El Dolor de la Culpa 39 Van Gogh
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39 Van Gogh

VAN GOGH

LUCAS

Tenía muchas ganas de que llegara este día, pero eso fue antes de que Ava irrumpiera en mi vida como un tornado y arrasara con todo.

Lo que menos imaginaba cuando la vi en la playa, junto a mí, era que, en pocas semanas, se convertiría en alguien tan imprescindible.

Ahora, sentado en el avión, la echo tanto de menos que me duele el alma.

Es una ausencia tan intensa que roza lo físico.

Ella lo ha cambiado todo. Y, aun así, no puedo ser más feliz.

La despedida en casa fue por todo lo alto, pañuelo de mi artista preferido incluido. Pero, contra todo pronóstico, fue ella quien controló hasta el último segundo. Y lo disfruté más de lo que creía posible. Con Ava, todo adquiere otra dimensión.

Del aeropuerto de Schiphol al hotel —en pleno barrio de los museos— no hay demasiada distancia en taxi.

Unos quince minutos aproximadamente. Mi hermana había cambiado la reserva inicial, más modesta y alejada, por este otro: una joya cerca del Rijksmuseum y del Vondelpark.

La fachada de mármol gris con paramentos naranjas y ventanas de un blanco impecable, enmarcada por una calle arbolada, invita a quedarse un rato admirándola, si eres de los que aprecian la arquitectura con encanto.

Traigo un par de sándwiches del aeropuerto, carísimos, como si fueran de jamón cinco jotas.

Comeré algo más tarde, pero ahora solo quiero hacer el check-in y darme una ducha.

Necesito quitarme el olor a avión. Puede parecer contradictorio que alguien que trabaja con muertos odie el olor a cerrado, pero es así.

Y tampoco me gusta volar, pero soy práctico, eso sí: se ahorra tiempo.

El hotel tiene la calidez de una casa particular.

Me gusta ese toque íntimo. Hago algunas fotos antes de subir a la habitación.

Hay un pequeño jardín interior que invita a sentarse.

No lo pienso mucho: dejo la mochila en el suelo, cojo la comida, una botella de agua, y me acomodo en una de las sillas del patio.

Me desabrocho el abrigo, doy el primer bocado al sándwich… y entonces oigo la puerta del jardín.

Supongo que alguien ha tenido la misma idea que yo.

—Creo que esta mañana te has dejado esto —me susurra una voz al oído.

Un pañuelo cae suavemente sobre mi pecho, reconozco al instante el estampado de La noche estrellada. Me doy la vuelta. Ahí está su sonrisa, su pelo suelto, sus ojos más azules que nunca.

—Felicidades otra vez, cariño —añade, antes de besarme. Y me sabe a poco.

—Pero… joder, Ava, ¿eres consciente de lo perfecta que eres?

—tomo su cintura y la siento sobre mis piernas, abrazándola, perdiéndome en su boca, que ahora estalla en carcajadas.

Rodea mi cuello con sus brazos y nos devoramos sin tener en cuenta ni el lugar ni la hora—.

¿Cómo has venido? —pregunto, aún atónito.

—Detrás de ti todo el tiempo. ¿Cómo iba a dejarte solo el día de tu cumpleaños, tontito? ¡Menudo estrés para que no me vieras! Tú, que no querías bajar al andén… Yo agobiada. Y en el aeropuerto, esperando hasta el último segundo para embarcar.

—Pero si miramos los vuelos y...

—Ya lo tenía. Tu hermana también había cambiado el hotel. Y… bueno, pues eso. Aquí estoy. Dispuesta a que me cuentes vida y milagros de Vicentito.

Acaricia mi pelo mientras habla. No deja de sonreír. Y yo… yo aún no termino de creer que estemos juntos.

—Puedo ser muy intenso, te lo advierto. Y oye, lo del pañuelo… ¿no tuviste bastante esta mañana?

—Lo cierto es que no. Le estoy cogiendo el gusto a esto de tenerte a mi merced —responde con una risa que imita a los malos de las pelis cutres.

