El Dolor de la Culpa 35 realidad
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35 realidad

REALIDAD

LUCAS

Maya ha vuelto a acercarse a la habitación de Ava y me ha obligado a dejarla en manos de Saray, que no sé si debería estar tomándole declaración a ese hijo de puta en vez de estar aquí, pero ellos sabrán.

Me saca casi a empujones, obligándome a soltar el agarre de la inspectora, cuya mano libre de vías tenía aferrada con mi zurda.

Me arrastra para que me revisen el desastre que me he provocado en la mano.

No hace falta ser médico para saber que me he jodido al menos tres dedos, si no los cuatro, y diría que también el escafoides y el piramidal, a juzgar por cómo luce la hinchazón.

—Te has liado una buena en la mano, compi —comenta Maya cuando las puertas del ascensor, milagrosamente vacío, se cierran—. ¿En qué estabas pensando? ¿Te quieres dedicar a otra cosa o qué? Espero que no sea grave y puedan arreglarlo.

—Vaya, hasta te acuerdas de mí. Nadie lo hubiera dicho hace unos años —respondo con sarcasmo.

—Perdona, pero tu novia casi se me lanza al cuello la última vez que nos vio juntos.

—¿Carla? Empecé a salir con ella cuando ya tenía la plaza. En la facultad no estábamos juntos.

—Le faltó enviarme un comando de albanokosovares.

Niego con la cabeza. Carla y sus paranoias…

—Ahora sale con mi amigo Mario, ¿te acuerdas de él?

Justo entonces suena mi móvil. Al intentar sacarlo del bolsillo se me olvida que la mano está hecha polvo y suelto una maldición en hebreo a causa del dolor.

—Trae —dice Maya, y mete la mano en el bolsillo del vaquero para dármelo.

En la pantalla aparece, como si tuviera un radar, mi hermana.

—Ali, ahora no puedo hablar, pero cuando tengas un rato pásate por el hospital a recoger mi moto.

—¿Hospital? ¿Moto? ¿Qué...? Luc, ¿qué ha pasado? He oído lo de ese tipo… ¿trabajaba contigo? ¡Qué fuerte!

—Sí. Ava está aquí y yo… me he peleado con una pared. Probablemente necesite una férula o una escayola. Ahora me lo van a mirar. Te llamo en cuanto sepa algo.

—¡Ay, Dios! ¿Estáis bien? ¿Ella está bien?

—Todo lo bien que se puede estar cuando un psicópata te droga y te… Joder —la palabra se me atraganta—. Luego hablamos, Ali.

—Vale, Luc. Todo irá bien, estoy segura.

Guardo como puedo el móvil en el bolsillo, y Maya vuelve a la carga:

—Así que tu ex y tu amigo ahora son pareja… Curiosa es la vida. ¿Y tú? ¿Qué tienes con la poli? —pregunta, con esa insistencia que parece ya una afición colectiva. ¿Pero qué cojones le pasa a todo el mundo con mi vida?

—Nada en realidad —respondo, aunque ni yo mismo estoy seguro de si es verdad.

—Pues tenéis química, y mucha. Esa chica es una luchadora. En su lugar, otra estaría destrozada, pero ella… a pesar de lo que te he dicho antes, saldrá adelante. Y antes de lo que crees.

—¿Cuándo la intervienes? —cambio de tema con rapidez.

—Esta tarde. Estoy de guardia. Pero ahora vamos con lo tuyo, y deja de comerte la cabeza. Las cosas pasan, sin más.

Llegamos al ala de urgencias, donde por supuesto no me hacen esperar, ya que accedemos desde dentro.

Voy con mi identificación y Maya con la suya y el pijama puesto.

Una celadora me acompaña a rayos y, tras ver las estrellas cuando la radióloga me coloca la mano para hacer la placa, me envían a trauma directamente.

Alguna ventaja debería tener «ser de la casa».

Azahara vuelve a mi cabeza y, cuando estoy por entrar en la consulta, oigo que alguien me llama.

—Lucas, ¿no? —Una compañera de mi amiga, o eso creo, se acerca al verme por allí. Su rostro refleja preocupación—. ¿Qué te ha pasado? ¿Ya te han hecho la placa?

—Sí, sí, ya me va a ver el compañero, gracias.

—¿Cómo estás? No te vi en el entierro.

—No fui capaz. Estoy bien, ahora venía pensando en ella. ¿Y cómo va todo por aquí?

—Bueno, pues imagínate, tras el trago inicial, no hay mucho tiempo para pensar, pero joder, es que era tan maravillosa.

Maya nos mira sin saber de qué hablamos. Le he contado que lo han atrapado, y parece aliviada. La enfermera, tras unos efímeros minutos, se marcha despidiéndose con dos besos.

—¿Qué es eso? ¿Asesino? —me pregunta alarmada, bajando la voz.

«Lucas Caronte, consulta dos».

La megafonía me salva por el momento.

Entramos los dos y saludamos al compañero que, como suponía, me dice que tengo rotos el escafoides, el piramidal y el trapezoide, además de las falanges proximales del anular, corazón e índice.

—Espero que el otro haya quedado peor que tu mano —dice el traumatólogo, un tipo de unos cuarenta y cinco años, alto, no tanto como yo, delgado y de buen talante.

—La pared de la quinta en el materno, sí, ha quedado de lujo.

—Espero que no tengamos la culpa de nada de lo que haya sucedido —añade, alzando la vista.

—No, no, tranquilo. No tiene que ver con el servicio hospitalario.

—A ver... —mira el informe, supongo que para llamarme por mi nombre— Lucas, la mala noticia: tienes para rato.

