El Dolor de la Culpa 33 por fin algo de luz #3
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33 por fin algo de luz #3

Tengo que controlar las ganas de salir huyendo tras darle una patada en los cojones para que deje de acercarse y pegarse a mi culo al ritmo de lo que sea que hace.

Es un baile latino —no es que no me gusten, pero es obvio que no quiero bailarlo con este tipo—, y tengo que hacerlo si quiero que crea que pretendo acostarme con él.

Sus manos me guían con una confianza que me revuelve el estómago, los dedos se deslizan por mi espalda con movimientos que pretenden ser sensuales pero que me resultan repulsivos.

El calor de su cuerpo contra el mío es asfixiante, y su aliento contra mi cuello huele a whisky y a algo más que no logro identificar.

Después de esa tortura insufrible, Alejandro Sanz y Shakira cantan Bésame. Joder con el DJ, está sembrado hoy. Claro que no pensaría eso si fuera otra persona la que se estuviera frotando conmigo como si fuera un estropajo contra una sartén.

Bebo un poco más y empiezo a notar los efectos del narcótico.

Me propone tomar otra copa, pero le digo que no me apetece, y cuando se despista un poco me acerco a una maceta, vaciando el resto de la copa en ella.

Dejo solo los hielos, que me llevo a los labios para que crea que me la he bebido.

El frío del cristal contra mi piel contrasta con el calor sofocante del local.

Ahora soy yo la que tiene que interpretar el papel de su vida.

Con todo el asco que me provoca la situación —a pesar del atractivo de Álvaro—, comienzo a bailar de manera sensual, rodeando su cuello, pegándome a su cuerpo, frotándome con él y fingiendo que las drogas están cumpliendo su objetivo.

Al menos parte de él. No a todo el mundo le afecta igual y, mira por dónde, a mí me va a dar por desinhibirme.

Después de esto me voy a ir un mes de vacaciones, y si Lucas me sigue el rollo, con él.

—Hace mucho calor o soy yo —le digo, abanicándome con la mano—. Voy fuera un momento.

Estoy convencida de que él sí que lleva un buen calentón, aunque tal vez su propósito inicial no era ese. A juzgar por el bulto de su pantalón, este juego que me estoy inventando le pone, y mucho. No sé cuánto más podré estirar la cuerda.

Me paso la mano por el cuello; lo cierto es que hoy hace una noche especialmente calurosa y el alcohol —y lo poco que haya ingerido de la mierda que me ha dado— hacen que mi temperatura haya subido.

Me aparto la coleta hacia un lado y él aprovecha para besarme el cuello, provocándome una repulsión que tengo que controlar ni sé cómo.

Sus labios húmedos se adhieren a mi piel como una sanguijuela.

Lo aparto tratando de juguetear con él y avanzo unos pasos antes de que vuelva a atraparme y me rodee la cintura con su brazo.

—Si quieres nos vamos ya.

Me pregunto si a las otras también las besó y las tocó como a mí.

¿Cómo es posible que sus huellas no estuvieran en el cuerpo de las chicas?

¿Las limpió después? ¿Con qué, que no deja rastro?

¿O es que conmigo está actuando distinto?

Esa pregunta me da pánico, porque no sé si el siguiente paso es el mismo.

Le miro antes de responder, me muerdo el labio y él lo suelta con sus dedos. El aroma de su perfume me llega intenso de nuevo, produciéndome ansiedad. Mis piernas flaquean y, sin que pueda controlarlas, me sujeta por la cintura.

—Creo que sí, deberíamos irnos —susurro cerca de su boca, provocándolo—. Seguro que en otro sitio estamos más cómodos y frescos.

Mientras tanto, sigo escuchando el pulso acelerado en mis oídos.

Cada vez más alto.

Más rápido.

Más intenso.

—Estoy seguro, aunque lo de frescos no tanto, no con lo que tengo en mente... —su brazo sigue rodeando mi cintura y me habla cerca de mi oído—. ¿Te he dicho lo sexy que me pareces?

Supongo que mis compañeros han oído todo lo que ha dicho. Oigo a Darío por el pinganillo: «Nosotros salimos ya también, no te preocupes, sigue entreteniéndolo hasta que lleguemos antes que vosotros».

—¿Me adelantas algo? —ronroneo mientras doy un traspiés fingido y él me agarra más fuerte.

—¿Puedo preguntarte algo? —su tono ha cambiado. Ya no está tonteando, ahora es serio. No me gusta nada.

—Claaaro —alargo la vocal para que parezca que estoy más ida todavía. Estudiar los efectos de las drogas sirve para mucho, y verlos también.

—¿Tienes algo con Lucas, el forense? —hostia puta, esto se sale del guion.

—Nooo, bueno, follamos una vez —sé por lo que hemos investigado que no le gustan las palabras malsonantes, que en algún momento de su vida la religión fue importante para él, y lo he hecho a propósito—. O me folló, más bien.

Su mandíbula se tensa imperceptiblemente. Punto para mí.

—¿Cómo es eso? —me mira sin soltarme mientras caminamos entre la gente.

Ya he visto salir a mis compañeros y me detengo para darles tiempo. Le miro y, cuando voy a responder, me pone un dedo en la boca y añade:

—No me lo cuentes, casi no quiero saberlo. Prefiero fantasear que no has estado con él. Que solo eres mía.

