5 #2
—No es difícil ser amable con una niña —replicó, un tanto molesto ante la posibilidad de que ella hubiese creído que se mostraría brusco o mezquino con la pequeña.
Rivka no dijo nada mientras ambos tomaban asiento. Comieron en silencio durante un rato, hambrientos por sus esfuerzos, al parecer. Liam repasó lo que Min les había contado y cómo encajaba con cuanto él había logrado averiguar. Una vez que lo ordenó todo en su cabeza, habló.
—Mi gente dice que la tripulación de Fisk se ha dividido en muchos grupos pequeños —le contó.
Rivka levantó la vista, sorprendida.
—Eso concuerda con lo que nos ha dicho Min, si aquel grupo era una de las fracciones menores de su tripulación.
—Creo que lo era. Fisk lleva la página hacia el norte, pero está enmarañando su rastro para que no sepamos a quién seguir.
Liam podría haber soltado una maldición, pero se contuvo.
—A menos que todos esos grupos que parten por tierra no sean más que un señuelo y Fisk haya regresado a la costa —dijo Rivka, añadiendo complejidad a una situación ya de por sí complicada.
—Lord Skelaroth debería poder decirnos algo más sobre esa posibilidad —respondió Liam mientras sacaba del bolsillo un rollo de pergamino que había recibido del encargado de su almacén de Tipolir—.
Mi gente ha acotado la búsqueda. Siguieron a tantos grupos de la tripulación de Fisk como pudieron y descartaron muchas de las pistas falsas, pero sencillamente no teníamos agentes suficientes para perseguirlos a todos.
Aun así, esto ayuda mucho. Según mi gente, quedan tres posibilidades firmes respecto a la ruta que pudo tomar Fisk.
Desenrolló el pequeño pergamino y lo depositó en el espacio que Rivka despejó a toda prisa sobre la mesa, entre ambos. Ella se detuvo a examinar con detalle el mapa antes de volver a hablar.
—Puedo conseguir que los jinn nos ayuden con esto —dijo Rivka al cabo de unos instantes, alzando la vista para sostener la de él.
Sus ojos verdes destellaron bajo el suave resplandor de las lámparas que iluminaban la pequeña estancia—.
Pero antes alzaré el vuelo y veré qué puedo descubrir antes de que amanezca.
También deberíamos consultar con Skelaroth antes de elegir una dirección.
Habían acordado reunirse a medianoche en el muelle donde estaba atracado el barco de Liam para consultar al señor de los dragones marinos.
Eso dejaba a Rivka unas horas después de cenar para llevar a cabo su propio reconocimiento aéreo.
No es que desconfiara del instinto de Skelaroth, pero era un dragón marino, poco acostumbrado a volar sobre tierra firme, y quizá no estuviera lo bastante familiarizado con el aspecto del terreno desde el aire para saber con exactitud qué estaba viendo.
Ella quería comprobar por sí misma las posibles rutas.
La experiencia de Skelaroth resultaría útil para examinar la costa.
Si Fisk había vuelto sobre sus pasos y se había hecho de nuevo a la mar para desembarcar en otro lugar, Skelaroth sería su mejor baza para seguir semejante rastro.
Sin embargo, el instinto de Rivka le decía que Fisk no habría abandonado el barco y dispersado a su tripulación a menos que planeara huir por tierra.
Rivka salió de la taberna tras prometer que se reuniría con Liam en su barco.
Tenía cosas que hacer antes de volver a verlo, cosas en las que él no podía ayudarla.
Encontró un callejón oscuro lo bastante amplio para transformarse y dejó que el cambio se apoderara de ella.
Salió del callejón en forma de dragón, con el tabernero jinn como único testigo, y alzó el vuelo.
Volar siempre le había parecido una experiencia increíblemente liberadora.
Le encantaba surcar los aires. Pero, en algún rincón de su mente, era demasiado consciente de que había dejado a Liam en tierra.
Él jamás podría seguirla hasta allí. Nunca podría formar parte del mundo aéreo que tanto amaba.
El pensamiento la entristeció, aunque no sabía muy bien por qué.
Sí, se sentía atraída por el gallardo capitán de navío, pero eso no era motivo para sentirse de aquel modo.
Ninguno de sus antiguos amantes había sido un dragón negro.
Tampoco ellos habrían podido volar con ella, y nunca le había concedido importancia.
Uno o dos cambiaformas dragón lejanamente emparentados con ella la habían cortejado, pero jamás se había sentido lo bastante atraída por ellos para aceptar nada de lo que pudieran ofrecerle.
Era increíblemente raro que dos cambiaformas dragón se emparejaran, incluso para una relación pasajera.
Para empezar, todos estaban emparentados en mayor o menor medida.
