9
Rivka no podía poner objeciones a la lógica de Liam, aunque habría preferido que no señalara que todos sus esfuerzos podían resultar inútiles. Tenía la sensación de que iban por buen camino, pero Liam tenía razón. A esas alturas, no podían estar completamente seguros.
—Los mensajeros ya deberían haber encontrado a alguien —les dijo Rivka a todos—.
Pronto habrá más dragones y rastreadores en los otros caminos.
Esta sigue siendo la ruta más probable, así que seguramente seguimos el rastro correcto.
No podemos rendirnos ni dejarnos vencer por la desesperanza. Tenemos que continuar.
Liam pareció desconcertado por sus palabras, aunque se expresó con cautela.
—No pretendía insinuar que debiéramos hacerlo, milady —le dijo—.
Solo he aprendido a ser prudente a la hora de hacerme ilusiones en lo que respecta a la persecución de Fisk.
Es más escurridizo que un pez y el doble de astuto que un zorro.
Lleva demasiado tiempo consiguiendo eludirnos a mí y a todos los hombres bajo mi mando como para que dé nada por sentado.
Rivka tuvo que inclinar ligeramente la cabeza en reconocimiento de sus esfuerzos pasados, pero aquel era un nuevo día y un nuevo equipo. Liam nunca había contado con dos dragones que buscaran junto a él.
—Entiendo lo que quiere decir, capitán, pero creo que esta vez no escapará.
—Rezo para que tenga razón, milady. De verdad.
Unos minutos después, volvieron a alzar el vuelo, atentos al camino que se extendía bajo ellos en busca de más señales del paso de los piratas. Desde el aire no se veía nada evidente y se acercaba el mediodía, así que Rivka volvió a dirigirse hacia tierra después de recorrer unas cuantas leguas.
En cuanto sus patas tocaron el suelo, Rivka distinguió las tenues huellas de unos cascos. Varios caballos habían pasado por allí a toda velocidad, en la misma dirección en la que llevaban viajando todo el día. No entendía por qué no lo había visto desde arriba.
Cuando Skelaroth aterrizó junto a ella, se volvió hacia él. —¿Ve las marcas de los cascos? —preguntó, aún bajo su forma de dragón.
—Sí —respondió enseguida el otro dragón—. Aunque antes no las veía —añadió, con desconcierto en la voz.
—Yo tampoco —convino Rivka, mientras notaba un hormigueo en el fondo de la mente. Allí ocurría algo—. Déjeme comprobar una cosa —le dijo a Skelaroth—. Quédese aquí un momento.
Volvió a impulsarse por los aires y batió las alas para ganar altura. Después viró para contemplar el camino donde se encontraba Skelaroth, ahora con Liam a su lado. Aunque podía verlos con claridad a ambos, las huellas de los cascos habían desaparecido, como por…
—¡Magia! —prácticamente escupió la palabra hacia quienes estaban en el camino—. Ocultan su rastro por medios mágicos para que no pueda verse desde arriba.
—No puede ser —objetó Skelaroth—. Tendrían que saber que los persiguen desde el aire para tomar semejantes precauciones.
—Milord, estamos en la tierra de los dragones —le recordó ella con delicadeza—.
Si yo fuera una criminal empeñada en ocultar mi rastro, tendría en cuenta la posibilidad de una persecución aérea.
Los caballeros y dragones de esta tierra conocen bien el arte de rastrear a los malhechores y cuentan con toda la autoridad de su rango para llevar a los villanos ante la justicia. Es su deber jurado.
Dio una vuelta y aterrizó de nuevo, limpiamente, junto al otro dragón. Liam se encontraba a unos metros de distancia, con Ella flotando a su lado. Parecía estar examinando las huellas de los cascos con todo detalle.
—Subiré a comprobar lo que ha descubierto —dijo Skelaroth en voz baja antes de despegar en dirección opuesta al lugar donde se encontraba Liam.
Rivka los observó a ambos un instante antes de decidir adoptar su forma humana para ver si lograba discernir algo más en las marcas del camino. Se acercó caminando sobre dos piernas hasta Liam e intentó averiguar si podían sacar alguna otra conclusión.
Casi de inmediato, reparó en los distintos tamaños y dibujos de los cascos. Al menos uno de los caballos necesitaba herraduras nuevas, y los demás parecían haber sido herrados por maestros completamente distintos, cada uno con su propio estilo.
—Cuento cinco dibujos de cascos diferentes —dijo mientras se agachaba para observar más de cerca el camino de tierra.
—A mí también me salen cinco —coincidió Liam.
—Por la profundidad de las huellas, diría que todos soportaban una carga equivalente al peso de un hombre —le dijo, procurando ser tan cauta al extraer conclusiones como lo había sido él antes.
—Así que serían cuatro hombres y un caballo de carga muy cargado, o al menos cinco hombres a caballo —dijo él, casi distraídamente, mientras avanzaba para examinar otro tramo del camino—.
En cualquier caso, no menos de cinco —añadió un momento después—.
Podría haber más que no alcanzamos a distinguir en este revoltijo.
Dio unas cuantas zancadas más y se detuvo.
