33 por fin algo de luz #2
Llegamos demasiado rápido. Son las doce y, aunque no he ingerido nada desde hace mil horas, mi estómago no parece afectado por ello. Al contrario, se ha convertido en un nudo compacto de nervios.
—El sujeto ha llegado hace cinco minutos —me informa Darío por el auricular, su voz crepita ligeramente por la interferencia. El agente Ledesma, nuestro novato preferido—. En unos minutos me acerco a vosotras y me llevo a Saray. Tranquila, jefa, que lo vamos a trincar. Feliz cumpleaños, por cierto.
Ese era el plan. No tenemos ni idea de si este individuo sabe que la inspectora es lesbiana, pero dada su ideología tan particular en cuanto al sexo, igual cree que ha cambiado o se ha «reformado». Es una apuesta arriesgada, pero es lo que tenemos.
Entramos en el local tras quitarnos los cascos. Saray los mete en una funda de lona y los amarra a la moto. Supongo que luego habrá poco tiempo para pararse a nada.
Si todo sale como está previsto... pero cuando algo puede salir mal, normalmente sale mal.
Nos acercamos a la barra a pedirnos una copa y nos quedamos por allí, cerca de la pista de baile. Hay bastante gente a pesar del calor y de la fecha en la que estamos. El ambiente está cargado, una mezcla de sudor, perfumes baratos y alcohol que flota en el aire acondicionado.
No puedo dejar de pensar en que si falla algo, Lucas...
Borro esa idea de mi mente de un manotazo mental y me convenzo de que somos los mejores.
Si ese tío es inteligente, yo estoy más que preparada para enfrentarme a él, no solo físicamente —las artes marciales me conceden la disciplina que necesito ahora—, sino también a nivel emocional.
Nadie sabe nada de mi vida pasada y jugamos con la baza de saber quién es él.
Es decir, sabemos —o estamos seguros casi al cien por cien— de que es el asesino, mientras que él ignora que lo conocemos.
—El sujeto se acerca a vosotras, chicas —la voz de Darío llega nítida a mi pinganillo. Por el gesto de Saray, imagino que ella también lo ha oído.
Se acerca para decirme algo al oído, como es habitual cuando la música está alta. No mucho, pero sí lo suficiente para tener que acercarse. Se mueve divertida, bailando con naturalidad, mientras que yo intento hacer lo mismo sin lograr sentirme natural. O eso creo.
—Relájate, Ava, que pareces un palo —me susurra Saray al oído—. Sé que es complicado, pero sé natural. Lo tienes a las seis.
Un escalofrío me recorre la espalda. Trago saliva con dificultad.
—Joder, es que no es por mí, es por Lucas, te lo juro.
—Ya lo sé, pero estamos contigo. No te preocupes —trata de tranquilizarme Saray, apretándome brevemente el brazo.
Ahora me doy cuenta de que el antro se ha llenado y que las luces se han hecho más tenues, proyectando sombras danzantes en las paredes.
Ha cambiado hasta la música: algún reguetón que ni escucho suena con ese ritmo machacón.
Intento relajarme. Muevo el líquido de la copa provocando ondas en el gin tonic que apenas he probado.
El hielo tintinea contra el cristal. Si todo va como siempre, o me pondrá algo en la bebida o tal vez yo seré de las que no tienen el privilegio de no darse cuenta de qué pasa.
Saray interpreta el papel a la perfección hasta que Darío llega y la toma de la cintura.
—Uy, uy, como se tome muchas confianzas, veremos a ver—.
Se acerca a su cuello y le dice algo; ella sonríe y afirma mirándome.
Me dice que sale un momento, y entonces siento —o tal vez solo es mi imaginación— el cambio en el aire, una presencia que se acerca por detrás.
Poso la copa en la barra con manos que tiemblan imperceptiblemente y me subo a uno de los taburetes.
Mi pulso se acelera, la piel de la nuca se me eriza como si miles de hormigas caminaran sobre ella.
Lo he visto varias veces, pero ahora que noto hasta el perfume caro que lleva —una mezcla de cedro y bergamota—, ya no me parece tan buena idea el plan que hemos trazado.
Se coloca a mi lado con movimientos fluidos, casi felinos, y me sonríe.
Es atractivo, y joven, demasiado para...
En fin, debe rondar los cuarenta y pocos, o al menos eso parece.
Tiene los ojos oscuros como pozos sin fondo y el pelo entrecano con un corte moderno que cae sobre su frente en ondas perfectas.