Sí, con el transcurso de los siglos, los linajes se habían alejado unos de otros, pero, en última instancia, todos podían remontar su ascendencia hasta uno de los descendientes de Dranneth el Sabio.
Los dragones negros eran escasos y, la mayoría de las veces, se apareaban con humanos.
Sin embargo, la herencia era poderosa y la mayor parte de sus hijos resultaban ser cambiaformas.
Por eso el número de dragones negros del Clan había aumentado sin cesar —despacio, desde luego, pero aumentaba— durante los largos años en que los jinn habían vivido en un exilio autoimpuesto lejos de la que siempre debería haber sido su patria: Draconia.
Por tanto, no era extraño que Rivka se sintiera atraída por un humano.
Lo extraño era hasta qué punto la atraía Liam O’Dare.
La fuerza que la impulsaba hacia él era intensa.
Muy intensa. Y nunca había pensado en compartir el cielo con ninguno de sus amantes.
Aquello era diferente y la hacía preguntarse cuán profundamente se estaba enamorando de un hombre que seguía amando a su esposa muerta.
El recuerdo de Olivia O’Dare, dechado de feminidad y fantasma que parecía incapaz de encontrar descanso, resultaba francamente deprimente.
Rivka lo sabía todo sobre la obsesión de Liam por vengar el asesinato de su esposa.
La investigación que había realizado acerca del capitán antes siquiera de abordarlo le había contado cuanto necesitaba saber sobre su inquebrantable devoción por aquella dama menuda que había encarnado todo lo femenino y elegante.
Tan distinta de la propia Rivka. Sabía que jamás podría competir con una mujer así.
Olivia probablemente nunca había conocido las penurias ni el conflicto durante su vida protegida.
Al menos hasta el final, pensó Rivka con amargura.
¿Cuán duro habría sido para una dama tan mimada verse atacada por escoria pirata como Fisk?
La pobre Olivia debía de haberse sentido horrorizada.
Rivka experimentaba una profunda compasión por aquella mujer a la que nunca había conocido.
Al mismo tiempo, le sorprendió un poco comprender que sentía celos de la devoción que Olivia había inspirado.
Rivka empezaba a comprender que el amor de un hombre como Liam O’Dare era algo valioso y verdadero.
Era un hombre honorable e íntegro, y su amor era auténtico.
Perduraba incluso más allá de la muerte.
Sí, envidiaba el vínculo que él había compartido con la hermosa Olivia, y desesperaba de poder inspirar algún día semejante devoción imperecedera en ningún hombre. Mucho menos en el apuesto capitán.
No podía competir con un fantasma. Y menos aún con uno tan distinto de ella que la mera comparación resultaba ridícula.
Olivia había sido delicada. Bonita y perfecta.
Diestra en las artes propias de una dama.
Rivka era una guerrera. Solo cosía para reparar su armadura o remendar algún agujero.
No habría sabido distinguir un extremo de una aguja de bordar del otro, aunque siempre llevaba en la manga un formidable juego de cuchillos arrojadizos. Olivia se habría escandalizado.
Pese a todo, Rivka sentía una extraña afinidad con aquella mujer a la que nunca había conocido.
Olivia había muerto demasiado joven, pero había gozado del amor inquebrantable de un hombre al que la propia Rivka admiraba.
Había sido afortunada tanto en su matrimonio como en el hombre que mantenía vivo su recuerdo y lo anteponía siempre a cualquier otra cosa.
Rivka casi podía sentir celos de la manera en que él se aferraba al recuerdo de su esposa, pero, de algún modo, le partía el corazón saber que la había amado con tanta profundidad y que la había perdido de una forma tan brutal.
Era una tragedia se mirase por donde se mirase.
Rivka apartó todo aquello de su mente al acercarse a la primera de las tres rutas que partían de la ciudad y que habían identificado los agentes de Liam.
Era hora de trabajar. Se habían acabado las especulaciones necias sobre lo que había sido y lo que probablemente nunca sería.
El corazón de Liam pertenecía para siempre a una mujer que ya estaba fuera de su alcance.
Rivka jamás podría competir con eso y, de todas formas, no le reprochaba sus recuerdos.
Era evidente que el capitán seguía destrozado.
Su duelo era profundo, y había convertido aquel dolor en rabia y en una vendetta prolongada durante años que —por duro que resultara siquiera pensarlo— era útil para la propia misión de Rivka.
A veces podía ser una zorra mercenaria, pero así eran las cosas.
Alcanzaría su objetivo. Cumpliría su misión.
Y haría cuanto fuese necesario para conseguirlo, sin importar los sentimientos de quien pudiera interponerse.
Ese era el camino del guerrero. El camino que había elegido de joven.
Aunque, dada su naturaleza dual, en realidad nunca había tenido demasiadas opciones.
Poseía el corazón de un dragón, y los dragones habían sido creados para la guerra.