El Dolor de la Culpa 37 sanando
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37 sanando

SANANDO

LUCAS

Han pasado tres semanas desde que salí de casa de Ava, roto.

Más aún, si eso era posible, solo por saber que ella estaba peor que yo y, sin embargo, no me dejaba estar a su lado.

Tres semanas en las que no ha habido un solo día en que no la haya llamado, escrito o enviado audios…

sin recibir ni una sola respuesta. Y, por supuesto, tampoco una pregunta suya por saber cómo estoy.

Tiene razón: debemos curarnos para poder empezar de cero. Y en eso estoy. Pero duele. Me duele saber que lo que tenemos pendiente sigue en standby. ¿O es que solo está en mi cabeza?

Saray es quien me mantiene al tanto, y sé que Ava está algo mejor.

Yo sigo con la escayola, pero el traumatólogo me ha dicho que en una semana podré cambiarla por una férula, mucho más cómoda para el verano.

Y entonces me marcharé a La Isleta. Ya no aguanto más aquí.

Mi madre se empeñó en que me mudara a su casa, con la excusa de que así podría bajar a la piscina, pero solo llevo aquí unos días y ya me estoy volviendo loco. Necesito volver a mi refugio.

—Luc, hijo, ¿estás seguro de que es buena idea irte solo? —pregunta mi madre mientras voy de un lado a otro recogiendo cosas para meter en la maleta. Esta vez la estancia será más larga de lo habitual. Después de la baja, pediré las vacaciones… y ¿quién sabe?

—Mamá, ni que fuera la primera vez —respondo con fastidio, justo cuando vuelve a quitarme los gayumbos para doblarlos y colocarlos ella misma—. ¿Puedes dejar que haga la maleta solo? Tengo treinta y cuatro años, bien cumpliditos, por si se te ha olvidado.

—Pues no vayas pegándote con la pared, que tienes las de perder.

Ali y los niños pasan conmigo unos días en mi refugio de la costa almeriense.

Días después, su marido los recoge para irse a no sé qué destino fuera de España.

Ya tengo el billete para Ámsterdam en octubre, un regalo de cumpleaños que me he hecho a mí mismo.

Me habría gustado ir acompañado, pero no será esta vez.

Cuando mi hermana se marcha, aparece Oliv sin avisar. Espero que no venga con ganas de juegos, porque creo que ese Lucas murió con Azahara… o con alguna de las otras chicas.

—Te estás convirtiendo en un muermo, Luquitas —me dice, en cuanto propone que vayamos hasta Vera, a uno de esos clubes de adultos que hemos frecuentado más de una vez.

—Oliv, cariño… ve tú. Te lo digo en serio.

—No imaginaba que estuvieses tan, pero tan pillado.

Una semana más tarde, me despido de ella en la puerta de casa.

No hemos hecho nada más que dormir juntos, y aún así ha sido un calmante para mi maltrecha alma.

Hemos recorrido todas esas calas que tanto nos gustan.

Aproveché para quitarme la férula a ratos y bucear, con cuidado de no mover mucho los dedos ni la muñeca.

Por las noches salíamos a Níjar, a Retamar, o simplemente nos quedábamos en el pequeño jardín de mi casa, hablando de todo y de nada.

—Luc, ante todo somos amigos. Y lo primero eres tú.

No sabes lo que me dolió no poder estar contigo cuando pasó lo de Ava y todo eso.

Tenía que venir al menos unos días. Ve a por ella, no seas tonto —dice, abrazándome con fuerza.

Sus brazos rodean mi cuello, los míos, férula incluida, su cintura.

A simple vista podríamos pasar por una pareja.

Pero no lo somos. Nunca lo hemos sido. Lo que tenemos es otra cosa. Y siempre seremos los mejores amigos.

—Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad? Llámame cuando llegues. Y no corras.

—Sí, cariño, lo sé. Pero recuerda nuestro trato… tictac, ja, ja, ja. Y sí, papi, te llamaré.

Me da un beso rápido en los labios, se coloca el casco, se sube a la moto y se aleja racheando, dejando tras de sí una estela de humo y olor a neumático quemado.

El tiempo aquí transcurre de otra manera: lento, apacible. El final de agosto devuelve la calma a este pequeño pueblo que, por culpa de las redes sociales, se ha puesto de moda. A veces desearía borrarlo del mapa para que conservara la esencia que recuerdo de cuando era niño.

