El Dolor de la Culpa 36 algo no funciona
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36 algo no funciona

ALGO NO FUNCIONA

AVA

No se ha separado de mí ni un solo día que he pasado en el hospital.

Se siente como si esto —lo que quiera que sea— fuese real, cuando no lo es.

Ni siquiera sé si somos amigos o si lo único que lo mueve es la gratitud o, como siempre en estos meses, la culpabilidad.

Y eso me consume, me frustra a niveles que jamás había experimentado.

Con dificultad me incorporo en la cama para deshacerme de las sandalias que mi amiga, con buen criterio, ha escogido.

Son sencillas de poner y quitar, aunque incluso en el hospital he necesitado que Lucas, atento cual caballero andante, me echara una mano.

Ahora quiero hacerlo sola, cosa difícil porque sigo muy dolorida y es algo que me supera.

Debo quejarme más alto de lo que esperaba, porque al instante siguiente Lucas está agachado delante de mí, ayudándome con el calzado.

—Pero, vamos a ver, inspectora del demonio, ¿por qué no me llamas? Estate quieta, joder.

El reproche en su voz me hace cerrar los ojos un momento. Sus dedos rozan mi tobillo al deslizar la sandalia, y ese contacto me eriza la piel a pesar del dolor.

—Lucas, tienes solo un brazo operativo, demasiado estás haciendo. Vivo sola, ¿recuerdas? Tengo que apañármelas.

No me hace ningún caso. Me quita la otra sandalia y me tiende la mano que tiene libre para que me levante.

Me gira con cuidado para bajar la cremallera del vestido y, con una destreza alucinante para una sola mano, me lo saca por la cabeza, dejándome solo con la ropa interior.

En otra circunstancia esto bastaría para hacerme arder; ahora solo es algo necesario.

Me regala un beso en el hombro que sí me provoca un escalofrío placentero y se separa de mí para preguntarme qué quiero ponerme.

—Abre ese armario —señalo con un gesto de la barbilla— y deja de tratarme como una jodida lisiada. Y ahora, saca ese pijama que hay ahí, ese como de hombre, azul y blanco. Solo la parte de arriba.

Se aproxima con él en la mano, y me ayuda a ponérmelo. Lo de abrocharlo ya es cosa mía; los botones no son nada fáciles con una mano, y mis dedos temblorosos luchan contra los ojales.

—No era tan difícil, ¿no, Martín? —Su voz suena más suave ahora, casi tierna—. ¿Necesitas ir al baño?

Niego con la cabeza. Guarda la ropa en el armario y antes de salir se detiene en el quicio de la puerta.

—Vete al sofá, enseguida preparo algo. Pero, Ava, en serio, si necesitas algo, llámame, por favor.

Su mirada se demora en mí un segundo más de lo necesario, y hay algo en sus ojos que no sé interpretar.

—Vale, pesado. A ver con qué me sorprende el chef Caronte.

Entro en el baño, aunque le he dicho que no necesitaba ir.

Me miro en el espejo y apenas me reconozco: mis ojos están apagados, mis mejillas pálidas, por no hablar de las ojeras violáceas que me adornan como un maquillaje cruel.

Me lavo la cara con esfuerzo, porque cada movimiento es un suplicio, y el agua fría me devuelve algo de claridad.

Camino despacio hacia el salón, donde ya llegan los aromas de lo que sea que Lucas está preparando.

Me acomodo en el sofá, estiro las piernas y noto cómo el cuerpo se relaja tras el trajín del día.

Al alzar la vista, descubro el libro de Luc sobre la mesa.

No recordaba dónde lo había dejado. Lo tomo entre las manos y, con suavidad, acaricio el rostro de la chica en la portada.

Tiene un tacto agradable; al ser mate, la cubierta transmite una sensación sedosa que me invita a detenerme un poco más de lo habitual.

Lo giro despacio y me recreo en los detalles: unos peces —imagino que atunes, por la referencia a las salazones del lugar de origen de la protagonista romana— nadan entre columnas que evocan un templo.

