34 Ava #2
—Luc... —Nunca me ha llamado así, y ese tono dulce que no suele usar, junto con el diminutivo, me eriza la piel, esta vez sí de una manera que me gusta—.
No te enfades conmigo, tú no, por favor.
Eres la única persona en la que confío. Y te recuerdo que tenemos una conversación pendiente, si todavía quieres.
Acaricio su pelo, algo enmarañado, y la miro a los ojos, enrojecidos y todavía húmedos. Sin pensarlo dos veces me acerco a sus labios y dejo un suave beso en ellos. Ella sonríe y su mirada se ilumina.
—No puedo enfadarme contigo. Pero he pasado un miedo atroz, no hagas esto nunca más, ni por mí ni por nadie. Te lo dije, no merece la pena que arriesgues tu vida. Nadie, ¿me oyes?, nadie es más valioso que tú. Mételo en esa privilegiada cabeza que tienes, inspectora.
Me preparo para comenzar el reconocimiento justo cuando suenan golpes en la puerta y una doctora que resulta ser excompañera mía de la facultad aparece en la estancia.
—Lucas, no sabía que vendrías tú.
—Hola, Maya, cuánto tiempo. —Me acerco a saludarla con dos besos y me doy cuenta de que a Ava no le ha gustado la familiaridad con la doctora.
Sus ojos se endurecen ligeramente—. Ava, Maya y yo fuimos compañeros en la facultad.
Espero que te haya tratado bien —trato de eliminar la tensión acumulada sin conseguirlo, claro.
—Ah, ¿pero vosotros os conocéis? —pregunta sorprendida mi antigua compañera.
—Sí —respondemos los dos mientras nuestras miradas se encuentran y una media sonrisa se dibuja en la cara de Ava.
La ginecóloga nos mira a los dos sin decir nada más, me entrega un informe y mis ojos viajan directamente a lo que no quería ver.
Desgarros vaginales de segundo grado provocados por objeto desconocido, se recomienda intervención para reparar los daños.
Trato de parecer calmado, debo ser profesional, pero es que Ava me afecta mucho más de lo que quiero admitir y mucho más de lo que me gustaría reconocer. Las palabras del informe se clavan en mi mente como esquirlas de cristal.
—Lucas... —No quiero mirarla, no quiero que me llame, no puedo hablar con ella, ni siquiera ver sus ojos apagados—. Lucas, por favor, mírame.
—Dame un segundo —le pido a Maya, devolviéndole el informe con manos temblorosas y saliendo de la habitación mientras oigo cómo me llama una vez más antes de hacerlo.
Salgo a la escalera donde ahora mismo no hay nadie.
Cuando compruebo que estoy solo, golpeo la pared sin tener en cuenta que mis manos son mi medio de trabajo.
Solo cuando el dolor se apodera de mis dedos y mi muñeca, y un alarido retumba en mis oídos, me doy cuenta de lo que estoy haciendo.
Me dejo caer derrotado en el escalón, dando rienda suelta al llanto que debía tener contenido desde no sé cuándo.
—Lucas, no hagas esto. Joder, ¿qué coño has hecho?
—Saray se sienta a mi lado y toma mi mano entre las suyas.
Sus dedos, cálidos y firmes, contrastan con el frío que siento extendiéndose por mi brazo.
Es entonces cuando me doy cuenta de que mis dedos están ensangrentados y los nudillos tienen un color violáceo, aparte del dolor punzante que siento en ellos y en la articulación de la muñeca—.
Hostia puta, te has roto al menos dos dedos, y veremos a ver la muñeca.
Eres un gilipollas, Caronte. Ava te necesita y tú te comportas como un imbécil.
—¿Que me necesita? —La voz me sale ronca, quebrada—. Está ahí por mí, ¿o es que no lo ves? ¿Sabes lo que le ha hecho? ¿Sabes siquiera si le van a quedar secuelas? Más de las que ya tiene. ¿Qué necesidad tenía de pringarse en esta mierda?
—Es su trabajo. ¿O te piensas que un poli como nosotros se dedica a estar detrás de una mesa rellenando papeleo?
—Sus ojos brillan con comprensión y firmeza—.
Y no —me calla cuando voy a hablar, alzando una mano manchada de mi sangre—, ni se te ocurra decir la parida esa de que si no te hubiera conocido...
Todo eso tenía que pasar por algún motivo, y tal vez es ese precisamente: que os conocierais.
¿Por qué? Solo el destino lo dirá, o el mañana, quién sabe.
Pero, o no la conozco, o en ningún momento se arrepiente de eso.
Puede que lo haga de muchas cosas, de haberse cruzado contigo en la vida, no.
Así que ahora, cacho capullo, entra ahí dentro.
Y si no eres capaz de hacer tu trabajo, llama a un compañero y quédate con ella.
Después vamos a que te miren esa mano, imbécil, que no vas a poder coger tu moto en una temporada.
Menuda bronca me ha echado. Ya hasta me parece gracioso. Sonrío con tristeza y ella me suelta la mano para abrazarme con fuerza.
—Gracias, Saray. Ava necesita amigas como tú. Vamos, joder, cómo duele. Es obvio que no puedo trabajar.
—También se merece a un capullo como tú, cuando no haces tonterías, claro.
Me levanto viendo las estrellas y volvemos a la habitación, donde Maya trata de consolar a una llorosa Ava. Al verme, deja de sollozar y, al comprobar el estado de mi mano, exclama:
—Pero ¿qué ha pasado?
—Me he encontrado con la pared, teníamos diferencias que resolver. —Intento sonreír, pero la mueca que me sale debe ser patética—. Déjame que llame a Inma para que venga a hacer el informe. Yo me quedo a tu lado.
—Lucas, esa mano tiene mala pinta. Vete a urgencias —me dice Maya, frunciendo el ceño con preocupación.
—Después. Ava me necesita más que esperar a que me hagan una placa.
—Ve, Luc, por Dios, que si no te la arreglan pronto... —Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez—. Es tu trabajo, ve, por favor. Saray se queda conmigo.
—No.
Llamo a mi compañera, que llega en apenas un cuarto de hora, y no me separo de Ava en todo el proceso.
Ella le cuenta todo como si estuviera viviendo una película y fuera solo un espectador, con una frialdad aterradora que me hiela la sangre.
Añade a su informe el reconocimiento ginecológico y, cuando da por concluido el resto de las pruebas, me invita a acompañarla a la puerta.
El dolor de la mano se ha incrementado y veo las estrellas solo al respirar.
—Lo primero, vete a urgencias ya, que tendrás que tramitar la baja. Y lo segundo, apóyala. Ya has visto que sigue en shock, es como si todo lo que ha pasado no fuera con ella. Y tú y yo sabemos que eso no va bien.
—Lo sé.
—Me marcho. Voy a contarle al jefe lo de tu mano, le diré que te has caído o algo se me ocurrirá. Tienes cada cosa. —Hace una pausa, su expresión se vuelve más seria—. ¿Te has enterado de quién es el asesino?
—Todavía estoy esperando a que me lo digan, pero lo de Ava es más importante para mí que saber un nombre.
—Es Ferrer. El de informática.
—¿Cómo dices? —La sorpresa me golpea como un puñetazo—. Pero si ese tipo parece de lo más centrado, siempre amable y servicial. Joder, ¿por qué? ¿Hablas en serio?
—Ve con tu chica y que te cuenten.
—Que no es mi chica, coño.
—Nadie lo diría —añade guiñándome un ojo.
Se acerca para darme un beso en la mejilla y se marcha, dejándome perplejo y con un millón de preguntas bullendo en la cabeza.