33 por fin algo de luz #4
Tiro de él para llevarlo a mi habitación. No tengo ganas de alargar más esto. De camino, me quito las sandalias mientras lucho con la cremallera del vestido. Quedarme desnuda frente a él me aterra, pero hay que acabar con esto cuanto antes.
—Tienes prisa de verdad —murmura, mientras yo lucho con la cremallera sin mirarle—. Bien. Será más… placentero.
Me ayuda con el vestido y, sin quitármelo del todo, observa mi cama, con ese cabecero que combina hierro y madera. Perfecto para sus ideas.
Me pongo de puntillas para besarlo, pero me detiene con una mano en el pecho.
—¿Te importa quitarte el labial? Me desagrada su sabor.
—No tardo. Ponte cómodo. —Entro al baño, me apoyo en el lavabo y respiro hondo.
Al mirarme en el espejo, mis pupilas dilatadas me devuelven la mirada.
El miedo también provoca ese efecto. ¿Chicos, seguís ahí?
El «por supuesto» de los tres no tarda en llegar.
Son casi las cuatro de la mañana. Y Lucas vuelve a mi cabeza.
—¿Tienes lazos? ¿O un cinturón que no sea muy duro?
—No me gusta que me peguen —respondo desde el espejo al verle asomarse por la puerta, con el algodón ya en la mano.
—Ja, ja, ja... No, cariño. Solo voy a atarte. Lo vas a disfrutar mucho.
Hijo de puta.
—Ahí. —Señalo el albornoz que he sacado a propósito. Nunca lo uso, pero el cinturón servirá.
Se acerca y recorre mi columna con un dedo. El contacto me provoca oleadas de pánico. Lo observo a través del espejo mientras dibujo una sonrisa, ahora sin carmín.
—Mucho mejor así. Eres preciosa. No necesitas maquillarte como una puta.
Joder... ya se le asoma la vena psicópata.
Me giro para encararlo, pero antes de poder decir nada, toma mis manos con una delicadeza desconcertante, las une detrás de mi espalda y me arrastra fuera del baño con brusquedad, empujándome hacia la cama.
—¡Oye! Tampoco hace falta que seas tan bruto.
No lo veo venir. En un segundo, me ha inmovilizado en el cabecero y se ha deshecho del vestido. Siento un pinchazo entre la uña y el dedo. El dolor me hace ver las estrellas y dejo escapar un gemido.
—Lo siento. Esto no va contigo. No es nada personal —dice con la frialdad de un asesino cutre de una peli de sobremesa.
—¿Qué? ¿Pero qué haces? ¡No! Espera… Tú eres el que se carga a las chicas. ¿Pero yo? ¿Por qué?
—Eres lista, inspectora. Pero ya vas tarde.
Voy a contarte una historia —genial, es de los que narran su plan antes de matar, como esperábamos—.
Yo tenía una familia, ¿sabes? Una mujer maravillosa.
Una hija preciosa. Y ahora no tengo nada.
Solo me queda hacer que ese médico de mierda se arrepienta el resto de su vida por cruzarse en el camino de mi niña.
—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? —forcejeo con las manos, el nudo está hecho con precisión. Lleva guantes. Me sujeta las piernas, que patalean con menos fuerza a cada segundo. En el pinchazo ha debido inyectarme algo más.
—Eres importante para él. Las otras solo eran daño colateral. Como la pobre enfermera. ¿Cómo se llamaba…? Azahara. Eso es. Intentó negociar conmigo, me juró que nunca se había acostado con él. Creía que soy idiota. Ese hijo de puta se tira a todo lo que se mueve.
—Te dijo la verdad. Pero sigo sin entender qué tiene que ver eso con tu familia.
—Mi mujer murió de cáncer hace dos años.
A mi hija le costó superarlo. Cayó en malas compañías, empezó a experimentar…
y conoció a tu amante. Él se aprovechó de ella, la metió en sus juegos.
Y cuando ella se enamoró, él le dijo que no quería nada serio.
Adara se suicidó el día de su cumpleaños, el veinticuatro de noviembre.