Al abrirlo, mis ojos se detienen, como cada vez, en la dedicatoria que la autora le hizo a Lucas.

Después, en la que ella misma dirige a su hermano:

«A mi hermano. Sit tibi terra levis. Requiescat in pace in aeternum».

Casi puedo sentir el dolor que destilan esas palabras, la ausencia profunda de alguien querido, irremplazable… aunque yo no tenga a nadie así.

Paso las primeras páginas con cuidado. El mapa, la recreación de la domus romana, esa maquetación tan delicada que casi ningún libro cuida hoy en día… todo me parece hecho con una ternura minuciosa, como si el libro mismo supiera que debía ser especial.

—¿Te está gustando? —pregunta la voz de Lucas, sorprendiendo mi ensimismamiento desde el marco de la puerta del salón.

Levanto la vista y sonrío, aún con el libro abierto sobre las piernas.

—Sí, llevo poco, pero ya sé que no será el último de la autora que lea. Quiero un Ares o un Marco en mi vida. Qué hombres más bonitos —comento con una sonrisa, solo para provocarlo.

—Pues de momento te tendrás que conformar con un Lucas… y manco. Ares… bueno, pásate por la facultad, igual encuentras alguno. Lo de Marco lo veo más complicado —responde con una ceja alzada.

—Tienes respuestas para todo, ¿eh? ¿Qué estás preparando?

—Ahora lo verás. No le queda mucho.

Y se marcha otra vez, dejando en el aire un aroma a especias que empieza a colarse desde la cocina.

Vuelvo la mirada al libro y repaso la última página que leí, justo cuando descubren el cofre… Me acomodo de nuevo, ansiosa por saber qué hay dentro.

«Mientras les veo trabajar, siento su mano en la mía, cálida y firme. Me mira con una sonrisa que me hace temblar y me dice al oído:

—Esto es increíble, ¿verdad? Me alegro de que estés aquí conmigo».

Ay, qué bonitos son estos dos y la historia que están forjando, pienso al releer el párrafo.

—Tendrías que verte la cara ahora mismo —se burla Lucas desde el umbral, sobresaltándome.

Cierro el libro de golpe, sin marcar la página, y giro la cabeza.

—Eres el emoji de los ojos de corazón —añade, riéndose.

—¡Jooder! Ya no he puesto el marcapáginas... Lo dices tú, que lo mismo lees a Stephen King que una novela romántica.

—Pues sí. ¿Y qué? Me gustan. Sigo pensando que el amor mueve el mundo, aunque encontrarlo o no es otro tema. Esas dos parejas me encantan. No podría escoger solo a una. —Hace una pausa, como si midiera sus palabras—. Venía a preguntarte si quieres que ponga la mesa aquí.

—Por favor… pero déjame ayudarte al menos un poco.

—Sí, ahora —responde con una sonrisa ladeada, y desaparece hacia la cocina.

Regresa un instante después con un mantel doblado sobre el brazo y los cubiertos tintineando en una bandeja metálica.

—¿Has estado cotilleando mis cosas? —le pregunto, fingiendo indignación.

—Soy tu asistente, tengo que saber dónde está todo.

—Ya te daré yo asistente cuando pueda moverme con normalidad.

Coloca la mesa con la misma meticulosidad con la que trabaja. Me tiende el marcapáginas que se había caído al suelo. Lo cojo, busco la página perdida y lo dejo entre las hojas antes de soltar el libro sobre el sofá.

Lucas se marcha de nuevo y regresa con una bandeja humeante.

El aroma a mar y azafrán me golpea con fuerza, cálido y familiar.

Huele a hogar. A domingo. A algo que no sabía que echaba tanto de menos después de tantos días de comida hospitalaria.

Es uno de mis platos favoritos, pero no recuerdo haberlo hablado con él.

—Madre mía… ¿pero esto es verdad? ¿Has hecho fideuá? ¿Sabes que me encanta?

