35 realidad #2
Su tono es tan grave que hiela la sangre. O lo haría, si no tuviera la adrenalina disparada, corriéndome por las venas como pólvora a punto de alcanzar el detonador.
—Ella y su compañera son las únicas que apostaron por tu inocencia desde el principio.
Con pruebas o sin ellas. Y fue ella quien propuso ese operativo.
Porque tú, pedazo de mierda, no lo sabes —continúa, sin darme tregua—, pero ese hijo de puta está convencido de que su hija se suicidó el veinticuatro de noviembre, justo cuando cumplía veinticuatro años.
¿Te suena el número? Cree que lo hizo porque tú la rechazaste después de habértela tirado.
Y hoy… veinticuatro de julio… tenías guardia. Y Ava cumple años.
Hace una pausa. Me mira con un deje casi compasivo antes de rematar:
—Por eso ella era su próxima víctima.
—¿Cómo? ¿Quién…? ¿Quién era? ¿Hoy es el cumpleaños de Ava?
Me mira con desprecio, se da la vuelta y camina un par de pasos.
—Lucía Ferrer —responde, dándome la espalda—. La conociste en septiembre, al parecer. Estuvisteis juntos un par de veces y le dijiste…
—…que no buscaba nada serio —susurro, clavado en el sitio, sintiendo cómo el pánico me sube desde el estómago como una oleada de bilis. Necesito aire. Pero no entra. Mis pulmones no responden.
—Caronte… Eh, Lucas… ¡Lucas!
Todo se funde a negro.
—¡Luc!
Es mi hermana. Se levanta de un salto de la silla junto a la cama y me toma la mano buena, esa en la que hay un pulsómetro y una vía conectada. Sus ojos están húmedos.
—Joder, qué susto nos has dado… Parece que has tenido un ataque de ansiedad.
—¿Dónde está Ava? ¿Qué hora es? —pregunto, mientras mis ojos recorren la habitación. Es la misma donde estaba ella. ¿Me han traído aquí por algo? Tal vez hayan pedido que me dejen a su lado. No sé. Todo es confuso. Recuerdo al comisario… su voz gélida, su mirada de desprecio… su amenaza.
Entonces entra Mario, de forma apresurada, jadeando.
—La han llevado a quirófano. Volverá pronto. Está en buenas manos —responde mi hermana.
—Lucas, bro… Todo ha terminado. Mañana iremos a presentar la denuncia. La tengo redactada. Después te tomarán declaración y… será como despertar de una pesadilla. Todo habrá quedado atrás.
—¿Atrás? —mi voz suena rota, incrédula—. ¿De verdad crees que esto se ha acabado? Ava ha estado en manos de ese perturbado que me culpa de la muerte de su hija… ¿Y tú crees que esto ya ha terminado?
Lo miro, encendido por dentro, en una mezcla de rabia, culpa y agotamiento.
—Para mí, esto no hace más que empezar —persisto—.
Una y otra vez, en mi cabeza. No puedo quitarme la imagen de Ava de la mente…
no puedo. La vi como a las otras chicas.
Solo que con ella… se ensañó. Y todo por mi culpa.
Eso… eso no se olvida. Es una puta pesadilla que me acompañará el resto de mi vida, Mario.
Mi amigo se desanuda la corbata —supongo que viene del juzgado— y se la guarda en el bolsillo del pantalón. La americana, imagino, la habrá dejado en el coche. Se pasa las manos por el pelo, visiblemente agobiado por lo que acabo de contarle.
—Mario, deberías dejarlo descansar —le pide mi hermana, con voz suave.
—Quiero ir a ver a Ava.
—No puedes. No creo que tarden mucho. La doctora dijo que serían dos o tres horas, y que volvería aquí.
Instintivamente miro mi muñeca buscando el reloj, pero no lo llevo puesto. Lo veo sobre la mesita plegable al lado de la cama. Trato de alcanzarlo, pero el cable de la vía y el dolor punzante en el otro brazo me lo impiden. Mi hermana se adelanta y me lo acerca. Le doy las gracias en un susurro.
Me dice que le ha contado a nuestros padres que he sufrido una caída y estoy en el hospital. Supongo que no tardarán en aparecer… y en enterarse de todo este follón.
Han pasado más de tres horas desde que me desmayé. Necesito saber que está bien, que la operación ha ido bien, y que no le quedarán más secuelas de las que ya le dejó, años atrás, el malnacido de su padre.
Mario habla por teléfono junto a la ventana, con la mirada perdida más allá del cristal. Mi hermana teclea en el móvil, supongo que hablando con mi cuñado, pero su cara sigue seria. No se separa de mi lado ni un instante.
Una hora más tarde —una hora eterna— aparece una enfermera para revisarme. Me toma las constantes y, con una sonrisa mecánica, me dice que estoy bien, como si yo no lo supiera. Me quita el pulsómetro y el suero, pero deja la vía «por si acaso». Genial.
Cuando la enfermera se marcha, la puerta vuelve a abrirse.
Ava entra tumbada en una cama, empujada suavemente por un celador y Saray, que no se ha apartado de ella en todo este tiempo.
Ava está aún adormilada, pero cuando me ve, sonríe.
Me acerco de inmediato, me inclino con cuidado y le tomo la mano entre las mías. Está fría, pero su tacto me reconforta.
Detrás entra Maya. En cuanto la veo, le hago un gesto para que me acompañe fuera.
