El Dolor de la Culpa 38 vivir
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38 vivir

VIVIR

AVA

Los días aquí transcurren lentos y perezosos.

Estar con Lucas es la medicina que cura todas mis heridas, no solo las físicas, sino sobre todo esas que no se ven, las que duelen en silencio.

Y lo hace sin siquiera darse cuenta. A veces tengo que reñirle porque me trata como si fuera de cristal, como si pudiera romperme con una simple corriente de aire.

Y no es así. Estoy entera. O al menos, aprendiendo a estarlo.

Aunque no hemos vuelto a acostarnos —bueno, dormir, sí, lo hacemos juntos todas las noches desde que llegué—, no hemos tenido sexo. Aun así, Lucas es la persona más tierna, cariñosa y dulce que he conocido. Algo que nunca hubiera imaginado aquella primera vez que estuvimos juntos.

Me encanta cuando me provoca solo para picarme, para hacerme rabiar. Terminamos siempre enredados entre besos y caricias, y hasta ahora eso ha sido nuestro techo. Pero no me quejo. Porque hay una ternura que me desarma, una delicadeza que me conmueve más que cualquier otra cosa.

He hablado con mi ginecóloga y creo que estoy lista para dar un paso más.

Ya no tengo molestias, salvo esa especie de dolor dulce, punzante, que me provocan sus caricias sin llegar a más.

Esa tensión contenida. Ese deseo que ya no se puede aplazar mucho más.

Así que he decidido que esta noche —la última que pasaremos aquí— será la primera de muchas.

Aunque no hayamos hablado aún de qué haremos cuando volvamos a casa, aunque lo que somos esté aún suspendido en un punto indefinido, esta noche quiero que sea nuestra.

Mario y Carla han pasado por aquí, de camino a algún destino en barco que el amigo abogado de Lucas ha alquilado.

Mario resulta mucho más simpático cuando deja de ejercer de protector de su amigo y se relaja un poco.

Verlos discutir como si fueran adolescentes ha sido de lo más divertido.

De Carla, mejor no opino... No acabamos de encajar.

Agosto es un mes en blanco a nivel judicial, así que Ferrer sigue en prisión provisional, supongo que preparando su defensa junto a su abogado. Aunque sus declaraciones ya son más que suficientes para condenarlo. Solo recordarlo me revuelve el estómago.

Aprovecho que Lucas ha salido —no sé exactamente a comprar qué— porque quiere celebrar que llevo dos semanas aquí. Sí, la primera también la celebró con una cena especial, y esta noche promete repetir. Lo suyo con las «fechas» da para estudio.

Me doy una ducha relajante, aunque más bien es breve y nerviosa, porque tengo un nudo en el estómago.

Dejo que el pelo se seque al aire, suelto, como a él le gusta.

No me lo recojo. Me pongo uno de esos vestidos que sé que le encantan y que casi nunca uso.

Es ligero, veraniego, casi transparente.

Bajo él, nada más. Me calzo unas sandalias de tacón que traje por si salíamos alguna noche…

y que hasta ahora no me había atrevido a ponerme.

Creo que esta vez ha encargado la comida en algún restaurante —no sé en cuál— y aprovecho para poner el mantel, las copas y hasta unas velas que traje y guardaba desde que llegué, esperando la ocasión adecuada.

Al principio ni siquiera sabía si me permitiría quedarme a su lado o si terminaría enviándome de vuelta a casa… sola.

Cuando todo está listo y me aplico unas gotas del perfume que sé que le gusta, oigo la puerta abrirse y su voz, cargada de sorpresa y algo más:

—Hala… ¿Y todo esto, inspectora?

Me hace gracia que aún me llame así de vez en cuando. Salgo de su dormitorio, y en cuanto me ve, noto cómo su respiración se acelera. Mi vestido deja poco a la imaginación, y la abertura lateral deja aún menos.

—¿Ava? ¿Qué…?

Me acerco a él. Se pasa la mano por el pelo, ese gesto tan suyo cuando está alterado o nervioso. En estos días he aprendido a leerlo con solo mirarlo.

—¿No decías que había que celebrar que llevo dos semanas aquí? Que esta era nuestra última noche, por ahora, en este lugar…

—Sí, claro… pero tú… —titubea, incapaz de mantenerme la mirada. Sus pupilas se dilatan como no veía desde hace tiempo.

—Estoy bien, Lucas. Y quiero seguir adelante. Con todo.

Mi voz suena más baja de lo que pretendía, casi un susurro, pero no parece importarle. Menos aún cuando me acerco y le pregunto si la cena se va a enfriar.

—¿La cena? Yo qué sé... ahora mismo ni me acuerdo de lo que he comprado —responde, antes de alzarme con suavidad y sentarme sobre la mesa.

Se coloca entre mis piernas y, con una mano firme pero tierna, me sujeta por la nuca.

Sus dedos masajean mi piel, provocando un gemido que apenas contengo.

Solo ese roce basta para mojarme, y aún no me ha besado.

—¿Estás segura? Podemos esperar... —murmura mientras sus dedos exploran lentamente mis muslos, suben y descubren que no llevo nada debajo—. Bueno... tal vez tú no.