—Te quiero, bruja.

—Te quiero, intenso.

Al día siguiente, tras horas inmersos en el universo de mi artista favorito —seguramente dándole la chapa a mi chica— salimos del museo para ir al Rijks. Allí también hay obras magníficas, pero noto que Ava pierde el interés.

La conozco ya bastante: le fascina más la arquitectura que la pintura, así que improviso. Le propongo una actividad diferente, una de esas que muestra lo más típico de la ciudad: un recorrido en barco por los canales, con degustación de quesos y cervezas.

—Lo siento… Los artistas holandeses no son mis favoritos. Sé que te he jodido la visita al Rijks —dice con expresión culpable.

—No digas tonterías. Ya sabes cuál es mi cuadro favorito y para verlo tendremos que volar a la Gran Manzana, así que no te libras.

—¿En serio? —sus ojos brillan al oírlo.

—Claro, lo tengo pendiente. Pero ahora, vamos. Este plan sí que te va a gustar.

Tiro de ella con suavidad hacia la zona de embarque. Cuando ve el barco, su cara se ilumina.

—¿Vamos a subir?

—Claro. Y a bebernos toda la cerveza del mundo —le guiño, divertido.

Durante el trayecto pasamos por la Casa de Ana Frank —la visitaremos mañana—, el imponente edificio del Rijksmuseum con su fachada de ladrillo rojo, la Munttoren alzándose como una aguja medieval contra el cielo, la Ópera Nacional y otros edificios emblemáticos cuya historia nos van desgranando nuestros pasos.

Agotados de caminar por todo lo que nos recomienda Google, con los pies doloridos y la mente saturada de información, volvemos al hotel cargados con bolsas de comida que hemos comprado en un supermercado local.

Ninguno de los dos tiene fuerzas para volver a salir; el mero pensamiento de enfrentarse de nuevo a las calles adoquinadas nos desalienta.

Al día siguiente exploramos a pie el barrio judío. Visitamos la Casa de Ana Frank, almorzamos en un sitio encantador y compramos recuerdos para su equipo y mi familia.

—Estoy muerta, Lucas, pero lo he disfrutado mucho —dice cuando nos dejamos caer en los asientos del avión que hemos conseguido cambiar para ir juntos. Al ser octubre, no ha resultado tan complicado.

Su cabeza se reclina contra el respaldo con un suspiro de satisfacción, y puedo ver cómo sus ojos brillan con el recuerdo de estos días.

—¿El barrio rojo también? —le pincho porque sé que le ha encantado.

—Pues sí, pero no solo por lo que crees, que pareces un crío. Su arquitectura religiosa y todo es fascinante.

Sonríe con esa expresión traviesa que me desarma, y yo no puedo evitar seguir el juego.

—Y la condonería —añado.

—Ja, ja, ja… Me ha dejado loca. Aunque igual deberíamos haber comprado alguno de esos retardantes, a ver si me duras más, doctorcito.

—Uy, lo que ha dicho… —abro los ojos fingiendo ofensa—. ¿Tú te crees que soy de piedra? Hacerlo contigo y sin condón es todo un reto… Y encima quieres que dure eternamente. Pero vamos, no te he oído quejarte demasiado.

—Igual este te baja la libido —responde sacando un condón con forma de ratón del bolso, justo cuando pasa la azafata.

Nos mira sorprendida. Y acabamos los tres muertos de risa.

—No te crees ni tú que me voy a poner al ratón Pérez en la po... —me tapa la boca al ver pasar a unos niños con sus padres.

—¡Malhablado!

—¡Petarda!

Nos reímos a carcajadas y nos besamos como si estuviéramos solos. Poco después nos anuncian el despegue y nos abrochamos el cinturón. Ava me coge la mano con fuerza.

—Te quiero, Caronte —me susurra mientras el avión atraviesa las nubes algodonosas que dejan atrás unos días maravillosos.

—Te quiero, Martín —respondo, sin soltarla.