La buena: las fracturas son limpias y no tienen desplazamiento, con lo que, si te portas bien con la inmovilización, será suficiente, pero mínimo seis semanas.

Y ya, ya sé que estamos en verano, pero tal y como lo veo, de momento te colocaremos una escayola y en unas semanas tal vez una férula.

Después tendrás que hacer rehabilitación. ¿A qué te dedicas?

Maya me mira y se encoge de hombros antes de decir:

—Haberlo pensado antes, Quijote.

—Soy patólogo, trabajo en el IMLCF.

—Jooder, pues, chico, pórtate muy, pero que muy bien.

—Lo haré. Mira, necesitaba unas vacaciones y estas van a ser forzadas, pero con antelación.

Me escayolan el brazo hasta casi el codo, y me entran los siete males de pensar en el calor y la puta escayola adornando mi brazo. El peso del yeso me resulta extraño, como si llevara puesto un guante de boxeo permanente. Me receta analgésicos para el dolor y el informe para que tramite la baja.

Por el camino de vuelta al hospital materno, Maya me interroga sobre lo que he hablado con la enfermera, compañera de Azahara.

Le resumo por encima, y se queda boquiabierta, alucinada de no haberse enterado de nada.

Bueno… sí que había oído algo: que habían encontrado a una enfermera de urgencias.

Pero no sabía que formaba parte de un maldito serial.

—Por Dios, Lucas, qué acojone… —murmura, llevándose una mano a la frente—. Entiendo tu frustración y también la comprendo a ella. Sus ganas de acabar con todo… Menos mal que lo pillaron a tiempo.

La miro, y siento cómo la rabia, que apenas contenía, empieza a hervirme por dentro de nuevo.

—¿¿A tiempo?? ¿Tú crees que lo que le ha hecho es pillarlo a tiempo? ¡Joder, Maya, que la ha destrozado! ¡Que casi la mata!

—No soy policía, pero imagino que sin una confesión solo podrían juzgarlo por agresión a ella. Esa chica es una heroína… Y te necesita. Porque, digas lo que digas, por si no te has dado cuenta, ella sí está enamorada de ti.

Esa verdad me golpea en el centro del pecho como una patada seca de kárate.

¿Y yo? ¿Qué siento por ella?

¿Esto que me empuja a querer protegerla, a cuidarla, a alejarla de todo y de todos para que nadie vuelva a hacerle daño…

es amor? Lo que me despierta es lo más parecido a lo que siento por mi familia.

Pero mezclado, claro está, con ese deseo crudo, eléctrico, que me enciende solo con tenerla cerca.

Una excitación que ni Olivia ha sido capaz de provocar jamás… y que me cuesta la vida contener.

Si eso es amar… entonces nunca lo he vivido. No así.

¿Estoy preparado para sentir algo así?

¿Merezco siquiera que ella sienta algo tan profundo por mí, cuando por mi culpa ha estado a punto de morir?

—Eh, Lucas… Vamos —la voz de Maya me arranca de toda esta vorágine de especulaciones.

El ascensor se ha detenido y ella ya ha salido, volviéndose hacia mí con los brazos en jarras—.

Ay, madre… No has cambiado nada. Ya estás dándole vueltas a todo otra vez.

¡No pienses tanto y vive, Lucas! ¡Vive, joder!

—Ahora entro —le digo, buscando el móvil en el bolsillo. Llamo a mi hermana para decirle dónde estoy y que venga a por la moto. Yo no pienso moverme de aquí.

—Cuéntame, hermanito.

Le respondo con lo poco que sé, que es casi nada. Espero que alguien me dé más información. Mientras tanto, los nervios me devoran. Noto el pulso en la mano, doloroso, insistente, como un tambor que se intensifica a cada latido.

Veo al comisario salir del ascensor. Al verme allí, en el vestíbulo, se detiene. Cuelgo y lo saludo con un leve gesto.

—¿Qué te ha pasado, hombre?

—Me he creído el Quijote —respondo con amargura.

—Tendrás que denunciar lo del móvil. Ese tipo está completamente ido, aunque tu compañero, el psiquiatra, diga que no. No es normal la historia que nos ha contado.

—¿Ha confesado? —pregunto, ansioso.

—No tenía escapatoria. Lo que le fue soltando a Martín durante su «secuestro», por llamarlo de alguna manera, lo incrimina de lleno. Y ya sabes que esas pruebas cuentan.

—¿Y por qué cojones esperasteis tanto? ¿A qué? ¿A que hubiera otra víctima?

El comisario me mira como si no pudiera creer lo que acaba de oír. Da un par de pasos por el pasillo, nervioso, y luego regresa a mi lado con gesto tenso, la mandíbula apretada, y la mirada dura. Está cabreado, eso es evidente.

—Mira, niñato de los cojones… —su voz rezuma rabia—.

No sé qué coño le has dado a mi mejor agente, pero jamás la he visto pelear por nadie como lo ha hecho por ti.

¿De verdad crees que yo estaba de acuerdo con este puto operativo?

Quiero a esa chica como si fuera mi hija.

Y no se merece esto. Ni esto ni la mierda que ha tenido que tragar a lo largo de su vida.

Se acerca aún más. Lo tengo a escasos centímetros. Puedo oler el café en su aliento y su perfume fuerte, amaderado, impregnado en su ropa. Me enderezo, obligándome a sostenerle la mirada.

—Así que más te vale que la cuides con tu vida —sisea—. Como ella ha hecho desde el primer puto día. Porque te juro por Dios que, si no lo haces, no habrá rincón en el mundo donde puedas esconderte. ¿Me has entendido, doctor?