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A Liam le resultaba extraño hablar de sus planes con alguien.
Llevaba tanto tiempo solo. Dueño de su propio destino…
o de su perdición. No había consultado con nadie el rumbo que debía tomar desde antes de perder a su esposa.
Había trabajado mucho y muy duro para convertirse en su propio señor, sin tener que rendir cuentas a nadie ni en su barco ni en sus negocios.
Había delegado buena parte de la autoridad sobre los negocios en tierra en Livia y en ciertos administradores de confianza de los distintos puertos en los que recalaban, pero, en alta mar, Liam no pedía consejo a nadie.
Conocía su barco, sus capacidades y su misión mejor que cualquiera, aunque se veía obligado a admitir que Rivka, por su propia naturaleza, sabía más que él de magia y de asuntos mágicos.
Fisk utilizaba magia, el muy canalla. Liam tendría que aprender —o pedir consejo a quienes comprendían aquellas cosas de un modo que escapaba a su entendimiento— si quería atrapar de una vez por todas a aquel bastardo asesino.
Rivka había aparecido en su vida en el momento justo, según parecía.
Era un ser mágico que quizá tuviera más posibilidades que Liam de encontrar el rastro de Fisk, por mucho que le pesara admitirlo.
Además, ocupaba un puesto importante en la hermética Hermandad de los Jinn.
Tenía contactos en tierra de los que él carecía. Sobre todo en el interior.
La propia red de Liam estaba muy extendida en las ciudades portuarias e incluso a lo largo de las costas de otros países, pero nunca se había molestado en establecer contactos tierra adentro.
Al fin y al cabo, Liam era un hombre de mar.
Fisk era pirata. También un hombre de mar.
Liam jamás había imaginado que Fisk huiría por tierra, donde no podía seguirle el rastro con facilidad.
Había supuesto que la persecución transcurriría de puerto en puerto o sobre las olas, no por montañas, tierras de cultivo y desiertos.
Liam odiaba la tierra firme. Siempre le habían sucedido cosas horribles en tierra. Pero, si su destino era una persecución por tierra, que así fuera. Liam haría cuanto tuviese que hacer para atrapar a Fisk.
—El barco está anclado aquí —le dijo Liam a Rivka mientras permanecían sentados juntos después de que él retirase los platos. Señaló un punto del mapa que había desenrollado y extendido sobre la mesa. Liam había dedicado muchos años a perfeccionarlo y modificarlo de su puño y letra.
—Parece un lugar extraño —dijo ella, contemplando el mapa con aire pensativo—. ¿Qué son estas líneas? —Señaló un elemento que él había dibujado con tinta azul.
—Las corrientes predominantes, hasta donde he podido detectarlas. He estudiado el litoral durante todos los años que llevo en el mar —explicó.
Rivka hizo una pausa y alzó la vista hacia él. Parecía impresionada.
—No tenía ni idea de que pudieran detectarse tantos detalles desde la superficie, pero, claro, nunca he pasado mucho tiempo en el agua ni cerca de ella. Salvo en algún que otro lago, por supuesto.
Sonrió, pronunciando las últimas palabras con tono juguetón, y Liam se descubrió casi sonriendo también. Una comisura de sus labios se elevó, y la sensación le resultó tan extraña que lo sobresaltó. Hacía muchísimo tiempo, en efecto, que no sonreía.
—He pasado casi toda mi vida en el mar —dijo, consciente de la aspereza de su propia voz, aunque no pudo evitarlo—.
Esas cosas son importantes, sobre todo cuando se desatan tormentas —concluyó, sabiendo que sonaba un tanto brusco, pero que lo condenaran si podía cambiarlo.
Ya no se le daba bien tratar con la gente.
Y, además, tampoco es que quisiera hacerlo.
—No parece que haya ninguna ventaja real en anclar el barco en este punto —observó Rivka con perspicacia—. ¿Por qué crees que lo ha hecho?
—No tiene sentido. Está demasiado lejos para acceder con facilidad al continente en bote.
No se encuentra cerca de nada en particular.
Además, está al borde de una plataforma que desciende hacia aguas muy profundas.
Es casi lo más lejos de la costa que podía llegar sin dejar de contar con un fondeadero firme —dijo Liam, frunciendo el ceño ante el mapa. ¿Qué se traía Fisk entre manos ahora?
—¿A qué distancia estamos? —preguntó Rivka, que seguía estudiando el mapa.
—No estaremos lo bastante cerca para ver gran cosa antes del anochecer —admitió él.
—Perfecto. —Ella levantó la mirada hacia él, con un destello audaz en sus ojos verdes—. Saldré después de que oscurezca y echaré un vistazo.
Liam hizo una mueca y los ojos de ella se entornaron aún más.
—Sé que no tengo derecho a decirte cómo hacer tu trabajo, pero Fisk es conocido por utilizar virotes y flechas con puntas de diamante. No es seguro para ti, ni siquiera al amparo de la oscuridad.
Rivka negó con la cabeza y esbozó una sonrisa.
—Agradezco tu preocupación, pero te aseguro que sé ser prudente. El Clan del Dragón Negro está lleno de espías, ¿sabes?
