1 #2
Una risa profunda y retumbante pareció resonar en la mente de Liam, sobresaltándolo. Entonces, la risa se transformó en palabras, y algo le habló directamente dentro de la cabeza.
— No me ha enviado su hija, capitán. Lo sigo porque usted sigue a Fisk. Me gustaría ayudar a recuperar la página crucial del libro de Gryffid, si necesita la ayuda de un dragón.
—Pero sois un dragón marino —dijo Liam en voz alta, demasiado sorprendido para limitar su observación a los pensamientos. Por suerte, no había nadie lo bastante cerca para oírlo.
— Así es, pero ¿qué tiene eso que ver? —respondió la voz en su mente.
—No debéis lealtad a Draconia. Por lo que sé, los vuestros viven muy alejados de los asuntos de los hombres.
¿Por qué queréis ayudar? —Liam continuó hablando en voz alta, puesto que el dragón parecía oírlo de cualquiera de las dos formas y no había nadie lo bastante cerca para escuchar su parte de la conversación.
— Por varias razones, pero la más importante es que la página en cuestión podría desestabilizar mucho más que Draconia. Si se abre una brecha en la Ciudadela, sufrirán todas las tierras y todos los mares. He decidido ofrecer nuestra ayuda para impedir que ocurra, si es posible.
—¿ Vos habéis ofrecido la ayuda de todos los dragones marinos? —Liam guardó silencio un instante. ¿Quién era aquella criatura para poder comprometer a todos los dragones marinos con la causa?
— Como señor suyo, tengo derecho a hacerlo, pero, cuando mis hermanos comprendieron lo que aquella página robada del libro de hechizos suponía para la seguridad de todos, no pusieron ninguna objeción.
El reciente apareamiento de uno de los nuestros con una dragona terrestre y el hallazgo de Hrardorr y de su madre, a quien perdimos hace muchos años, han recordado a la comunidad de dragones marinos que existe otro mundo por encima de la superficie del agua y que podemos formar parte de él si lo deseamos.
Muchos de los míos, como vos los llamáis, sienten curiosidad por la tierra y están ansiosos por visitar Draconia y conocer a otros dragones que prefieren vivir en ella.
Para asegurarnos de que podamos hacerlo, debemos dar un paso al frente y ayudar a impedir que se abra una brecha en la Ciudadela. Es lo mejor para todos.
—Perdonadme, milord. No me había dado cuenta de quién erais —rectificó Liam, consciente de que la mayoría de los dragones preferían que los humanos los trataran con respeto y formalidad.
Si aquel estaba acostumbrado a mandar sobre todos sus hermanos, probablemente lo mejor sería mostrarse aún más respetuoso.
Al fin y al cabo, si se ofendía, podía hacer zozobrar el barco de Liam o agujerearlo desde abajo con facilidad.
Ninguna de las dos opciones resultaba deseable.
— ¿Cómo ibais a saberlo, si apenas podéis verme bajo el agua? —La risa del dragón resonó de nuevo en la mente de Liam—. Soy lord Skelaroth —proclamó el dragón al cabo de un instante.
—Y yo soy el capitán Liam O’Dare. Es un honor conoceros, milord.
El señor de los dragones marinos se mantuvo en las profundidades después de aquella conversación inicial.
La tripulación lo veía de vez en cuando, pero a menudo no era más que una presencia invisible en algún punto de las aguas profundas.
A Liam no le importaba. De momento se sentía más cómodo con el dragón a distancia que teniéndolo cerca y hablando con él.
Liam aún no acababa de creérselo. Había mantenido una conversación con un dragón. Y no con un dragón corriente, sino con uno de los legendarios dragones marinos. Y no con uno cualquiera, sino con el líder de todos ellos. A veces le parecía irreal.
Aunque tampoco terminaba de creer que su propia hija se hubiera unido a dos caballeros y sus dragones y estuviera formando una familia con todos ellos.
No lo comprendía. De hecho, prefería no pensar en ello.
En su mente, su pequeña Livia seguía siendo una niña de pocos años o una adolescente tímida.
La viva imagen de su santa madre. Perfecta y, desde luego, nada interesada en los chicos. ¡Y mucho menos en dos a la vez!
Todavía se sentía un poco indispuesto al pensar que se había casado.
Con los dos. Sabía que así se hacían las cosas en las Guaridas.
Toda Draconia conocía las peculiares disposiciones familiares de sus habitantes, pero los detalles eran escasos.
En general, las familias de las Guaridas se mantenían apartadas porque estas solían encontrarse lejos de las ciudades.
Los dragones necesitaban alojamientos especiales, y sus compañeros humanos se iban a vivir allí donde los dragones estuvieran a gusto, no al revés.
La mente de Liam empezaba a divagar, señal inequívoca de que necesitaba dormir.
Envió un mensaje a Benyon para que asumiera el mando durante unas horas y después se fue a acostar.
De todos modos, era plena noche y la mayoría de los hombres ya dormían.
La guardia nocturna podría ocuparse de todo durante un rato.
*
—¿Capitán?
La voz de Benyon llegó hasta Liam desde el otro lado de la puerta de su camarote. Liam llevaba ya un rato despierto, pero había aplazado su salida a cubierta para consultar los mapas.
—Sí, señor Benyon —respondió sin apartar la mirada del mapa que estaba estudiando.
—Señor, de verdad tiene que salir.
El matiz de pánico en la voz de Benyon le pareció extraño a Liam. Se aseguró de llevar encima todas las armas que usaba habitualmente y se dirigió con cautela hacia la puerta. La escena que encontró al salir a la luz del sol lo dejó clavado en el sitio.
Allí, en el alcázar, había un dragón negro y compacto, con una bolsa de cuero negro sujeta a la espalda.
Liam no era ningún experto, pero no parecía un ejemplar joven, aunque era pequeño en comparación con los dragones que había visto hasta entonces.
Aquel dragón parecía adulto, solo que… más pequeño y mucho menos vistoso que los demás.