—¿Y por eso culpas a Caronte? ¿Por qué no la llevaste a un psiquiatra? Según tú, lo estaba pidiendo a gritos.
La droga ya se ha instalado en mi cuerpo. No estoy lúcida. Apenas percibo cómo me recorre con la mirada. Me acaricia con descaro, ignorando que apenas puedo moverme. Llevo puestas solo las braguitas de encaje. Como las demás.
No veo venir la bofetada. Me estalla en la cara y me gira la cabeza.
—No se te ocurra llamarla loca.
—No, si el único loco eres tú. ¡Maldito pirado, suéltame!
Consigo soltar un pie, pero lo atrapa al instante. Sus manos, enfundadas en nitrilo, ascienden hasta mi sexo. Aparta la tela de golpe y me penetra de forma brutal, sin previo aviso. El dolor es tan agudo que me encojo instintivamente.
—Las otras chicas fueron más sumisas. Sabía que contigo sería diferente.
Además, a Caronte lo tuyo le dolerá más.
¿O crees que no veo cómo te mira? No podrá superarlo.
Aunque no he podido inculparlo, al menos estará muerto en vida.
Estas muertes le pesarán. El dolor de la culpa lo perseguirá hasta el final de su miserable vida. Yo ya no tengo nada que perder.
Sigue hablando mientras su mano me lacera por dentro. El dolor es insoportable. Me lleva de nuevo a la infancia. No soy consciente de que estoy gritando hasta que oigo la voz de Darío por el auricular oculto: «Lo tenemos. Vamos a por él.»
—Eres muy flexible… Tal vez contigo pueda probar otra cosa. ¿Cómo era eso que le gusta a Lucas? ¿Shibari?
Saca la mano con violencia, como si quisiera partirme en dos. Me da la vuelta, separa mis piernas y dobla uno de mis tobillos hasta el muslo, atándolo con… ¿bridas?
Hijo de puta. Lo tenía todo preparado.
—No… por favor… para… —Mi voz suena lejana. Intento moverme, pero mis músculos no responden. Siento cómo ata la otra pierna de la misma forma. Me coloca la cabeza de lado. Qué detalle… no quiere que me asfixie todavía.
Se coloca sobre mí. Creo oír el sonido de su cinturón. Luego ya no oigo nada. O no quiero oírlo.
El mundo se reduce a cuatro paredes y un techo que se me vienen encima. El aire es denso. No he programado la climatización. Y aunque sé que es mi casa… los olores de mi hogar ahora me resultan ajenos.
Ahora… esto es una prisión.
Las ataduras me laceran la piel… o eso creo, porque el dolor se percibe lejano, como si fuera solo una ilusión que no termina de asentarse en mi carne.
La tela de las sábanas se ha convertido en una cárcel.
Su tacto, antaño suave, ahora me resulta áspero como piedra, como una roca viva que raspa cada centímetro de mi cuerpo.
Mis movimientos son lentos, torpes, igual que mis pensamientos. No soy capaz de luchar.
Sigo notando su peso sobre mí, sin saber con certeza qué está haciendo. A veces tengo la sensación de que pequeños insectos recorren mi espalda, pero no sé si es real… o parte de la alucinación. ¿Es el miedo? ¿Es la droga? Ya no estoy segura de nada.
Solo hay una verdad entre toda esta irrealidad: Lucas. Sus ojos, de ese extraño tono verde que varía con sus emociones, y esa mirada cargada de tormento, marcada por una culpa que no le pertenece. Todo esto habrá valido la pena si consigo que este hijo de puta acabe entre rejas.
Aun así, el instinto me grita que alce la voz, que pida ayuda.
Pero no puedo. Siento que ni siquiera la voz me responde.
Este silencio, que tantas veces he buscado para huir del ruido del mundo, ahora me aterra.
Daría lo que fuera por estar entre las paredes de la comisaría, entre el bullicio de mis compañeros, bajo la seguridad de mi jefe.
Estoy atrapada. No solo en esta habitación, sino dentro de mi propio cuerpo, que se ha convertido en una carcasa rígida, ajena, que se niega a reaccionar.
¿Dónde están mis compañeros? ¿Por qué no suben? ¿A qué están esperando?