—No te vayas, vuelvo en un segundo. Feliz cumpleaños, inspectora. Lo celebraremos como es debido, no lo olvides —bromeo, guiñándole un ojo.
—Aquí te espero, doctor. No te preocupes por eso… Nunca he celebrado mi cumpleaños. Nunca he tenido con quién. Se ve que no he sido importante para nadie —me responde con una sonrisa leve, cargada de melancolía.
—Ahora sí. Me tienes a mí —le digo en voz baja, sin soltarle la mano del todo hasta que me obligo a marcharme.
Cierro la puerta tras de mí, y oigo a mi hermana hablar con Ava desde dentro mientras me encamino con Maya por el pasillo.
—Todo ha ido bien. ¿Y tú? ¿Cómo estás? —me pregunta la ginecóloga, con los ojos preocupados—. Menudo susto nos diste.
—Lo siento —murmuro, aún tocado.
—Tendrá que quedarse unos días en el hospital, pero se recuperará. Eso sí… he visto lesiones antiguas. No sé si lo sabías.
Dudo. No es algo que me corresponda contar, pero tampoco puedo fingir que lo ignoro. Le explico por encima lo poco que sé, lo justo. Nadie más está al tanto de aquello.
Su rostro pasa por distintos matices: sorpresa, rabia contenida, tristeza. Al final, asiente con gravedad.
—Se recuperará del todo —me dice—. Pero no la dejéis sola. No ahora.
Como si tuviera a alguien más en quien apoyarse...
Han pasado tres días cuando, por fin, le dan el alta a Ava.
Saray y yo nos hemos turnado para que no estuviera sola en ningún momento.
Aun así, y pese a que ambos nos ofrecimos para acompañarla, se ha empeñado en volver a su casa.
Sola. Dice que necesita normalizar su vida en el lugar donde ocurrió todo; que no quiere alimentar traumas ni terminar vendiendo ese piso que tanto le gusta.
Ni Saray ni yo estamos de acuerdo. De hecho, ni siquiera la mujer del comisario ha conseguido convencerla para que se quede con ellos unos días. Pero no hay quien la haga entrar en razón.
Mientras tanto, yo ya he presentado la denuncia contra Ferrer.
Está en prisión provisional, a la espera de que se construya el caso…
o los casos. Imputarle cinco asesinatos confesos, un secuestro con violación y el ataque contra mí no es precisamente sencillo.
Aun así, el juez está decidido a que no vuelva a pisar la calle.
Aunque en este país parezca salir más barato matar a alguien que robar un cuarto de chóped.
Como en agosto la actividad judicial es mínima, se pasará todo el mes en prisión preventiva. Aislado. Vigilado. Por si se le ocurre quitarse la vida. Ojalá alguien lo hiciera por él…
Fui yo quien decidió ir a recoger a Ava. Y aunque intenta sonreír, la conozco demasiado bien como para no ver lo que hay detrás. No está bien. Y, le pese a quien le pese, no debería quedarse sola.
Saray le trajo un vestido cómodo, fresco, y unas sandalias planas que pudiera calzarse sin esfuerzo. Aún le duele el cuerpo. Lo sé, aunque no lo diga.
El taxi nos deja en la puerta de su edificio. Con la escayola, yo no puedo conducir. Subimos en silencio, pero mi mano no se separa de la suya. No hemos hablado de lo que somos, ni de si queremos ser algo. Y no sé si este es el momento.
Estuve en su casa con Saray un día en que Rubén, el sargento, se quedó con ella. Aprovechamos para limpiar el caos que había dejado la científica y ordenar todo como a ella le gusta. Para eso, al menos, sí que me sirvió mi memoria fotográfica.
Nada más entrar, Ava se dirige directamente al dormitorio. Se detiene en el umbral, me mira, y dice:
—Has sido tú.
—No sé de qué hablas, inspectora. ¿Quieres echarte un rato?
—Por Dios, no… Estoy harta de camas y de estar tumbada. Estoy bien, de verdad. Vete a casa y descansa. Llevas días sin dormir.
—Mañana. Ahora voy a preparar algo de comer —le contesto, intentando no dejar lugar a réplicas—. No me mires así, que te tengo fichada. Tienes la nevera llena de alimentos —enfatizo la palabra—. No sé cómo puedes bromear después de todo.
—Estás en mi casa. Y nos debemos una conversación. Claro que te miro así. Que no pueda, no significa que no quiera. Soy humana.
Da un pequeño paso hacia mí y acaricia mi cara. Le sujeto la mano contra mi mejilla, sintiendo el calor que emana de su piel, la electricidad que me eriza cada centímetro. Beso sus dedos con suavidad antes de separarla.
—Ve a descansar… o cámbiate. Si necesitas ayuda, silba. Yo iré preparando algo.
—¿Me cambio por otra? ¿Una rubia con más tetas que yo? —pregunta, con una media sonrisa burlona. ¿De verdad quiere seguir con las bromas? Bueno, quizá sea lo mejor.
—No, me gustan las tuyas. Y tu pelo. Y tus tatuajes. Si quisiera una rubia… estaría con Olivia —respondo saliendo de su habitación.
La oigo reír. Un sonido que me alivia más que cualquier medicina.
—Tampoco estás conmigo —añade con voz cantarina.
—Eres una bruja, Ava —le lanzo desde el salón.