El Dolor de la Culpa 38 vivir #2
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38 vivir #2

—Ja, ja, ja… Eres la leche, inspectora. Tú sí que estás preciosa. Y últimamente más. Creo que vamos a tener que mudarnos aquí. Este lugar nos sienta bien. Aunque tal vez haya sido por el polvo de anoche.

—Había mucho contenido, nene. Demasiada tensión acumulada. Y estos días no han hecho más que aumentarla. Pero déjame decirte algo: la mejor decisión que he tomado en mi vida fue venir a buscarte, aun sin saber si ibas a mandarme de vuelta con viento fresco.

—Sabes que nunca hubiera hecho eso, por muy dolido que estuviera. Hace mucho que me di cuenta de que mi vida gira en torno a ti. A saber si estabas bien, si ese día nos veríamos, si me soltarías alguna de tus pullas... seguro que lo sabías. Y teníamos una conversación pendiente.

—Que en realidad no hemos tenido.

—Bueno —dice, encogiéndose de hombros—, solo falta decidir si vamos a vivir juntos o no.

Todo lo demás, creo que ha quedado bastante claro.

Aunque eso de que te hayas tirado dos meses sin dar señales de vida…

no te lo perdono tan fácilmente. Y para que lo sepas, ahora me voy una semana de viaje. Uno que deseé hacer contigo.

—Pues disfrútalo como si yo estuviera allí. Ya sabes que miramos opciones y no había manera.

—Ya, ya…

Ponemos rumbo a esa nueva realidad que nos espera tras un verano atípico, supongo que para los dos.

Un verano que nos ha cambiado sin previo aviso, sin promesas ni planes, pero que ha traído consigo algo inesperado.

Algo que ni buscábamos ni sabíamos que necesitábamos…

y sin embargo, está aquí. Entre nosotros.

Ahora, en el habitáculo de mi coche. Luego, quizá, en su casa.

O en la mía. O en la nuestra. Ya se verá.

Pero hay una esperanza latiendo, una que jamás había sentido de este modo.

Suena su teléfono y, al ver la foto en la pantalla, reconozco a Mario, su abogado y amigo.

Lucas descuelga con una sonrisa, pero la expresión se le borra con rapidez a medida que escucha.

No oigo lo que dice Mario, pero el cambio en el rostro de Lucas habla por sí solo: algo ha pasado. Y no es bueno.

—No jodas… ¿En serio? Qué hijo de puta.

—…

—Pensé que estaba vigilado.

—…

—Ya.

—…

—Vale, Mario. Vamos de camino. Sí. Luego te llamo cuando lleguemos.

Cuelga y deja el móvil en la consola central. Se queda en silencio unos segundos, respirando hondo. Luego lleva su mano hasta la mía, apoyada en el volante, y entrelaza nuestros dedos con ese gesto tan suyo, íntimo y sereno, que a veces dice más que cualquier frase.

Me obliga a desviar la mirada de la carretera, aunque solo un instante.

—¿Se ha escapado? —pregunto, con un nudo formándose en el estómago. Sé que tiene que ver con Ferrer. No puede ser otra cosa. Pero estaba en prisión preventiva en el centro penitenciario de Córdoba… aunque últimamente, de todo se ve.

Lucas niega con la cabeza, sin apartar la vista del parabrisas. Su voz suena ronca cuando al fin responde:

—Se ha suicidado.

No sé si decir que me molesta o que, en realidad, me alivia.

Miles de ideas se arremolinan en mi cabeza sin orden ni concierto, y no soy capaz de distinguir cuáles son buenas y cuáles no.

Respiro hondo, con fuerza, y durante un segundo aprieto el volante más de la cuenta, sintiendo cómo la tensión me sube por los brazos.

—Hijo de puta cobarde —suelto al fin, con voz ronca—. Ha optado por la vía fácil, el muy cabrón.

El silencio se vuelve pesado. Solo lo rompe la música suave que suena en la radio: Corazón descalzo. La letra golpea en sitios donde no sabía que aún dolía.

—¿Puedo darte mi opinión? —pregunta Lucas con una dulzura que me desarma.

Asiento con un leve gesto, sin apartar la vista de la carretera.

Él continúa—: Lo hubiera hecho antes o después.

Y lo atrapaste, Ava. No volvió a matar a nadie más.

Míralo por ese lado: salvaste vidas. Salvaste a unas cuantas chicas... y a mí.

—¿Y a qué precio, Lucas? —mi voz suena quebrada, pero firme—.

Se llevó por delante a cinco. Cinco mujeres.

Y dos de ellas ni siquiera tenían que ver con ese puzle envenenado que se montó en su cabeza.

¿Sabes que a mí ya no me tapó los ojos? Quería que lo viera.

Que fuera consciente, al menos lo justo dentro del cóctel de mierda que me metió en el cuerpo.

Me quería lúcida. Quería que cada golpe me doliera, que supiera por qué lo hacía.

El muy cabrón lo tenía claro: lo que tú y yo teníamos iba más allá del sexo, más allá del fingimiento. Y él... era demasiado listo.

—Lo sé —murmura Lucas—. Sabía que tú no eras un polvo más.

Tenía todas las llamadas, todos los mensajes...

Aunque los mensajes eran ambiguos y las llamadas también.

Tal vez no tuvo del todo claro lo que hubo entre Azahara y yo, pero sabía que me dolería si acababa con ella. Sabía exactamente cómo joderme.

Diviso una de las pocas áreas de servicio de esta carretera y sin pensarlo, doy el intermitente y salgo.

Lucas me mira, desconcertado, pero no dice nada.

Detengo el coche, apago el motor y me bajo, incapaz de seguir encerrada en ese habitáculo que de pronto se ha vuelto opresivo.

Necesito aire. Me alejo unos pasos, sintiendo cómo el suelo cruje bajo mis sandalias. El cielo encapotado huele a tormenta.

Lo oigo acercarse, sus pisadas son suaves, sin prisa. En unos segundos lo tengo a mi lado.

—Ava… —murmura, colocando con ternura una mano sobre mi hombro—. Cariño...

Me giro sin pensarlo y me abrazo a él, con toda la fuerza que aún me queda.

Lo pillo por sorpresa, pero enseguida me estrecha contra su pecho, envolviéndome.

No dice nada. No hace falta. Dejo que el llanto me rompa.

Me duele. Todo. Me duele la rabia, la impotencia, la injusticia.

Me duele que los malos se salgan con la suya, que Ferrer se haya suicidado y se haya librado del castigo que merecía.

—No es justo, Luc —sollozo contra su pecho—. No lo es. Ese cabrón se merecía pudrirse en la cárcel. Que le dieran para el pelo. Que no lo dejaran ni respirar. Que lo machacaran cada día… joder, joder...

—Lo sé —susurra, acariciándome la espalda con calma—. Pero no estaba en nuestras manos. Tú diste todo para atraparlo. Te jugaste la vida. Y casi te pierdo, Ava… Ya basta. Nos toca descansar. Nos toca vivir. Con todas las letras. En mayúscula. Y en negrita, cariño.