—Algo había oído. Pero no todo el mérito es mío. No tenía tanto tiempo. El fumet es cosa de mi madre. Te manda sus mejores deseos. Algún día te la haré entera. Se me da bien.

—¿Te estás vendiendo, Caronte?

—¿Tengo que hacerlo? —me pregunta mientras termina de disponerlo todo sobre la mesa. Luego sirve agua con gas de una botella que, sospecho, ha traído él mismo, y añade una rodaja de limón al vaso—. No sé si te gusta el agua con gas, pero…

Niego con la cabeza, sin decir nada. Me tiende el vaso, sirve los platos y coloca una ensalada multicolor a mi alcance: canónigos, mango, nueces, granada, algo de queso feta.

Entonces me observa con atención y, al notarme incómoda, se levanta sin decir nada. Va al sofá contiguo, recoge un par de cojines y los acomoda tras mi espalda con delicadeza.

—Gracias —murmuro, sin apartar los ojos de los suyos.

No son del verde que tanto me gusta, pero hay algo en ellos que me atrapa igual. Están algo apagados, como los míos, con ojeras que les dan un aire cansado.

—Por todo —añado, dejando que ese agradecimiento se quede flotando entre los dos, suave, sin más palabras que lo adornen.

Al terminar de comer, Lucas se levanta para recoger, dando más viajes de los necesarios al no poder usar ambas manos. A veces apoya platos y vasos sobre la escayola, hasta que le riño. Pero cuando soy yo quien intenta incorporarse, es él quien me detiene:

—Ni se te ocurra, inspectora.

Vuelve al salón con dos helados que tampoco tenía yo en casa: uno de tiramisú y otro de pistacho, para que elija. Le digo que, si lleva chocolate, siempre ganará. Sin decir nada, da media vuelta y desanda sus pasos hasta la cocina para dejar el que sobra y traer los cuencos.

Podría acostumbrarme a tenerlo aquí.

Pero no puedo.

Tiene que irse.

Casi a la hora de la cena, me pregunta qué me apetece comer. Hemos pasado la tarde tirados en el sofá, con la televisión encendida solo como ruido de fondo. Ninguno ha sido capaz de romper el silencio.

Le digo que no tengo hambre, pero él insiste: tengo que tomar la medicación y necesito algo en el estómago. Le propongo un sándwich o una tortilla francesa.

Pero, como siempre, hace lo que le da la gana.

Prepara una tortilla de patatas como si fuéramos a cenar cinco. Pica un tomate con esmero, trae un pan caliente que sospecho ha descongelado en la air fryer, y que, por supuesto, yo tampoco tenía en el congelador.

Cada detalle suyo me lo pone más difícil. Todo lo hace más denso. Esta situación no tiene sentido. Una calma espesa, casi tangible, se ha instalado entre nosotros. Él no habla de cómo se siente, yo tampoco. Y así… no vamos bien.

La cena sigue la tónica de la tarde. Silencios largos, miradas esquivas. Cuando ya me he tomado las medicinas y ha dejado todo recogido, intento levantarme para ir al baño, pero él se adelanta.

—¿Quieres darte una ducha? Prometo ser bueno —bromea con una sonrisa débil.

—Muy gracioso. No, gracias. Me duché esta mañana, antes de que llegaras.

—Pues a la cama, Martín.

—Lucas...

—Ufff… Ese tono es horrible. Lo sabes, ¿verdad?

—Tienes que irte —digo, reuniendo las pocas fuerzas que me quedan.

—¿No quieres que me quede? —su voz se apaga, hasta casi un susurro. Sus ojos se han oscurecido, ya no tienen ese verde vivo que tanto me gusta. Ahora parecen castaños, o ámbar, quizá por la luz tenue del dormitorio, que aún no sé si siento como mío o me aterra.

—No, Lucas. No creo que sea buena idea. Ni tú ni yo estamos en nuestro mejor momento.