Camino por las calas cercanas, todo lo lejos que me permiten los pies, deseando que pase ya la semana que me queda para librarme de este armatoste y comprobar si necesito rehabilitación, que pediré aquí, en Almería.

Sigo disfrutando de los atardeceres sobre el mar, de los amaneceres teñidos de rosas y naranjas… y sigo pensando en ella. Hablo con Saray, que me asegura que está algo mejor, pero desde su voz, desde sus dedos, no he recibido nada. Silencio absoluto.

Por fin me han dado permiso para quitarme la férula, tras un viaje exprés al hospital. El traumatólogo ha derivado mi caso a un fisio de aquí, así que empezaré en unos días. Mientras tanto, saboreo esta pequeña libertad.

—Hola.

Esa voz. Esa maldita voz que hace que mi pulso se acelere y que todas mis terminaciones nerviosas entren en cortocircuito. Me giro, aturdido, y la veo ahí, a mi lado. Apenas puedo reaccionar.

—No me extraña que te encante este sitio —añade.

—¿Qué haces aquí? —Mi tono suena más brusco de lo que pretendía. Pero joder... ¿Dos meses? ¿Dos putos meses sin saber de ella y aparece así, como si nada, en pantalón corto, camiseta, chanclas y supongo que un bikini debajo. Justo en mi playa.

—Alguien me habló muy bien de este lugar —dice, mirándome con serenidad—. Y necesitaba comprobar por mí misma que ese alguien estaba bien.

Sigue de pie a mi lado. Yo tampoco la he invitado a sentarse. Vuelvo la mirada al mar. Está en calma. El sol se va ocultando y la playa, a estas horas, ya está casi vacía.

—Dos meses, Ava. Ni una palabra. Ni una llamada. Ni un mensaje. Ni siquiera una respuesta.

—¿Puedo? —pregunta, señalando la toalla extendida sobre la arena.

—Es un país libre —respondo, dejando salir la ironía.

—Pero es tu toalla —me responde con esa media sonrisa que tanto conozco.

Esta sí es la Ava que quiero ver.

Me aparto un poco para dejarle sitio y se sienta, rozando mi pierna con la suya en un gesto aparentemente casual. Aunque no se acomoda con soltura; intuyo que hay más miedo que dolor físico. Aun así, murmura:

—Gracias.

Apoya la cabeza en mi hombro. Su pelo, recogido en una coleta alta, me roza la piel del brazo. Es una sensación simple, pero intensamente placentera.

—Si no estás cómoda, puedo ir a por una silla. Tengo una en casa. Solo tardo dos minutos.

—Estoy bien. Necesitaba estar aquí. Contigo.

—¿Ahora sí?

Sé que no debería hablarle así, pero no puedo evitarlo. Me doy cuenta de que me ha dolido más de lo que pensaba. Y eso me molesta, por todo lo que implica. Pero también me gusta, precisamente por lo mismo. Joder… ¿en qué momento me volví tan indeciso?

Me muevo un poco, y no sé si es accidental o buscado, pero mis labios rozan su cabello. Tal vez podría evitarlo. Tal vez no quiero. Ella suspira bajito, apenas un susurro, pero lo oigo.

—Lucas… Ha sido todo muy difícil, ¿sabes?

He estado muy jodida. Sigo de baja hasta la semana que viene.

Miguel, el comisario, me obligó a coger todas las vacaciones acumuladas.

Creo que hasta se ha inventado algunas. Y yo no soy así.

Tú conoces mi historia. Y, a pesar de todo lo vivido…

esto, esto se me ha hecho bola de una manera que no entiendo.

O tal vez no quiero entenderla. No podía dejar que te quedaras a mi lado cuando levantarme para ir al baño o prepararme un café era una tortura.

—¿Crees que no leí el informe real? No esa mierda que le hiciste escribir a Maya. Y, por si no lo sabes, podría costarle caro mentir en algo así. Sé que tus lesiones eran mucho peores. Sé que ese hijo de puta se ensañó contigo hasta…

No puedo seguir. El dolor me parte en dos.

Algo que creía superado me lacera el alma como una daga que me abre en canal.

