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Ella, sin embargo, pareció saber exactamente qué hacer y cogió el rollo con las garras delanteras.
Se impulsó con las patas traseras y alzó el vuelo; permaneció suspendida un instante antes de salir por la ventana abierta situada sobre la puerta de la taberna.
Casi todos los presentes se detuvieron para verla marchar.
Varias miradas especulativas se dirigieron hacia Liam, pero, al cabo de un momento, todos reanudaron sus planes.
—Es sabido que los virkin de Elderland solo se vinculan con personas especiales —dijo en voz baja el hombre que había traído la tinta mientras recuperaba el tintero y volvía a guardarlo detrás de la barra—. Los Jinn consideramos una prueba de su integridad, capitán, que uno lo haya elegido.
Liam no supo qué responder. Se limitó a asentir y volvió a dar las gracias al hombre por acceder a encargarse de hacer llegar el mensaje sobre su misión.
No sabía que los virkin fueran tan selectivos.
Tampoco sabía que Ella comprendiera tantas cosas.
Supuso que probablemente le aguardaban muchas más sorpresas si seguía relacionándose con seductoras Jinn, pero no podía evitarlo. Al menos, no en aquel momento.
Ella regresó antes de lo que Liam esperaba, y justo a tiempo.
Estaban casi listos para partir. Rivka quería salir volando de la ciudad al amparo de la oscuridad para que los hombres de Fisk que permanecían cerca no advirtieran fácilmente su presencia.
Skelaroth llegaría desde el mar y se reuniría con ellos en un lugar que habían elegido.
Más allá de la ciudad había una colina alta por la que ascendía el camino escogido, tan evidente desde el aire que ni siquiera un dragón marino inexperto podría pasarla por alto.
Se encontraría con ellos allí al amanecer y, a partir de ese punto, continuarían juntos.
Liam iría a caballo con una de las mensajeras Jinn hasta el punto de encuentro y después le dejaría el caballo para que se lo llevara.
Todo quedó dispuesto. Liam partió primero, con Ella a salvo en el nido de su alforja.
A ella no le gustaron las sacudidas, pero le dijo a Liam que se había envuelto bien en la suave «mantita» y que, después de eso, no resultaba tan malo.
No era peor que una tormenta en el mar, añadió con voz somnolienta.
Luego guardó silencio y Liam supuso que se había dormido.
Él también deseó poder descansar, pero aquella noche no dormiría.
No hasta reunirse con Skelaroth y Rivka.
Ella tenía que volar al amparo de la oscuridad, lo que significaba que él debía cabalgar deprisa hacia el punto de encuentro para estar allí cuando llegara.
Skelaroth seguiría una ruta más larga desde el mar.
Saldría a tierra más abajo por la costa y avanzaría por terrenos deshabitados, también al amparo de la oscuridad, aunque necesitaría al menos un atisbo de sol para encontrar la cima correcta en la que reunirse con ellos.
Liam planeó llegar a aquella cima lo antes posible, retirar las alforjas de su caballo y dejar que la mensajera Jinn siguiera adelante.
Buscaría un lugar apartado y dormiría cuanto pudiera mientras esperaba la llegada del resto de su grupo.
Ella había prometido vigilarlo, aunque él aún no sabía muy bien qué tal funcionaría.
Supuso que, como mínimo, podría despertarlo si veía acercarse a alguien. Tendría que bastar.
Ella se volvía cada vez más comunicativa desde que había empezado a hablar.
A Liam le gustaba escuchar sus pensamientos, aunque lo sorprendieran.
Sin duda veía el mundo de una manera distinta, que él jamás había previsto.
En cierto modo, le recordaba a Skelaroth.
Veía las cosas desde una perspectiva más propia de un dragón que de un humano, lo cual, supuso Liam, era de esperar.
Ella casi parecía un dragón diminuto, aunque había algunas diferencias, por supuesto.
También se comunicaba del mismo modo que los dragones y pareció mejorar a cada hora.
Aprendía deprisa y era más veloz con sus diminutas alas de lo que él habría imaginado, incluso después de verla cazar a bordo de su barco durante casi un año.
Estaba... evolucionando. O quizá solo crecía como lo hacían los virkin: de golpe, adquiriendo lenguaje y mayor fuerza al mismo tiempo.
Liam y la mensajera Jinn, una mujer menuda llamada Maize, no hablaron cuando hicieron galopar a sus caballos tras dejar atrás las zonas más pobladas de la ciudad.
Los animales eran más rápidos que cualquier otro que Liam hubiera montado.
Como había pasado la vida en el mar, no tenía mucha experiencia a caballo, pero sabía mantenerse en la silla, que por lo visto era lo único que su montura necesitaba de él.
Liam se aferró a la silla como una lapa e hizo cuanto pudo por acompañar los movimientos del animal.
Maize cabalgaba como si hubiera nacido sobre una montura.
Ya no le sorprendió que estuviera dispuesta a servir de mensajera en aquella misión.
Liam no dudó de que tanto ella como los caballos se contenían por su culpa, pero no los retrasaría mucho más.
Ya distinguía el punto de encuentro a poca distancia.
En cuanto ella lo dejara allí, podría avanzar más deprisa.