Los dos necesitamos sanar todo esto que nos está rompiendo.

Esta experiencia… aunque no haya sido la peor de mi vida, sí me ha marcado.

Y tú necesitas convencerte de que el dolor que arrastras no tiene justificación.

No tienes ninguna culpa de lo que pasó. Fuiste el chivo expiatorio que ese tipo necesitó para explicar por qué ese dios suyo le había abandonado.

Primero con su mujer. Luego con su hija.

Me duele verle así, tan derrotado. Su ironía, sus juegos, eso que tanto me gusta de él… ha desaparecido. Ahora es un hombre roto. Y eso solo puede arreglarlo él. Yo no estoy en condiciones de ayudarle.

—Es mucho más fácil culpar a otro que aceptar que la vida es como es —añado—. Que no pudo salvar a su mujer. Que sí podría haber salvado a su hija, pero no lo hizo. No estuvo cuando ella más lo necesitó.

Tomo su mano entre las mías. La acaricio con suavidad, dejándole espacio para procesar mis palabras. Solo consigue decir:

—Eso no lo sabes. Ella...

—Ella buscó en ti el cariño que su padre no supo darle tras la muerte de su madre.

El tormento de la culpa hizo que Ferrer tejiera una venganza en la que tú eras el único culpable, solo porque la hiciste feliz, aunque fuera por un instante.

Era una niña inestable, frágil, tremendamente sensible.

Tú y yo conocemos ese perfil. Pacientes que necesitan ayuda desesperadamente, capaces de cualquier cosa.

Piden auxilio a gritos, pero él no lo escuchó.

—Siento que no es momento de que estés sola. Ava, déjame quedarme, cuidarte… quiero darte lo que nunca has tenido. Yo…

—Lucas… siempre he estado sola. Tal vez no estemos hechos para otra cosa. Tal vez sí. No lo sé. El tiempo lo dirá.

Se suelta de mi mano y se pasa los dedos por el pelo. Lo lleva algo más largo, le cae sobre la frente. Sería tan fácil pedirle que se quedara, que se metiera en la cama conmigo, que me abrazara hasta dormirme… Pero no sería justo. Para ninguno. No ahora.

Al final, tras unos minutos en los que casi flaqueo, se levanta y se inclina para dejarme un beso en el pelo.

—Está bien. Solo tienes que llamarme. No lo olvides. Una llamada y estoy contigo. Y esta no es la conversación que tenemos pendiente, Ava.

La forma en que pronuncia mi nombre, acariciando cada letra, me estremece. Lo siento en la piel.

—Vale… Lucas, cuídate.

Sale de la habitación cabizbajo. Lo oigo moverse en la contigua. Tal vez había traído algo para quedarse. Luego, la puerta. Y el silencio…

Conecto la alarma y me dejo caer en la cama, rota, vencida, sin contener más el llanto que llevo guardado desde que ese hijo de puta hizo conmigo lo que quiso.

Lucas no sabe la verdad. En el informe ginecológico no constan los desgarros de tercer grado.

Le pedí a la doctora que suavizara el texto, sabiendo que él lo leería.

No puedo permitir que vea cómo estoy realmente, ni lo que me espera.

Semanas muy duras. Dolorosas. Cada vez que voy al baño, incluso solo a orinar, es un suplicio.

No se merece vivir esto sin estar implicado. Al fin y al cabo, no somos nada.

Con las manos temblorosas, busco el móvil en la mesilla. Lo desbloqueo y, sin pensarlo demasiado, pulso el nombre de Saray en el registro de llamadas. Solo necesito oír su voz, saber que viene, que no voy a quedarme sola esta noche.

—Saray…

—Tardo cinco minutos, mi niña.

Y no sé si son cinco minutos, diez o dos días, pero cuando mi amiga y compañera llega, mis lágrimas ya han empapado la almohada. Se tumba a mi lado, me abraza y me acaricia el pelo, mientras me susurra que todo va a salir bien.