El Dolor de la Culpa 34 Ava
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34 Ava

AVA

LUCAS

No me responde. Ni siquiera me pasa con la inspectora. Eso basta para que se me dispare la alarma. Todo el vello de mi cuerpo se eriza de forma desagradable. El estómago me da un vuelco y tengo que salir corriendo al baño si no quiero dar un espectáculo.

—Lucas, ¿qué pasa? —la voz de Mia llega desde el pasillo. Como no le respondo, le importa una mierda y se cuela directamente en el baño—. ¿Qué pasa, Lucas? Por Dios, dime algo.

Me inclino sobre el lavabo, me enjuago la boca, me echo agua en la cara, en el pelo. El reflejo que me devuelve el espejo se parece demasiado al de uno de mis pacientes. Ojeras, ojos inyectados, temblor en la mandíbula. No soy yo. No puede serlo.

—Dímelo tú. ¿Por qué coño me ha llamado Saray para decirme que lo han atrapado, pero no me ha hablado de Ava ni me ha pasado con ella? Tú lo sabes, ¿verdad? ¿Qué ha hecho?

El teléfono vuelve a sonar. Es la alerta. Cuando lo veo, tengo que sujetarme al lavabo. Las piernas me flaquean y siento que el cuerpo no me responde.

Ella no.

—¡Cógelo, joder! —me grita Mia, pero mis manos tiemblan tanto que el maldito móvil resbala y acaba estrellándose contra el suelo. La llamada se corta. Vuelve a sonar. Es ella quien lo recoge esta vez.

—Sí… sí —la oigo decir—. Enseguida vamos. Vale.

La miro. Los ojos se me nublan de golpe. No sé si son lágrimas, shock o ambas cosas, pero ya no enfoco bien.

—¡¿Quieres contarme qué cojones pasa?! —le espeto, con una voz más alta que nunca. Me tiemblan las palabras.

—Eh, no me grites. Ava está bien… Bueno, estará. Está en el hospital. Necesita que vayas. Tú… o Inma, que acaba de entrar también. A fin de cuentas, es su trabajo atenderla.

—¿Qué? ¡No! Voy yo. ¿Qué han hecho? ¡Saray, dímelo!

—Le tendieron una trampa.

Todo se me viene abajo.

Esta vez sí me dejo caer al suelo, apoyado en la pared. Meto la cabeza entre las rodillas y trato de respirar. Pero la frase se cuela en mi cabeza como un disparo:

Ha estado en manos del asesino.

Y me golpea con la fuerza de setenta y cinco G, como los que sufrió Kubica en su accidente de Fórmula 1. Un impacto brutal.

La frase sigue ahí, repitiéndose, taladrando: Ha estado en manos del criminal. Ha estado en manos del criminal.

No puede ser. No puede ser ella.

No hay aire. O no llega. Mi cuerpo se acelera. El pulso me late en las sienes, en la garganta, en las muñecas. Cuatrocientas pulsaciones, si me fío de lo que siento. No consigo encadenar una respiración completa.

Ava.

La mujer más valiente que conozco. Más que Oliv. Más que cualquiera. Y ha estado con él. Con ese monstruo. Al borde de la muerte. Y, otra vez, por mi culpa.

—Pero… está bien, ¿no? —pregunto, apenas susurrando, con la voz áspera, irreconocible. Cuando por fin logro articular palabra, veo que Mia está arrodillada frente a mí, pasándome un paño húmedo por las muñecas.

Ella asiente. Pero no me alivia. Ese casi me carcome. Si no hubieran llegado a tiempo… Si algo hubiera salido mal… Ella ahora estaría…

Y yo, aquí, tratando de encontrar un porqué que no logro entender.

—Tengo que irme, tengo que estar con ella...

—Las piernas me tiemblan, negándose a sostenerme.

Mi mente conjura la imagen de Azahara, pero con el cuerpo de Ava en su lugar: atada, indefensa, sola, y tal vez drogada.

Una náusea inaguantable me sacude de nuevo, como una ola que arrastra todo a su paso.

La desesperación me devora por dentro, pero sigo sin reaccionar como debo.

¿Y si la ha...? Joder, joder, joder. ¿Cómo va a superar otro golpe como este?

Cierro los ojos un instante y por fin logro expulsar el aire con fuerza, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas.

No puedo quedarme aquí. Sin pensarlo más, me incorporo de un salto y salgo disparado hacia la mochila con el equipo de reconocimiento.

Necesito encontrarla. Necesito verla con vida, antes de que el miedo me juegue una mala pasada.

—Lucas. —La voz de Inma me detiene en seco al verme en este estado—. Voy yo. —Supongo que ha escuchado la llamada también.

—Ni de coña. Necesito estar con ella. Cúbreme, por favor. Y si pasa algo, yo... yo... —Me paso la mano por el pelo, exasperado—. A la mierda, Inma. Me da igual lo que pase.

—No te preocupes, pero ten cuidado con la moto. —Me da un apretón en el brazo, firme y reconfortante—. Ella estará bien, es fuerte.

—Pero no conoces nada de su pasado —respondo antes de salir a la carrera, llevándome casi por delante a Andrea, que llega con los cafés humeantes—. Perdón —me excuso sin detenerme.

—Pero ¿qué pasa? ¿Hay un incendio? —Es lo último que escucho.

Conduzco en modo automático, las calles se difuminan a mi paso hasta llegar a la habitación donde Mia me ha dicho que está Ava.

Sus compañeros aguardan en la puerta, con caras de no haber pasado un buen rato, y me saludan con gestos tensos al entrar.

