5
Liam vio a Rivka en cuanto entró en la taberna.
El corazón le dio un vuelco inesperado, lo que le hizo fruncir el ceño.
¿Por qué reaccionaba con tanta intensidad ante una mujer a la que acababa de conocer?
Una mujer guerrera , tan distinta de aquella frágil flor de feminidad que había sido dueña de su corazón durante tantísimos años.
No tenía sentido. Rivka no era la clase de mujer que solía atraerlo.
No necesitaba que la protegieran ni que la mimaran en modo alguno.
Era una luchadora —un dragón de verdad, por el amor de los dioses— capaz de cuidar perfectamente de sí misma.
Y, sin embargo, era innegable que se sentía atraído por ella.
La repentina tirantez de sus calzones era prueba suficiente.
Quizá solo fuera eso. Atracción física por una mujer deslumbrante.
Casi podía perdonarse por ello, aunque no se había sentido tan poderosamente atraído por una mujer desde la muerte de su esposa.
Su erección remitió. Incluso aquella atracción puramente carnal le parecía una traición a la memoria de su amada Olivia.
Se maldijo entre dientes mientras observaba a Rivka recorrer la sala con la mirada.
Ella captó su mirada y asintió con frialdad, indicándole con un leve gesto de la cabeza que iba a hablar con el tabernero y que enseguida se reuniría con él.
Liam acusó recibo con una indiferencia que esperaba que resultase igual de convincente y apuró lo que quedaba de cerveza, pues sospechaba que ella le traería otra jarra como parte del pretexto para hablar con el tabernero.
La taberna estaba abarrotada, y muchos de los hombres habían reparado en la entrada de Rivka.
Al fin y al cabo, era una mujer atractiva.
Sin embargo, cuando ella indicó con sutileza que había acudido para reunirse con Liam, casi todos volvieron a ocuparse de sus propios asuntos.
Era poco probable que aquella hermosa mujer se interesara por nada de lo que pudieran ofrecerle los solteros presentes, no si su atención ya se había posado en otro.
Liam tuvo que admirar su proceder. Sin decir una palabra, acababa de rechazar con delicadeza a todos los hombres que la observaban.
Clavó la mirada en el fuego de la enorme chimenea situada a unos metros de su mesa y repasó cuanto había averiguado.
Esperaba que ella tuviera más información con la que aclarar ciertos puntos, pero, aunque no fuese así, los pasos que debía seguir empezaban a perfilarse con mayor nitidez a medida que sopesaba sus opciones.
Poco después, alguien dejó una nueva jarra de cerveza sobre la mesa, delante de Liam. Alzó la vista y se encontró con Rivka, que sostenía su propia jarra y le sonreía a modo de saludo.
—El tabernero se ha mostrado de lo más complaciente —le dijo—. Podemos disponer de un comedor privado durante la próxima hora. Ya están preparando nuestra cena y poniendo la mesa. ¿Vamos?
La invitación velada que había en sus ojos le encogió los dedos de los pies. Tuvo que recordarse que aquello era una representación destinada a cualquiera que los observara demasiado de cerca.
—Esta noche tienen pastel de pastor —añadió ella con una sonrisa.
La inclinación traviesa de su barbilla lo invitaba a seguirle el juego, y Liam se preguntó cómo sería si la coquetería que exhibía para los hombres de la sala común fuese auténtica.
Entonces se reprendió. No estaba allí para flirtear con una muchacha bonita.
Estaba allí para capturar a un pirata, recuperar el peligroso artefacto robado a un mago y consumar por fin su venganza.
Ese pensamiento lo serenó mientras se levantaba, cogía su jarra y la seguía.
El comedor privado se encontraba al fondo de la taberna, bien alejado del bullicio de la sala común.
Liam reparó en que había varias estancias privadas en aquella parte y que casi todas estaban ocupadas.
Alcanzó a vislumbrar a otros comensales cuando las puertas se abrían y cerraban para dejar pasar a los sirvientes.
— El Dragón Sonriente es famoso por sus reservados —le explicó Rivka mientras caminaban—. En estas salas se han cerrado numerosos tratos al calor de su excelente comida.
No añadió nada más y abrió la puerta de la estancia privada más alejada.
Entró primero, sin parecer sorprendida al encontrar a alguien dentro, mientras Liam se detenía apenas un instante en el umbral antes de pasar y cerrar la puerta tras él.
En aquella taberna debía de encontrarse uno de los contactos de Rivka y, por la razón que fuese, ella le permitía asistir a la reunión.
Eso le gustó. Denotaba cierto grado de confianza.
—Esta es Min —dijo Rivka en voz baja, presentándole a la niña que aguardaba junto a la mesa. Vestía como una sirvienta y probablemente acababa de traer la comida que ya habían dispuesto para ellos.
Liam saludó a la pequeña con voz queda y le ofreció una sonrisa. Ella respondió con timidez, pero miró a Rivka en busca de instrucciones.
—No pasa nada, Min. Este es el capitán O’Dare. Es mi compañero en esta misión. Puedes hablar con libertad delante de él —le aseguró Rivka a la niña, que pareció relajarse un poco, de alivio, según creyó Liam.