*
Rivka había disfrutado provocando al apuesto capitán.
Pensó en la conversación que habían mantenido antes mientras avanzaba bajo el amparo de la oscuridad hacia la tenue silueta de un gran velero, no demasiado lejano.
El barco de Liam seguía navegando en esa dirección a toda velocidad, pero no llegaría hasta dentro de una hora o más.
Eso daba tiempo a Rivka para investigar por su cuenta.
Aunque sospechaba que no estaba del todo sola.
De vez en cuando, la luz arrancaba destellos de unas escamas de dragón muy reflectantes bajo el agua, más abajo, que seguían el ritmo de su vuelo sin ningún esfuerzo.
Parecía que aquellos dragones marinos podían moverse de verdad cuando querían.
Había percibido la presencia de uno cerca durante casi todo el día.
El dragón marino en cuestión no había intentado comunicarse con ella, de modo que supuso que seguía el barco de Liam por curiosidad.
No sabía si Liam era consciente o no de la presencia del dragón marino.
Ella no se lo había preguntado y él, si disponía de esa información, tampoco la había ofrecido.
Aun así, si aquel dragón marino iba a investigar con ella el barco de Fisk, quizá se presentase.
Primero, sin embargo, tenía que averiguar qué encontraría a bordo.
Si todo permanecía tranquilo, observaría y tal vez tendría tiempo de hablar con el dragón marino sobre cualquier cosa que este pudiera advertir desde abajo.
Si se topaba en pleno vuelo con una lluvia de flechas, se retiraría de inmediato.
De cualquier otra cosa se ocuparía cuando llegase el momento. Estaba preparada para casi todo.
Excepto para encontrar el barco completamente abandonado.
Rivka sobrevoló en círculos el barco fantasma, incapaz de detectar una sola alma con vida a bordo. Al comprobar que era seguro aterrizar, se posó en la cofa, muy por encima de la cubierta, y miró con cautela hacia abajo mientras la cabeza del dragón marino emergía del agua.
— Saludos, milady. Soy Skelaroth, líder de los dragones marinos de estas aguas.
Bueno. Al menos tenía buenos modales. —Soy Rivka, del Clan del Dragón Negro. Es un placer conoceros, lord Skelaroth —respondió Rivka al enorme y colorido dragón marino que había abajo.
— Desde abajo, percibo que este barco está vacío —dijo Skelaroth sin más cortesías.
— Desde aquí arriba también parece vacío —coincidió Rivka.
Saltó a cubierta bajo su forma de dragón y enseguida adoptó su apariencia humana, mientras desenvainaba con rapidez las dos hojas curvas que llevaba a la espalda.
No sabía ni le importaba cómo funcionaba la magia, pero todo cuanto llevaba puesto bajo su forma humana pasaba con ella a su forma transformada y reaparecía cuando volvía a cambiar.
Llevaba sus espadas, además de otras armas que aún ocultaba entre sus ropas, cuando había alzado el vuelo para encontrar a Liam.
—Voy a echar un vistazo abajo —le dijo en voz alta al dragón marino.
Él no respondió; se limitó a asentir con su enorme cabeza mientras se mantenía a flote junto al barco.
Rivka terminó pronto su registro. Inspeccionó todos los compartimentos y la bodega, pero lo encontró todo vacío.
No habían dejado a bordo ni siquiera un gato de barco ni las ratas que debía cazar.
Era extraño en grado sumo. Regresó a la cubierta principal y encontró a Skelaroth todavía allí, observando desde el agua.
—El barco está completamente vacío. No queda ni un fardo ni un botón en la bodega. Ni siquiera un ratón —informó.
— Esto parece sumamente improbable —reflexionó Skelaroth—. Según mi experiencia, los humanos siempre dejan algo atrás.
—Sí, lo hacemos. Pero esto… —El hilo de sus pensamientos se desvaneció.
— Casi parece que hayan utilizado magia —dijo Skelaroth en su mente.
Rivka parpadeó y luego volvió a hacerlo, alzando la mirada hacia el poderoso dragón marino.
—No está fuera de lo posible. Sabemos que Fisk ya ha utilizado magia para ocultar su rastro. Pero ¿por qué dejar aquí anclado el barco? Si pretendía abandonarlo para siempre, ¿por qué no dejarlo a la deriva?
— Quizá no quiera desprenderse del todo de él. Tal vez lo haya dejado aquí como plan alternativo —dijo Skelaroth, sacando del agua su largo cuello para mirar la cubierta por encima de la borda e inspeccionar el barco de cerca.
—Tiene que ser eso —coincidió Rivka—. Es lo único que tiene sentido, pero debo decir que resulta condenadamente siniestro.
El dragón marino rio entre dientes, pero, a diferencia de sus congéneres terrestres, de sus fosas nasales no brotaron anillos de humo.
Por lo general, los dragones marinos no escupían fuego como los terrestres.
Aquella risa, sin los zarcillos de humo que Rivka estaba acostumbrada a ver, puso de manifiesto las diferencias entre la tierra y el mar.