—El terreno se endurece a partir de aquí. Este tramo de tierra está blando y conserva mejor las huellas que el que veo más adelante.
—Y desde arriba no podemos verlas en absoluto —añadió ella con enfado.
—Deberíamos detenernos aquí, comer algo y después continuar con cautela, parándonos cada pocos minutos para revisar el camino, hasta encontrar un pueblo, una granja o algo parecido.
Algún sitio donde conseguir caballos. Creo que lo más sensato sería continuar por tierra desde aquí, puesto que no podríamos ver estas huellas desde arriba.
A Rivka le fastidiaba darle la razón, pero no le quedaba más remedio. En aquel caso, volar no era la mejor solución.
—No podremos alcanzarlos con tanta rapidez —le dijo—. Quizá no lo consigamos en absoluto si ellos pueden conseguir caballos descansados.
—Lo sé, pero, si nos acercamos lo suficiente, podremos dejar los caballos en alguna parte y atacar desde el aire —respondió él.
—Si conseguimos verlos desde el aire —le recordó—. No estoy segura de cómo funciona esta magia. No sé si solo oculta su rastro o si de verdad puede hacer que él y sus hombres resulten invisibles desde arriba.
—Creo que, si al menos conseguimos localizarlos desde aquí abajo, podremos recordar el lugar y volar hasta allí. Una vez en tierra, deberíamos volver a verlos, ¿no? Aunque no podamos distinguirlos desde arriba.
—No estoy segura —admitió ella, mordiéndose el labio—. Pero sé que ahora mismo no podemos seguir el rastro desde ahí arriba.
Señaló a Skelaroth, que volaba en círculos cada vez más bajos, estirando el cuello hacia uno y otro lado mientras inspeccionaba el terreno.
—De acuerdo, entonces.
Liam regresó hacia el lugar donde Skelaroth se disponía a aterrizar.
—Primero comeremos y después buscaremos un sitio donde conseguir provisiones y caballos. Casi no nos queda comida, así que de todas formas habríamos tenido que detenernos en algún lugar hoy.
Rivka no podía discutir eso. Siguió a Liam hasta un tronco caído que les servía de asiento mientras comían.
Junto al camino corría un arroyo, así que todos pudieron beber el agua fresca y cristalina que descendía burbujeando de las montañas.
Skelaroth parecía alicaído, pero consiguió pescar unos cuantos peces para su comida del mediodía, y Ella pescó junto a él y atrapó uno pequeño para ella.
Los humanos tuvieron que conformarse con pan duro y lo último que quedaba de queso, pero a Rivka no le importó.
Casi había perdido el apetito ante la idea de que su parte de dragón fuera de poca utilidad en aquella cacería.
Siempre había dependido tanto de sus instintos dracónicos que, si debía permanecer humana durante el resto de la persecución, era como verse obligada a trabajar con una mano atada a la espalda.
No es que se sintiera incómoda bajo su apariencia humana, pero, cuando iba de caza, su forma de dragón solía ser la más útil.
Ahora no. Fisk había hecho algo que volvía superfluas sus habilidades únicas.
Había neutralizado de forma efectiva a su dragón, y eso la enfurecía.
Estaba enfadada y un tanto perdida. Nunca se había sentido tan impotente.
Unas horas después, tras detenerse meticulosamente cada cierto tiempo para examinar el camino, Rivka divisó un pequeño pueblo a lo lejos.
Allí podrían reabastecerse y quizá averiguar algo sobre los viajeros que habían pasado antes que ellos.
Porque, si sus instintos no la engañaban, el grupo de piratas ya no estaba demasiado lejos.
Su presa les sacaba quizá medio día de ventaja, una distancia que podían recuperar sin demasiado esfuerzo incluso por tierra.
Hizo una señal a lord Skelaroth y se dirigió hacia un claro del bosque situado a las afueras del pueblo, donde podría cambiar de forma y los humanos entrarían a pie. Decidirían si Skelaroth debía revelar su presencia en función de cómo los recibieran los habitantes.
—He visto el pueblo —dijo Liam mientras desmontaba del lomo de Skelaroth.
Rivka comprendió con sobresalto que las dotes de vigilancia aérea del capitán de navío mejoraban al mismo ritmo que las del dragón marino. Era algo que no se le había ocurrido considerar. Skelaroth y Liam actuaban cada vez más como un equipo, igual que un dragón y su caballero.
Liam revisaba su equipo mientras se acercaba a ella. Rivka adoptó su forma humana e hizo lo mismo. No sabían con qué se encontrarían. Lo mejor era estar preparados para cualquier contingencia. Lo examinó y pensó que parecía un guerrero bastante próspero. ¿Quizá un mercenario?
Vestía cuero oscuro, con franjas de cuero más duro, propio de una armadura, en lugares estratégicos, además de finas placas de metal cosidas a la prenda sobre el pecho y la espalda.
Incluso tenía pequeñas secciones de cota de malla a lo largo de los brazos, especialmente en las articulaciones.
Era una prenda singular, como ninguna que hubiera visto en Draconia, aunque sabía que cosas así eran habituales en otras partes del mundo.