El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 2
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Liam fue en persona hasta las puertas y las abrió de par en par. La dragona se agachó y logró entrar por los pelos en la gran estancia. Una vez dentro, se volvió para mirarlo.

— Por favor, cierra las puertas y no permitas que entre nadie salvo tú. Estoy dispuesta a que conozcas algunos de mis secretos, pero nadie más —le dijo con cierto misterio.

Liam frunció el ceño mientras cerraba las puertas y hacía señas a uno de los marineros.

Ordenó al hombre que dejara una cesta de fruta y varias jarras de agua junto a la entrada, pero que no pasara.

El joven se apresuró a cumplir las órdenes de su capitán, y Liam aprovechó para comprobar que se habían seguido sus instrucciones respecto a la velocidad y el rumbo.

Para cuando se hubo cerciorado de que todo funcionaba en su barco con la mayor fluidez posible, el joven había regresado con el agua y la fruta.

Liam le dio las gracias y lo despidió; después se volvió hacia su propia puerta y llamó con educación.

— Ya puedes entrar —oyó en su mente la voz de la dragona.

Liam cogió una de las jarras de agua, se colgó del brazo el asa de la cesta de fruta y usó la mano libre para abrir solo una de las puertas y entrar.

Esperaba encontrar a la dragona acurrucada en mitad del suelo.

En cambio, encontró a una mujer preciosa, ataviada con una ceñida armadura de cuero negro, que se estaba desabrochando un par de espadas que llevaba a la espalda.

Se volvió cuando él abrió la puerta y sonrió.

Tenía una lustrosa cabellera oscura y ondulada, unos ojos de un verde intenso y una sonrisa que iluminaba la estancia entera.

Por primera vez en mucho tiempo, Liam reparó en lo atractiva que era aquella mujer —cualquier mujer, en realidad—, y eso lo desconcertó un poco.

—Cierra la puerta, capitán. Estás dejando entrar las moscas.

Su voz hablada resultaba tan tranquilizadora como lo habían sido sus palabras en su mente, pues Liam no albergaba duda alguna de que la mujer y la dragona eran el mismo ser.

No sabía cómo lo sabía, pero estaba seguro.

Sobre todo porque la dragona había desaparecido y aquella mujer se encontraba en sus aposentos.

—Menudo truco de magia tenéis, lady Rivka —dijo mientras entraba en su camarote y cerraba la puerta tras él.

—En realidad, no es magia —le explicó ella—. Sencillamente, nací así. Soy mitad y mitad. Descendiente de uno de los hijos de Draneth el Sabio.

—Como el linaje real de Draconia —dijo Liam, pensando en voz alta—. ¿Me estáis diciendo que el rey y sus hermanos también son dragones bajo la piel?

A Liam le estaba costando recuperar el aplomo después del impacto que suponía encontrarse en su camarote a una mujer hermosa en lugar de a la dragona que había visto entrar.

No se había esperado en absoluto aquella atracción instantánea.

En verdad, hacía muchísimo tiempo que una joven bonita no captaba su atención.

Desde Olivia, de hecho. Que su interés despertase ahora parecía... inexplicable.

—¿De qué otro modo crees que pueden gobernar con tanta facilidad tanto a los humanos como a los dragones? Son ambas cosas. Los de nuestra especie nacimos para salvar la distancia entre las dos razas —explicó ella, tomando asiento frente al escritorio.

Pareció relajarse un poco, como si estuviera agotada.

—¿Puedes darme un poco de agua, por favor? No bromeaba respecto al sol. No soy originaria de un clima tan cálido y cuesta un poco acostumbrarse.

—Por supuesto.

Liam reaccionó de pronto al darse cuenta de que llevaba allí plantado, mirándola fijamente.

Se adentró en la estancia y dejó en el escritorio la jarra de agua y luego la cesta de fruta. Después rodeó la mesa, se acercó al aparador y cogió dos copas de cristal y su botella de oporto. Él sí necesitaba beber algo más fuerte, aunque ella no.

Para cuando volvió al escritorio y ocupó su asiento detrás de él, ella estaba dando cuenta de una manzana.

Primero le sirvió un vaso de agua y observó cómo se lo bebía en una larga sucesión de tragos.

El simple y sutil movimiento de su garganta pareció despertar dentro de él algo que no comprendía del todo, pero que reconoció como deseo.

Meneando la cabeza ante su propia y extraña reacción, le ofreció después el oporto con solo alzar la botella en ademán interrogativo.

Ella cogió la jarra de agua, respondiendo a su pregunta con idéntico silencio.

Cuando hubo ingerido cerca de media jarra de agua y la manzana entera, él se sentó frente a ella, con el escritorio entre ambos.

La observó con atención, evaluando con calma lo que había averiguado.

Descubrir que los gobernantes de Draconia eran aún más especiales de lo que había creído no resultaba tan sorprendente.

Lo asombroso era que hubieran logrado guardar su secreto durante tanto tiempo.

—Bien, capitán —dijo lady Rivka mientras él aguardaba a ver qué sucedía a continuación—. Tenemos que hacer planes. ¿Hasta qué punto están preparados tus hombres para luchar en tierra? ¿Para un viaje difícil? ¿Para apresar un barco?