Su sonrisa se encuentra con la mía. Le agarro por la camisa y lo acerco a mi boca. El deseo contenido durante semanas —meses, incluso— explota como dinamita. Solo quiero sentirlo en mi interior, sin barreras, sin pausas.

—Lucas, vamos a la cama. Quiero que me ates...

—No voy a hacerlo, Ava. Contigo no. No lo necesito. Solo lo haré cuando tú lo desees de verdad. Y ahora... ahora no lo quiero. No así.

—¿Estás seguro? —jadeo al sentir sus dedos acariciar mi clítoris con esa ternura que me desarma. Me roza sin entrar, explorando, tentándome.

—Completamente —gime él al notar cómo mis pezones se endurecen bajo la tela del vestido—. Pero sí quiero saborearte. Aquí. Y ahora.

Y eso es justo lo que hace. Sin tregua. Sin darme tiempo a decir nada antes de que el orgasmo me sacuda como una ola que arrasa con todo. Pierdo la noción de lo que soy, de lo que fuimos, de lo que será.

—Luc… por favor… te quiero dentro ya —le suplico. Sé que le gusta tener el control, pero esta vez me lo está entregando a mí. Me deja manejar la situación.

Me alza con facilidad, mis piernas rodean su cintura mientras camina hasta el dormitorio sin dejar de besarme, ni de acariciar mis pechos por el escote del vestido, haciendo que desee que no se detenga, que me regale otro de esos momentos de placer que solo él es capaz de provocar.

Me suelta con delicadeza y, sin apartar la mirada de la mía, desabrocha el vestido, dejándolo caer al suelo con una lentitud casi ceremonial.

Luego se desnuda frente a mí, sin prisa, con una seguridad que me enciende aún más, y se sienta al borde de la cama.

Me tiende la mano, dejándome claro que sigo marcando el ritmo.

Aunque aún me ronda el miedo al dolor, el deseo lo supera todo. Lo quiero, lo necesito. Me acomodo sobre él, quizás con más ímpetu del que debería.

—¿Estás bien? Para, Ava. Si te duele, para —sus manos me sujetan por las caderas, dispuesto a frenar el impulso.

—Estoy bien —respondo sin dudar—. Solo ha sido la sugestión. Esto es lo que más deseo ahora mismo.

Reanudo el movimiento, despacio, entregándome a la sensación, y a la forma en que sus ojos se oscurecen, brillando con intensidad. Sus pupilas dilatadas apenas dejan ver el verde de sus iris.

—Apenas puedo creer que esto esté pasando, Lucas…

—Entonces llevamos dos semanas soñando, Ava —responde con voz ronca—. No sabía que podía necesitarte tanto. A ti. A nadie más. Joder… siento no aguantar mucho más, pero…

Lo callo con un beso, uno profundo y hambriento.

Mientras sigo cabalgándolo, él consigue colar una mano entre nuestros cuerpos y acariciarme justo donde más lo necesito.

El clímax me alcanza de nuevo, potente, envolvente, y me arrastra con él en una oleada de gemidos ahogados que se funden con los suyos, intensos y desbordados.

Permanecemos unos segundos así, jadeantes, sudorosos, abrazados. Aún dentro de mí, se desliza hacia el centro de la cama, y me acomoda con cuidado sobre su pecho. Su mano acaricia mi espalda desnuda, luego mi cabello húmedo por el esfuerzo. Me mira como nadie me ha mirado nunca.

—Te quiero, Luc —susurro, todavía temblorosa—. Nunca imaginé que diría esto, pero eres lo mejor que me ha pasado. Lo que siento contigo… es lo más real y profundo que he sentido jamás.

—Yo también te quiero, Ava. —Su voz suena ronca, sincera, como si le costara creerlo él mismo—. Y lo peor es que ni siquiera sé desde cuándo…

Un rato más tarde, sin ganas de separarnos, pero con el estómago recordándonos que hace horas que deberíamos haber cenado, nos levantamos de la cama.

Me pongo uno de sus bóxer —nada más—, me quito por fin las sandalias que aún llevaba puestas y salimos al salón a recomponer la mesa y dar cuenta de la cena que había traído.

A la mañana siguiente, la del regreso, el cielo amanece cubierto por un manto de nubes espesas, cargadas de humedad.

Algo inusual en este rincón del sur. Aun así, nuestro ánimo no se deja afectar.

Seguimos sin decidir si viviremos juntos o si cada uno volverá a su casa, al menos hasta que todo esto se asiente y sepamos en qué punto estamos realmente.

Lucas sigue sin coche —los días que ha ido y venido lo ha hecho en tren, en autobús o gracias a su hermana—, así que cargamos todas nuestras cosas en el mío y emprendemos el camino de regreso.

Nos espera la realidad: la próxima reincorporación al trabajo y, tarde o temprano, un juicio pendiente.

Aunque no sabemos aún cuándo será exactamente.

Lucas ha enlazado las vacaciones con su baja médica y a mí todavía me quedan unos días libres.

Nada más arrancar el coche, suena Km0. Esa canción de primeras veces, de volver a empezar, nos ha acompañado muchas veces en estos días.

Lucas me mira de reojo y sonríe. Sus ojos parecen más claros, su pelo más dorado y el bronceado que ha adquirido estos días en el mar lo hace aún más atractivo, si cabe.

—Eres guapo hasta decir basta, doctor. Lo sabes ¿no?