jalina mientras se acercaba a él y le apoyaba una mano en la frente.
La madre del niño no estaba allí, pero la sanadora le proporcionó todo el cariño y consuelo que pudo. Ella había saltado al respaldo de una silla próxima al camastro del pequeño.
Liam miró al niño y su extraordinaria recuperación, y después a Ella. Ella le sostuvo la mirada y voló hasta aterrizar sobre su hombro.
—¿Has curado al niño, Ella? —murmuró Liam a su amiga virkin.
—Ayudado —confirmó ella, asintiendo con la cabeza mientras apoyaba la mejilla contra la mandíbula de Liam.
—¿Estás bien? —preguntó Liam, algo alarmado además de asombrado.
No sabía que los virkin tuvieran semejantes poderes.
—Bien. Él también.
Señaló con la barbilla al niño, que la miraba con los ojos muy abiertos.
—Magia —concluyó Liam.
No podía ser otra cosa.
—¿Tienes magia, pequeña?
—Claro —respondió Ella—. Soy virkin. Tengo mucha magia.