El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 7 #2
28%

7 #2

—¿Has dormido, señorita Ella? —le preguntó Rivka directamente a la virkin.

— Mientras vigilo, no —respondió ella de inmediato—. Dormí en bolsa durante camino.

Ella señaló con una de sus garras delanteras la bolsa de cuero que Liam llevaba colgada del hombro.

Liam se aclaró la garganta.

—Le he preparado un pequeño nido para que vaya calentita y lo más cómoda posible durante el viaje —explicó mientras abría la solapa de la bolsa y le mostraba a Rivka el interior acolchado.

A ella la impresionó el cuidado que había dedicado a su pequeña compañera.

—Tiene buena pinta —le dijo antes de volver a mirar a Ella—. ¿Te gusta?

Ella asintió con vehemencia.

— Acogedora.

Liam pareció divertido.

—Me alegro de que te guste, Ella.

La virkin alzó la cabeza y frotó su pequeña mejilla contra la de él.

Era una clara muestra de afecto, si es que Rivka había visto alguna.

Aquella virkin estaba medio enamorada de Liam y probablemente lo seguiría adondequiera que fuese.

Ella se había encariñado con él por algún motivo, y Rivka no podía culparla.

Tenía que admitir que era un hombre fascinante.

Apuesto, fuerte, honorable… y embarcado en una misión para vengar a su amor perdido.

Rivka tenía que recordárselo constantemente, no fuera a acabar siguiéndolo a todas partes como la pobre Ella, prendada de él.

— No he dormido esta noche, pero propongo que volemos todo lo lejos que podamos durante unas horas y acampemos a media mañana para dormir un poco más y revisar nuestra estrategia —les dijo Skelaroth—.

Podemos volver a volar por la tarde y al principio de la noche, antes de que oscurezca demasiado para ver lo que hay debajo, y acampar después hasta el amanecer.

Así todos recuperaremos un buen ritmo de descanso.

Todos estuvieron de acuerdo en que era un buen plan, y Rivka ayudó a Liam y a Skelaroth a determinar cuál era la mejor posición para un jinete y cómo debía este subirse al lomo del dragón marino.

Ella entró en su pequeña bolsa-nido en cuanto Liam estuvo acomodado sobre el dragón, aunque dejó la cabeza asomada por arriba para poder ver.

La virkin parecía entusiasmada ante la perspectiva de volar con Skelaroth, mientras que su humano se mostraba a la vez escéptico y nervioso.

Rivka adoptó su forma de dragón para poder hacer algo por Liam si se caía.

Ella siempre podría salir de la bolsa de cuero —rasgándola con sus afiladas garras si era necesario— y salvarse.

Podía volar, aunque no tan deprisa como un dragón, por supuesto.

Pero, si Liam caía, solo Rivka se interpondría entre él y un aterrizaje brutal.

Habló directamente con Skelaroth y lo guio durante el despegue. Saltó al aire justo detrás de él y se mantuvo por debajo, por si acaso.

— ¿Cómo te va ahí arriba? —preguntó a Liam después de observar durante unos minutos el vuelo estable de Skelaroth.

Este parecía estar cogiéndole el tranquillo con bastante rapidez, lo cual era bueno para sus pasajeros. Rivka salió de debajo del dragón más grande y planeó a su lado para observar cómo iba sentado Liam sobre su lomo.

Liam asintió y gritó por encima del rugido del viento:

—¡Muy bien!

Rivka vio que había encontrado el punto idóneo donde el cuello se unía a la columna vertebral.

Allí había una depresión natural que hacía las veces de asiento para los jinetes de dragones, algo que todos los caballeros conocían.

Skelaroth también tenía unas crestas córneas convenientemente situadas a las que Liam podía agarrarse para mantener el equilibrio sin estorbar el vuelo del dragón ni causarle dolor.

— Tienes un talento innato para montar —dijo Rivka, maravillada—. Creo que se te dará bastante bien. Estaré justo debajo por si surge algún problema.

Se desvió y descendió un poco para recuperar su posición bajo Skelaroth, solo por seguridad.

Al fin y al cabo, aquello era nuevo para ambos.

Rivka había reparado en la cabecita de Ella asomada por la bolsa sobre el pecho de Liam.

Parecía estar disfrutando de veras su primera experiencia a lomos de un dragón.

Si los virkin podían sonreír —y la expresiva boca de Ella se acercaba mucho a hacerlo a veces—, entonces Ella lucía una sonrisa de oreja a oreja.

Rivka rio para sus adentros mientras volaban, pero pronto asumió el papel de maestra y explicó a Skelaroth cómo distinguir lo que contemplaban desde arriba.

Le señaló diversos accidentes del terreno y, cuando se cruzaron con personas —en su mayoría campesinos que trabajaban en sus campos o conducían carros y otros aperos tirados por caballos, mulas, bueyes o burros—, lo ayudó a identificar lo que veían.