Liam frunció el ceño, pero respondió a sus preguntas.

—Todos mis hombres fueron escogidos por su destreza en el combate.

De toda la flota que he reunido, la tripulación de este barco en particular es la flor y nata.

La mayoría de mis hombres fueron soldados.

Mercenarios honorables o guardias. Algunos son piratas reformados, habituados a luchar tanto en el mar como en tierra.

Todos crecieron cerca de la costa y no temen al agua.

En su mayor parte, aprendieron a navegar de jóvenes y se desenvuelven con naturalidad tanto en tierra como en el mar.

—Eso es excelente —respondió Rivka, inclinándose un poco hacia delante en la silla—.

Te lo pregunto porque en este camino se abren ante nosotros varias posibilidades.

En primer lugar, está el barco de Fisk. Debemos detenerlo, si podemos, para impedir que vuelva a hacerse a la mar.

Ese barco posee algún tipo de magia que hace casi imposible divisarlo desde el aire o seguirlo por mar, como tú mismo has podido comprobar.

Si resulta posible, debemos privarlo de ese barco.

—Por eso preguntaste por la captura de una presa.

Bien, no voy a disimular —le dijo Liam—.

Ya lo hemos hecho antes. No soy pirata...

exactamente. Pero he apresado barcos que se dedicaban a actividades turbias.

Mis hombres conocen bien las técnicas necesarias, y aquí hay suficientes para formar una tripulación de presa que conduzca la nave capturada hasta otro puerto donde dispongo de más marineros y recursos.

—Tal como esperaba.

Rivka parecía complacida con su respuesta.

—El problema es que no existe ninguna ruta navegable clara para acercarse mucho más a la Ciudadela.

—¿La Ciudadela? —repitió Liam, deseoso de saber qué tenía que decir aquella fascinante mujer sobre un lugar tan mágico y peligroso.

—Bueno, es evidente que Fisk se dirige allí —dijo ella—.

Esa página del libro contiene el hechizo capaz de romper el hielo que mantiene a raya a los enemigos de toda la humanidad y de los dragones.

Tanto yo como muchos otros creemos que ese es el objetivo de Fisk: liberar a los magos oscuros encarcelados en la Ciudadela y devolver el caos al mundo.

Es una idea demencial, pero supongo que Fisk cree que esos malvados seres de gran poder lo mirarán con buenos ojos y lo recompensarán por liberarlos.

Por todo lo que me han enseñado, lo más probable es que lo aplasten bajo sus pies mientras escapan.

Durante un momento reinó el silencio mientras ambos reflexionaban sobre aquello.

—No podemos permitir que suceda —dijo Liam por fin, con tono sombrío.

Los centelleantes ojos verdes de Rivka se encontraron con los suyos.

—Precisamente por eso he acudido a ti, capitán —le dijo—.

Creo que eres quien mejor conoce a Fisk, y sé que tienes un motivo personal para darle caza.

Creo que eres quien tiene más posibilidades de capturarlo o de acosarlo hasta obligarlo a adoptar una posición en la que nuestros aliados de Draconia y de otros lugares puedan apresarlo y recuperar la página del libro.

Su voz adquirió un tono más grave.

—Lamento lo que le ocurrió a vuestra esposa, señor —le dijo con toda formalidad.

Liam levantó la mirada de golpe.

—¿Qué sabéis de eso?

No eran muchos quienes conocían la verdad de lo que le había ocurrido a su querida Olivia.

—Fisk la mató —dijo Rivka en voz baja—. Tenéis todo mi pésame.

—No muchos conocen la verdad de lo que ocurrió aquel día —dijo Liam, sorprendido tanto por sus conocimientos como por su discreción.

Quería saber más sobre lo que ella conocía y cómo lo había averiguado.

—Los Jinn tenemos nuestras propias fuentes de información —respondió ella, recostándose en la silla.

Su lenguaje corporal se había vuelto reservado, y Liam sospechó que no conseguiría sacarle mucho más sobre aquel asunto.

—Por supuesto, me he cruzado con los tuyos de vez en cuando, pero sé poco de ellos. Pocos Jinn surcan alta mar.

—Es cierto. Preferimos las rutas terrestres —convino ella.

—Últimamente, al parecer, muchos de los tuyos se han congregado en Draconia. ¿Por qué?

Liam dedujo que las indirectas no funcionaban, así que optó por una pregunta directa.

—Se cumplió el tiempo profetizado —dijo ella, sorprendiéndolo—.

Muchos de los miembros del Clan del Dragón Negro somos descendientes directos de Draneth el Sabio.

Pertenecemos a Draconia, por encima de todo.

Cuando encontraron a Arikia y se convirtió en nuestra reina, supimos que había llegado el momento de regresar a nuestra tierra de origen.

Casi todos los Jinn han sido llamados de vuelta y están construyendo hogares en torno a Castleton.

—¿De verdad? Había oído rumores, por supuesto, pero aquí estamos muy lejos de la capital —observó Liam, atónito por lo que Rivka estaba revelando.