Saray se acerca con rapidez al verme aparecer, sus ojos reflejan un cansancio profundo.

—Eres... joder, Reyes, he estado al borde del infarto.

—Lo siento, Lucas. Me quedé sin batería y luego ha sido un no parar. —Se frota las sienes con gesto frustrado—. No debería ni estar aquí, tendría que estar en el calabozo dándole una paliza a ese hijo de puta, pero no me han dejado.

—Qué bestia eres, por Dios, con lo mona que luces. —Bromeo, sintiendo que la tensión se afloja ligeramente—. ¿Puedes contarme qué coño habéis hecho y en qué estabais pensando para hacer esa locura?

—Pregúntale a tu chica —responde, señalando hacia la puerta cerrada—, pero ten paciencia con ella. Está todavía hasta arriba de ketamina y fentanilo, aunque creen que le ha puesto algo más. Además, sigue en shock.

—¿Quién era? O quién es, más bien, porque ese hijo de puta sigue vivo, ¿no?

—Sí. Mejor después, entra. Le vendrá bien verte.

—Saray. —Me mira cuando ya casi estoy llegando a la puerta de la habitación, y el resto de sus compañeros me observan también—. No es mi chica.

—Será porque no quieras. —Vaya con la inspectora Reyes, tiene respuesta para todo.

Tomo aire antes de entrar. El oxígeno me llena los pulmones, pero no logra calmar el nudo que se ha instalado en mi garganta.

Saludo al policía de uniforme que monta guardia en la puerta y le digo quién soy.

Una enfermera me mira al entrar; la conozco de algunas veces.

Me saluda con un gesto y me hace una seña con la cabeza para que espere.

Ava yace en la cama, tapada con una sábana blanca que contrasta con su piel pálida.

Lleva uno de esos camisones sanitarios que intentan ser prácticos pero que solo consiguen recordarte dónde estás.

Una vía con suero está conectada a su brazo derecho, donde distingo marcas de ataduras que hacen que un escalofrío recorra mi espina dorsal como una corriente eléctrica.

—Hola, Caronte. Está algo confundida, no sé si podrás sacar algo en claro. Ha sido bastante violento con ella. Ya ha estado aquí la ginecóloga, si quieres la llamo.

¿Violento? ¿La ginecóloga? Joder, joder, joder.

—¿Puedo ver el informe? —le pido en un susurro que no es lo suficientemente bajo, porque Ava se gira y me llama con un hilo de voz.

—¿Lucas? —Estira la mano libre hacia mí, y yo no dudo ni un segundo. Está sola, no tiene a nadie salvo a Saray, el comisario y su compañero más allegado, el sargento como se llame, y yo, que ni sé qué soy para ella, pero sí soy consciente de lo que conozco de ella y de que confía en mí.

—Ahora le digo a la doctora que venga, aunque supongo que has venido a reconocerla, ¿no? —pregunta la enfermera con discreción.

—Sí, a eso también.

—Os dejo. —Sale tan silenciosa que ni se oye la puerta al cerrarse.

—¿Por qué, Ava? —le digo nada más llegar a su lado.

Se incorpora o lo intenta, porque sigue mareada y parece que nota dolor porque se encoge.

Maldito hijo de puta, sea quien sea. Le impido que se mueva y me siento a su lado, tomo su cara entre mis manos, acariciando sus mejillas por las que corren lágrimas mezcladas con restos de máscara de pestañas—. No merezco esto, has podido...

—Shhh. —Sube su mano libre a mis labios y, sin ser muy consciente de ello, le dejo un beso en la yema, haciendo que me regale una sonrisa cansada—. No digas eso, y no ha sido como crees. Yo era la siguiente en su lista. Yo era su siguiente veinticuatro.

—¿Por qué? ¿Quién es? ¿Qué tiene que ver el veinticuatro?

¿Qué te ha hecho? ¿Dónde estaban tus compañeros?

—Las preguntas salen atropelladas—. Joder, Ava, mírate.

—Ahora soy consciente de que no solo es ella la que llora, sino que mis mejillas también están empapadas, porque ella las limpia con delicadeza.

—Pero lo contó todo, Lucas, no se libra de la prisión permanente revisable. Eres libre del todo, ya nadie va a sospechar de ti nunca. Y tu carrera y tu familia no se van a ver arrastradas por el barro. Cariño, ha merecido la pena. De verdad. Yo saldré de esta, siempre lo hago.

Sin darme cuenta del dolor que puede sentir, la incorporo un poco para rodearla con mis brazos, para oler el champú en su pelo que ahora tiene otros olores que me hacen no identificarla del todo. Aun así, su calor logra que en mi pecho se formen miles de sensaciones que no creo merecer.

—Dios, Ava... —sollozo en su oído—. Si llega a...

—Eso quería, que sufrieras, que murieras en vida, que sintieras el dolor como él. Lucas, necesito tumbarme, me duele... —Su voz se quiebra al final.

—Perdón. —La recuesto de nuevo y ella suspira aliviada, sus hombros se relajan contra la almohada—. ¿Qué te ha hecho?

—Nada que no se cure. —Aparta la mirada, pero no antes de que vea un destello de algo más profundo en sus ojos.

—Debería hacer mi trabajo —le digo tratando de ponerme la máscara de profesionalidad que ahora mismo no siento para nada. Lo único que quiero es sacarla de esa cama y, sí, aunque parezca una locura, llevármela a casa y cuidarla como nunca han hecho con ella.