Aprendía con rapidez y, aunque nunca había visto algunas de las criaturas terrestres, fue capaz de reconocerlas correctamente la siguiente vez que se toparon con ellas.

Rivka descubrió, a medida que avanzaba la mañana, que su vista era tal vez algo mejor que la de ella y, cuando llegó el momento de buscar un lugar donde acampar, fue Skelaroth quien señaló la mejor ubicación.

Aterrizaron en el camino, pero enseguida se apartaron hacia una pequeña arboleda situada en una leve hondonada, justo antes de que se alzara un escarpado risco.

Los bípedos podrían resguardarse bajo los árboles, mientras que Skelaroth podría tumbarse entre la hierba alta que había entre estos y el camino.

Gracias a la pequeña depresión del terreno y a su coloración natural, apenas sería visible, incluso aunque estuviera despierto y observase la calzada entre la hierba.

Se puso cómodo en cuanto pudo y se quedó dormido casi sin mediar palabra.

Eso dejó a Rivka, Liam y Ella la tarea de acomodarse también.

Cualquier plan que tuvieran que hacer podría esperar hasta que despertasen, cuando tuviesen la cabeza más despejada.

Rivka agradeció la oportunidad de descansar un poco más.

El día y la noche anteriores habían sido largos.

Necesitaba reponerse de todo lo que habían hecho durante las últimas veinticuatro horas.

Le sorprendió descubrir que Liam había metido una pequeña tienda en el equipaje.

Al examinarla con más atención, comprendió que estaba confeccionada con seda de tejido tupido.

Aquel material detenía el viento, impedía el paso de los insectos —hasta los más diminutos— y podía plegarse hasta formar un bulto muy pequeño, razón por la cual probablemente no había reparado en que la llevaba.

—¿Qué es esto? —preguntó, acercándose a él después de adoptar su forma humana.

—Algo que conseguí en Elderland —respondió Liam mientras se levantaba después de clavar la última piqueta—. Pensé que quizá quisieras usarla durante el viaje, cuando tuviéramos tiempo y espacio para montar un campamento.

—¿Yo? —preguntó ella, desconcertada.

¿Había llevado la tienda para ella?

—¿Y tú?

—Yo estoy bien al aire libre —le aseguró—. Aunque estoy acostumbrado al balanceo de la cubierta de un barco, puedo dormir casi en cualquier parte. La tienda también es impermeable, así que, si llueve, podríamos utilizarla como lona para mantenernos secos.

Era de un gris oscuro que no resultaría fácil de distinguir en la oscuridad ni bajo la sombra de los árboles, oculta entre la hierba alta.

Por experiencia propia, Rivka sabía que la seda de aquella calidad tenía muchas propiedades excelentes y, sinceramente, estaba deseando entrar en la tienda para ver cómo era por dentro.

Que él hubiera pensado en montarla para ella y, ante todo, en llevarla consigo le provocaba una extraña sensación.

Una especie de ternura… en su interior. Se sentía conmovida. Profundamente.

Muy pocos hombres habían tenido jamás tan en cuenta su comodidad.

Entre los Jinn, tenía fama de escupir fuego, tanto en sentido figurado como literal.

Se había curtido y había perfeccionado sus habilidades a lo largo de los años, y pocas personas, ni siquiera dentro de su propio clan, pensaban siquiera en mimarla.

Años atrás se habría burlado de ellos, pero ahora, a medida que envejecía, había aprendido a valorar las pequeñas comodidades de la vida.

Una seda tan suntuosa como la de la tienda era una de ellas.

—Yo…

Se acercó y tendió una mano para tocar el suave tejido; después se recompuso y se volvió hacia Liam.

—Gracias, capitán. Ha sido muy considerado por tu parte.

Él restó importancia a sus palabras con un encogimiento de hombros y se volvió hacia su macuto.

—Tengo algo de comida si tienes hambre.

Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Primero dormir y después comer —le dijo con dulzura, incapaz de contener un bostezo—. Gracias de nuevo.

No dijo nada más mientras se arrodillaba para entrar en la baja tienda.

Por dentro era tan lujosa como había esperado.

Había un tejido suave y flexible debajo de ella y a su alrededor, unos palmos por encima de su cuerpo tumbado.

Era una tienda baja, más larga que ancha.

Perfecta para resguardarse y difícil de ver desde fuera.

Una vez cerrada la solapa, que se doblaba sobre sí misma y se ataba, supo que pocos insectos serían capaces de colarse por el ojo de aquella aguja para entrar en su mundo de penumbra, dentro del oscuro tejido.

Y era fresca. Aunque la seda estaba teñida de gris oscuro y tejida con gran densidad, permitía que el aire circulase.

La tela… respiraba , a falta de una palabra mejor.

Un tejido así sería fresco durante las horas calurosas del día y retendría el calor en el frío de la noche.

Liam debía de haber pagado bastante por una tienda de aquella calidad.

Se alegraba de que se hubiera acordado de incluirla en su equipaje, y su amabilidad al hacerlo despertaba en su interior un ligero aleteo.