Vuelvo la vista al frente. Ella no me ha mirado en ningún momento; su cabeza sigue apoyada en mi hombro.

Su olor lo impregna todo: ese perfume mezclado con el aroma salino del mar, mis dos fragancias favoritas, ahora se hacen dolorosamente presentes y reales.

Y no sé si seré capaz de expresarle todo lo que siento.

—Por eso mismo, Lucas —se incorpora despacio, sus ojos, menos brillantes que de costumbre, me atraviesan—. No podía dejar que vivieras todo aquello cuando tus propios fantasmas te arrastraban también hacia el lado más oscuro de tu vida.

—De todas formas, no creas que he estado sin saber de ti.

Tengo mis fuentes, soy poli, ¿recuerdas?

—esboza una media sonrisa, débil, cansada—.

He visto que estás mejor. Y tu mano también.

Incluso le pegaste a la pared sin pensar en las consecuencias…

Si te hubiera contado todo desde el primer momento, ¿qué habrías hecho?

Mis manos se elevan por inercia, sin que mi mente medie.

Le acaricio las mejillas, aparto su flequillo, trazo con las yemas el contorno de ese rostro que tanto he extrañado.

Me acerco y rozo sus labios con los míos en un beso suave, casi inocente.

Me sabe a poco, pero no va a ir a más. No todavía.

No estamos bien. Y hay demasiado que arreglar.

—Lo único que quería hacer, Ava, era quedarme contigo. O traerte aquí, cuando pudieras. Cuidarte como mereces. Darte apoyo, cariño… y sí, ¿por qué no? Amor. El amor que nunca te han dado.

Sus ojos se abren sorprendidos. Se iluminan, y esta vez no hay dudas en mi voz. Ella lo nota.

—¿Amor, Lucas? —pregunta, con la voz tomada por la emoción. Ahora es ella quien acaricia mi rostro, apartando el pelo que el viento, suave pero insistente, me arroja sobre los ojos—. No podía dejar que me vieras así… Necesitaba ser funcional, estar bien, poder ofrecerte algo.

No la dejo seguir. No voy a permitir que vuelva a culparse.

—Sí, Ava. Porque me he enamorado de ti como no creí que fuera posible.

Me desafías, me retas, me mantienes en alerta con cada comentario.

Ocultar que lo nuestro no era nuevo, que ya conocías mi lado más oscuro, fue un hándicap que viviría mil veces si eso significara seguir sintiendo lo que tú me haces sentir.

—Sabes que también me encanta tu lado oscuro —susurra.

—¿Por qué?

Ahora soy yo quien no da crédito a lo que escucha. Enlazo mis dedos con los suyos, como si necesitara aferrarme a su piel para no perderme.

—Porque eres brillante, inteligente, meticuloso.

Me levantas cada fibra de mi ser con solo mirarme.

Cuando me rozas, mi cuerpo reacciona como nunca lo hizo con nadie.

Me haces sentir viva. Y quiero sentirme así siempre…

si tú me dejas. Te quiero con tus sombras, pero también con esa luz que ni siquiera sabes que tienes.

Quiero compartir contigo cada parte de ti.

—Joder… No sé si merezco tanto. Ni si estaré a la altura. Pero quiero intentarlo. Si es contigo.

—Deberás tener paciencia conmigo, Luc. Todo está bien, pero…

No quiero escuchar más palabras. La atraigo con cuidado, la acomodo sobre mis piernas.

Sigo acariciando su cara mientras nuestras miradas se funden.

Rozo sus labios y le dejo a ella la decisión.

Me busca. Con su lengua, roza la mía con una ternura que me enciende.

El mundo desaparece. Los miedos. El dolor.

Todo lo que nos separó deja de importar.

Solo estamos nosotros, recomponiendo lo que ese cabrón intentó robarnos… o lo que, sin saberlo, quizá acabó por unirnos.

Siento el calor de su piel, la dulzura de su roce, los gemidos suaves que se nos escapan. Este beso dice más que cualquier palabra: habla de futuros que no nos atrevemos a nombrar, de pasados que ya no queremos borrar, y de un presente que construiremos minuto a minuto.

Cierro los ojos y me dejo arrullar por esa sensación… y por el sonido del mar. Mis dos cosas favoritas, sin apenas saberlo hasta ahora: el mar y ella. Ava.