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Él pareció sentir lo mismo, pues una mano se posó en la cintura de Rivka y se deslizó lentamente alrededor de ella para atraerla.
Rivka se dejó llevar de buen grado, moviendo los pies hasta situarlos junto a los de él y entre ellos mientras acercaba el cuerpo a su increíble calidez.
Liam inclinó la cabeza y rozó la mejilla de Rivka con la suya.
Ella sintió el suave roce de su barba contra la piel, que le provocó un pequeño estremecimiento de excitación que descendió por toda su columna hasta llegar a los dedos de los pies.
Sus mejillas se deslizaron suavemente una contra otra hasta que la boca de Liam quedó suspendida sobre la suya.
Y entonces... Sus labios rozaron los de Rivka con la caricia más delicada que jamás había recibido de un hombre.
Tentativa, pero imperiosa. Vacilante, pero ansiosa.
Su boca cubrió la de ella y permaneció allí durante un latido antes de ejercer más presión.
Rivka abrió los labios sin el menor asomo de protesta y entonces la lengua de Liam penetró en su boca, posesiva, avivando su pasión y exigiendo una respuesta.
Ella se la dio sin reservas. Con entusiasmo.
Frotó el cuerpo contra el suyo y acogió su calor en el alma, deleitándose con unas sensaciones que solo había experimentado con él.
Pequeñas alarmas saltaron en su mente, pero Rivka no les prestó atención. Tal vez el corazón de Liam fuera inaccesible, pero su cuerpo parecía saber muy bien lo que quería. Sintió su dura longitud contra el vientre y, de pronto... Él había desaparecido.
Mareada, abrió los ojos y lo encontró a casi un metro de distancia, con el ceño fruncido y maldiciendo entre dientes.
No era precisamente la reacción que había esperado.
De no ser por el hormigueo de sus labios —y de otros lugares más íntimos—, casi podría haber creído que aquel beso nunca había ocurrido.
Pero sabía que sí. Y comprendió, con cierto horror, que Liam se maldecía por haber perdido el control.
Se arrepentía del beso, era evidente, pero Rivka jamás compartiría ese sentimiento.
Se alegraba de que la hubiera besado. Se alegraba de aquel instante de locura en el que se había sentido una mujer deseable y no la robusta y fiable Rivka, la escupidora de fuego de quien todos parecían pensar que no necesitaba la ternura de un hombre.
Consciente de que el momento se había roto —quizá para siempre—, Rivka entró en la tienda sin decir una palabra más. Guardaría para siempre el recuerdo de aquel beso. Lo único que lamentaba era que probablemente nunca se repetiría.
Liam seguía maldiciéndose a la mañana siguiente mientras levantaban el campamento, aunque lo hacía en silencio.
La relación entre lady Rivka y él estaba muy tensa, pero trabajaron juntos para borrar las huellas de su acampada y dejarlo todo en orden.
Hablaron poco, solo cuando fue necesario y únicamente de asuntos generales.
La ruta que seguirían. Las pausas que harían.
La frecuencia con la que ella quería aterrizar para examinar el terreno.
Podía ocuparse de esas cosas. La misión debía ser lo más importante. Lo que le costaba afrontar eran los asuntos personales.
Nunca debería haberla besado. No sabía qué se había apoderado de él la noche anterior. La oscuridad. La intimidad. La comodidad que sentía cuando estaba con ella. Todo se había combinado para impulsarlo a actuar de una manera que ni siquiera debería haberse planteado.
No habían hablado de ello, y no estaba seguro de tener el valor para hacerlo.
Si a lo largo del día se presentaba la ocasión, tendría que disculparse por su descortesía, pero, bajo la fría luz de la mañana, aún se sentía demasiado alterado para comportarse con sensatez.
Sería mejor esperar a que se le calmara el ánimo para no empeorar las cosas.
Skelaroth permanecía callado, pero parecía observar tanto a Liam como a Rivka con suspicacia en sus ojos semejantes a joyas.
Liam no invitó al lagarto gigante a entablar conversación.
No quería hablar de lo que había sucedido entre Rivka y él la noche anterior, y lo dejó muy claro con su lenguaje corporal.
Ella también lo observaba, pero, al fin y al cabo, había visto lo ocurrido la noche anterior.
Quizá no comprendiera todos los matices de la interacción entre hombres y mujeres, pero probablemente percibía lo suficiente para darse cuenta de que existía tensión entre los dos humanos del grupo.
Con buen criterio, Ella optó por guardar silencio aquella mañana y se limitó a acurrucarse en el hombro de Liam mientras él realizaba sus tareas, como si quisiera consolarlo.
Cuando llegó la hora de volar, entró encantada en la pequeña bolsa-nido que él le había preparado. Liam había dejado abierta la solapa para que pudiera asomar la cabeza mientras volaban. Ella se metería dentro cuando se cansara y entonces él bajaría la solapa para protegerla del viento.
Alzaron el vuelo sin ceremonias y avanzaron hacia el norte siguiendo la carretera.
Aquel día respetarían todos y cada uno de sus recodos para reducir las probabilidades de pasar por alto un posible desvío de Fisk hacia otro camino.
En el mejor de los casos, divisarían desde arriba a Fisk y a su grupo y podrían intervenir, atrapándolo en la carretera, a campo abierto.
Liam se regodeaba ante la idea de entablar un combate abierto contra Fisk y sus hombres. Quería matar a aquel bastardo con sus propias manos y llevaba muchos años deseándolo.
Rivka decidía dónde y con qué frecuencia aterrizaban.
Hicieron tres paradas breves por la mañana.
Liam desmontó en cada ocasión y puso en práctica sus oxidadas habilidades para rastrear en tierra, mientras Rivka hablaba con Skelaroth y explicaba al dragón más grande qué buscaba.
Liam se alegraba de dejarlos a lo suyo. Skelaroth era un tanto viejo —y poderoso— para recibir lecciones, y Liam no sabía si al dragón marino le molestaba o no necesitar instrucción en habilidades terrestres. Le pareció más prudente no averiguarlo.
Fue durante la cuarta parada del día cuando la decisión de Liam de alejarse de la carretera para buscar por su cuenta dio sus frutos.
Ella bajó en picado desde su hombro hasta el suelo, a unos cinco pies de distancia.
Al principio, Liam no le dio importancia, pero aguzó los sentidos al oír el característico tintineo de sus garras contra el metal.
—¿Qué tienes ahí, preciosa? —preguntó mientras se acercaba a la virkin y a lo que fuera que había encontrado entre la hierba.
— Moneda —respondió ella dentro de su mente, alzando con una garra el pequeño fragmento redondo de metal para mostrárselo.