Madre mía, este tío se pincha. Que tengo treinta y dos años, ¿de dónde coño se ha escapado?

—Álvaro, tengo treinta y dos años, eres consciente de eso, ¿verdad? Y que no soy de nadie, de eso también, ¿no? —por muy drogada que tenga que parecer, a este pirado se le va la pinza y por ahí no paso.

—Solo es un juego, preciosa, solo por hoy. O no, ¿quién sabe? —se encoge de hombros con fingida indiferencia—. No me gustan las chicas que se acuestan con cualquiera.

—Pero tú no eres cualquiera, ¿no? —sonrío con coquetería calculada—. Me gustas, eres atractivo, interesante, y me has puesto a mil con tus bailes... además, ya nos conocíamos.

Sigo provocándolo, no puedo dejar que se nos escape. Solo tenemos una oportunidad.

—Juguemos entonces, bella.

Por fin hemos salido a la calle. El aire nocturno me golpea la cara como una bofetada fría, pero no logra despejar la tensión que se ha instalado en mi pecho.

Ahora veo que sus ojos son de un castaño dorado que se aclara si le da la luz.

Bonitos, pero fríos para el color que tienen.

Me mira y me pone la piel de gallina porque veo una frialdad que en pocos criminales he visto: es la mirada de alguien que le da igual todo, de quien no tiene nada que perder.

Y es cierto, él ya lo perdió todo.

En la puerta, la gente fuma, charla, se ríe.

Me ha parecido ver la moto de Saray doblar la esquina justo cuando salíamos.

Me apoyo en la fachada del edificio y respiro hondo.

Las piernas apenas me sostienen y el brazo de Álvaro se me antoja una garra que no solo me aferra, también me corta el aire.

El poco oxígeno que debería llenar mis pulmones ahora se niega a entrar.

—¿Has traído coche? —le pregunto, fingiendo una voz pastosa, no mucho, solo lo justo—. ¿A qué quieres jugar? Tengo el jenga, cartas, una consola… —me hago la graciosa, a ver si cuela que es efecto del narcótico.

—A algo un poco más excitante —responde mientras acaricia mi cara.

Su mano desciende por mi cuello, se desliza por la garganta y baja hacia el escote del vestido.

Mis pezones se erizan, aunque no de placer.

Él, claro, no lo sabe. Le gusta lo que insinúa el tejido, lo que adivina bajo la tela—.

Veo que te parece una buena idea —añade, con la mirada clavada en mis pechos.

Cuando vuelve a mirarme a los ojos, entrecierro los míos y le sonrío como una idiota, cruzando las piernas con falsa coquetería.

—Me gusta que tu cuerpo se anticipe a mis juegos, cariño.

Cariño, dice. Será cabrón.

—¿Nos vamos ya? Si sigues provocándome aquí, luego tendrás más trabajo… porque me habré corrido sin que me toques —le susurro al oído, desafiándolo.

Tira de mi mano y tropiezo, esta vez de verdad.

Casi caigo, pero me sujeta con fuerza y me arrastra hasta un coche aparcado en las inmediaciones.

Nada especial, un Renault cualquiera. Pulsa el mando, abre la puerta y me mete dentro casi de un empujón.

Me río, más por el absurdo que por diversión.

Cuando se sube, me observa, desconcertado.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Te ha entrado prisa de repente.

—Me tienes a mil, sí. Dile al navegador tu dirección.

—¿No tienes casa? —le lanzo, provocadora.

—No llevo a chicas —responde sin pestañear.

Menudo morro. Y yo, al parecer, sí tengo que llevarlo al mío.

—¿Y por qué crees que yo sí llevo a tíos que acabo de conocer a casa? —intento sonar divertida, mantener la voz algo tomada, aunque no sé si lo consigo—. No es por nada, pero no me gusta dormir con nadie.

—No hay problema. Me iré después.

Bueno, al menos su modus operandi sigue siendo coherente.

Le doy mi dirección con el corazón desbocado. La conoce de sobra, pero finge tomar nota. En pocos minutos, estamos subiendo en el ascensor. Me he percatado de que mis compañeros siguen apostados en el coche aparcado frente al portal.

Durante el escaso trayecto en el elevador, algo ha cambiado en su mirada.

Ya no hay deseo, como creí haber visto en el pub.

Ahora hay otra cosa, algo oscuro que asoma desde el fondo.

Me acerco a él y juego con los botones de su camisa.

Su mano baja hasta mi culo. Supongo que sigue con su teatrillo.

Al menos, por ahora. La verdad es que nadie sabe qué ocurre exactamente desde que las contacta o las acompaña hasta casa…

hasta que las mata. Tengo que llevarlo a mi terreno.

Da un paso más. Vuelve a besarme el cuello. No se ha atrevido con mis labios. Tal vez, como sospechábamos, el rojo lo incomoda. Ninguna de las chicas llevaba labial. Quizá se lo quitaba él…

Abro la puerta de casa y la alarma salta.

—Ay, joder, que se me ha olvidado apagarla… Dame un segundo —saco el móvil y desactivo la alarma desde el llavero del dispositivo—. Ya está… es que me estás volviendo loca.

—Eso espero. Que te dejes llevar —su tono es siniestro, o quizás solo me lo parece.