—La cosa fue así —comenzó Min—. Hace dos días atendía a un grupo en la mayor de nuestras salas. Eran gente de mala calaña. Marineros. Luchadores. De hecho, no me atrevía a entrar sola en la estancia, por si alguno intentaba hacer algo que me obligara a pedir ayuda a gritos.
Hizo una mueca y se fue soltando mientras relataba la historia.
—Estaba ayudando a Jem, el pinche de cocina, a recoger el desastre cuando uno de los hombres mencionó el nombre de Fisk.
Liam intentó dominar su reacción instintiva. No convenía asustar a la pobre niña, pero, por cómo se le abrieron los ojos, supo que probablemente había visto sus mandíbulas y sus puños crispados.
—Continúa, Min —la animó Rivka—. Lo estás haciendo muy bien.
—Bueno, yo sabía que debía prestar atención.
Papá nos dijo a todos que mantuviéramos los oídos abiertos por si oíamos ese nombre o cualquier cosa relacionada con un libro o un papel.
De todas formas, siempre estamos atentos a todo —la niña puso los ojos en blanco—, pero lo que nos mandan vigilar cambia de vez en cuando.
Estamos acostumbrados. Todo depende de lo que ocurra y de qué sea lo que más le interese saber al Clan.
¿Clan? Liam comprendió que aquella niña debía de ser jinn. Así pues, aquella hermandad secreta hacía espiar a la gente hasta a sus hijos. Desde cierto punto de vista era espantoso; desde otro, brillante.
—Min y su familia forman parte del Clan de los Danzantes del Viento —le explicó Rivka cuando la niña hizo una pausa—. Están estrechamente emparentados con mi propio Clan, pero viven sobre todo en Elderland, aunque Min y su familia inmediata llevan ya tres generaciones aquí, en Tipolir.
Liam metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda y se la lanzó a la niña. Min la atrapó con sus ágiles deditos.
—Es de Elderland —le explicó con amabilidad—. ¿Ves la imagen?
La niña contempló la moneda con los ojos muy abiertos.
—¡Es un virkin! —Volvió a alzar la vista hacia él—. ¿Ha estado usted en Elderland, señor?
—Muchas veces —respondió Liam, cobrando simpatía por la niña, que no debía de tener más de diez veranos. Le recordaba un poco a Livia, aunque durante los años en que su hija crecía apenas la había visto.
—¿Ha visto alguna vez uno de verdad, señor? ¿Un virkin? —preguntó Min, aún con los ojos como platos.
Liam asintió.
—Sí. De hecho, hay uno en mi barco, pero es muy joven y muy tímida. Se llama Ella. Es la mejor cazadora de ratones que he tenido jamás. Ninguna alimaña sobrevive mucho tiempo en mi barco y, cuando se las ha comido todas, cena conmigo en mi camarote.
La niña soltó una risita, y Liam advirtió que Rivka lo miraba de un modo extraño. Quizá no lo había creído capaz de ablandarse lo suficiente para tratar con cariño a una niña. Él había esperado conseguir que Min se sintiera más cómoda, y parecía haber funcionado.
—Papá dijo que estuviéramos atentos al nombre de Fisk y que recordáramos todo lo que oyéramos.
Bueno, la cena había terminado y los hombres se estaban marchando, pero tres fueron los últimos en salir de la sala.
Uno dijo algo sobre Fisk, y los otros dos lo hicieron callar enseguida, diciéndole que sabía de sobra que no debía usar el nombre del amo.
Habían bebido mucho, ¿sabe? Papá dice que tres jarras de cerveza sueltan casi cualquier lengua... y también cualquier cerebro.
Se rio ante lo que debía de ser una frase repetida a menudo en su familia.
—El hombre se burló de sus amigos y dijo que, de todas formas, daba igual, porque el amo ya estaba muy lejos de allí y los demás mantendrían a raya a sus perseguidores, haciéndolos cazar fantasmas durante días y días.
Liam asintió. Aquello encajaba bien con lo que él había averiguado.
La niña tenía poco más que contar, pero Rivka la interrogó hasta obtener una buena descripción de cada uno de los hombres que habían estado en la sala.
Liam escuchaba a medias mientras su mente examinaba los hechos tal como los conocía.
Cuando Rivka le dijo a Min que podía marcharse, la niña se acercó a Liam con la palma abierta y la moneda todavía sobre ella, ofreciéndosela de vuelta. Él reprimió su sorpresa y sonrió.
—Es tuya, Min —le dijo—. Mi regalo por tus servicios.
A Min se le iluminaron los ojos mientras cerraba la manita sobre la pesada moneda de plata.
—¡Gracias, señor!
Salió de la habitación casi dando saltos, tal era su alegría. Liam pensó que la hacía más feliz la imagen del virkin que la propia plata. A esa edad, recordó, los pequeños tesoros eran importantes para los niños. Él solía enviar a casa toda clase de cosas para Livia cuando estaba de viaje.
—Eso ha estado muy bien —le dijo Rivka al reunirse con él junto a la mesa. Min había salido y cerrado la puerta tras de sí.