El Dolor de la Culpa 38 vivir #3
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38 vivir #3

Un rato más tarde, después de tomar un refresco y comprar unas gominolas —sí, resulta que al forense con pinta de duro le encantan las chuches como a un niño—, subimos al coche y ya no nos detenemos hasta llegar a nuestra ciudad.

—¿Te quedas conmigo? —le pregunto antes de decidir si tomar una dirección u otra.

—¿Quieres que me quede? —responde, como si la pregunta le pillara por sorpresa.

—Creía que ya me conocías…

—Te voy conociendo —responde con una media sonrisa—. Me gusta que seas directa. Es una de las infinitas cosas que me encantan de ti.

—¿Para qué darle vueltas a lo que se quiere? Es perder el tiempo, y la vida es demasiado efímera para desperdiciarla en tonterías, Luc. Quiero que estemos juntos. Es muy simple. ¿Dónde? Me da igual.

—Pues ya te has respondido, Martín. A tu casa. Pero mañana quiero que vengas a comer a casa de mis padres.

Mi cabeza gira hacia él como si tuviera cuello de lechuza, solo que a media vuelta. Lo miro sin darme cuenta de que sigo conduciendo, menos mal que el coche corrige solo y vuelve al carril. Lucas me lanza esa sonrisa suya de macarra encantador que sabe perfectamente que me derrite.

—Hecho. Pero me debes una… ya pensaré cuál.

—Perfecto.

La comida en casa de los padres de Lucas resulta de lo más divertida.

Solo los había visto una vez en el hospital, pero su madre es encantadora, de esas personas que te acogen sin esfuerzo, con gestos cálidos y palabras suaves.

Su padre y él se parecen muchísimo: atentos, con ese humor tranquilo y esa forma de mirar que parece leer más de lo que dices.

Ali llega más tarde con los niños, que enseguida me adoptan como «tita oficial», sobre todo Nerea, una niña adorable que se me cuelga del cuello como si nos conociéramos de toda la vida y no se despega de mí ni un segundo. Me derrite.

A ratos, sin que pueda evitarlo, el corazón se me encoge. Nunca me he sentido así. Tal vez algo parecido en casa del comisario, con su mujer y sus hijas… pero esto es distinto. Más cálido. Más íntimo.

Debe ser maravilloso crecer en una familia como esta.

Lucas nota que algo me pasa. Cuando salimos hacia el garaje, justo antes de subirnos a la moto —que él estaba deseando coger desde hacía días—, me detiene tirando suavemente de mi mano.

Me giro hacia él. Sus ojos brillan con una calidez que hacía tiempo no veía.

Ha disfrutado de este día con su familia, se le nota en cada gesto.

Sus manos rodean mi cintura y yo bajo la mirada, hipnotizada por ese gesto que me resulta tan suyo.

Pero él retira una mano para alzarme la barbilla y obligarme a mirarlo directamente a los ojos.

—Habla —dice con esa voz suya que no admite evasivas.

—Nostalgia... o no. No se puede sentir nostalgia por algo que no se ha tenido, ¿no?

—respondo con una sonrisa que no me llega del todo a los ojos—.

Tienes una familia preciosa, Lucas. Y me ha hecho pensar mucho.

Pero estoy bien, de verdad. Ha sido un día muy bonito.

Y, por cierto, adoro a tus sobrinos. Y eso que solo los conozco de un rato. Los adoptaría sin pensarlo.

—No se lo digas a mi hermana o te los encasqueta sin pestañear —ríe, y su tono vuelve a ser risueño—. Ahora ellos también son tu familia, lo sabes, ¿no? No sé si eres consciente del lío en el que te has metido.

Antes de que pueda contestar, baja hasta mi boca y me la roba con un beso dulce, profundo, que no intento detener.

Mis manos se enredan en su pelo, tirando apenas, buscando alargar ese instante.

No nos damos cuenta de dónde estamos hasta que sus manos se cuelan bajo mi falda y el calor me enciende como un fogonazo.

—Me haces perder el norte —murmura, pegado a mis labios.

—¿Lo dice el que medio me folló en mitad del campo, sobre una moto?

—Exacto —sonríe—. No en el garaje de mis padres, por Dios... que cumplo treinta y cinco en unos días.

El día que Lucas se marcha a Ámsterdam no me deja llevarlo al aeropuerto, solo hasta la estación. Nos despedimos como si tuviéramos veinte años y no fuéramos a vernos en apenas una semana.

—Vete, que vas a perder el AVE, doctor. Ya mismo estamos aquí otra vez —le digo, con una sonrisa que intenta ocultar las mariposas que se me agolpan en el estómago.

—Tenía que haberlo pospuesto hasta que hubiera plaza de vuelo para los dos —murmura, apoyando su frente en la mía.

Cierra los ojos por un segundo, como si quisiera grabar ese instante. Me separo suavemente y, tras darle un beso fugaz, lo giro con delicadeza, como si así pudiera empujarlo hacia adelante sin que duela tanto.

—Venga, pesado, que solo es una semana. Hemos estado media vida separados; una semana no es nada.

—Está claro que me quieres menos que yo a ti —responde con ese tono burlón que siempre usa para provocarme, esperando que salte como tantas veces. Pero hoy no le doy ese gusto.

—Por supuesto, es eso. Hasta la semana que viene. Disfruta de Van Gogh.

—Te daré Van Gogh cuando vuelva —me susurra al oído, y consigue que un escalofrío de excitación me recorra la espalda. Como siempre.