Sí, es más atractivo en las distancias cortas.
Y eso, de alguna manera, lo hace mil veces más peligroso.
Decido tomar la iniciativa. Ganar tiempo, medir cada palabra, cada gesto. Me paso la lengua por los labios y, sin apartar la vista de los ojos del hombre, levanto la copa con aparente despreocupación. El cristal resbala ligeramente entre mis dedos húmedos.
—¿Te conozco? —le pregunto, con una voz que oculta el temblor en mi estómago. O eso espero.
El tipo sonríe, inclina la cabeza y juega con su copa, elevándola entre sus dedos largos y cuidados antes de responder.
—Tal vez. O tal vez te estaba esperando —hace una pausa, saboreando mis reacciones—. No, ahora en serio, sí, trabajo en el IMLCF. Últimamente has estado mucho por allí. Soy Álvaro.
—Ahhh, es cierto, Ava —me acerco para darle dos besos, inhalando ese perfume caro que ahora conozco tan bien—. No nos habían presentado. Sí, por desgracia he estado más de lo que me gustaría.
—¿Y cómo va el caso? —pregunta, ladeando la cabeza con curiosidad fingida—. Perdón, supongo que no podréis hablar de ello. Pero como no han dicho nada ni en las noticias ni nada...
Su tono es algo frío para ser el asesino. Lo hace muy bien.
—Es cierto, no podemos decir nada, el juez lo tiene todo bajo secreto de sumario. Y si te soy sincera, no sé cómo han logrado que no trascienda.
—Bueno, no hablemos de trabajo, aquí no estarás para eso, ¿no?
—Te lo agradezco, sí.
La música sigue, la gente baila, pero no soy consciente de nada, solo de esa permanente sensación de peligro que esa sonrisa seductora me provoca. Las luces estroboscópicas crean un efecto sobre su rostro, alternando sombras y destellos que lo hacen parecer aún más inquietante.
Estoy entrenada para situaciones estresantes, pero un solo error puede ser fatal. Debo seguir con la comedia y mantener la calma. Solo un instante me diferencia de ser la presa o la cazadora.
Sé que si aguanto lo suficiente, él bajará la guardia y creerá que me ha llevado a su terreno. Y entonces todo habrá acabado.
Me mira de tal forma que hasta diría que le gusto. Ha aprendido muy bien el arte de la seducción, pero yo ya he jugado a esto y sé cuál es su papel y el mío.
—¿Vamos a un sitio más tranquilo? —pregunta, con una falsa dulzura que destila por cada palabra.
—¿Te parece si bailamos un poco antes? —respondo, forzando una sonrisa coqueta—. No sé si mi amiga volverá o se habrá marchado. Voy un segundo al baño y la llamo, después bailamos un par de canciones, o nos tomamos otra en una zona más tranquila, ¿te parece?
Le sonrío a la vez que poso mi mano en su brazo de manera que pretende ser casual. Su músculo se tensa bajo la tela de la camisa. Nada es casual en esta función.
Se acerca a mi oído, tanto que siento su aliento cálido contra mi piel, y me dice en un tono que sería sexy, pero que me eriza la piel por otro motivo:
—Me parece perfecto, Ava, la noche es joven.
Mi pulso retumba en mis oídos de tal manera que diría que se oye desde donde están mis compañeros. El corazón me late tan fuerte que temo que pueda sentirlo a través de la palma de mi mano.
Por el pinganillo, la voz de Darío me recomienda que sea prudente, como un susurro lejano que apenas logro procesar. Castaño me recuerda que ya está haciendo guardia delante de mi casa, en una plaza de aparcamiento que lleva horas reservada para este fin.
Miro a mi alrededor y en una esquina veo a Saray bailando con Darío. Me acerco a ellos; se supone que iba a decirle a mi amiga que me quedaba con este tío.
—¿Bien, Ava? —la preocupación en el tono de Saray es más que evidente. Sus ojos me escudriñan buscando señales de alarma.
—Todo lo bien que cabe esperar. No entiendo cómo puede ser tan cínico —aprieto los dientes—. Joder, se ha cargado a cinco chicas a sangre fría.
—Sin poder mirarlas a la cara, no lo olvides —me susurra Darío, fingiendo que me acaricia el brazo—. No es un sádico, solo busca venganza. Parece mentira que tú, con tu formación, digas eso. Viene, así que sigue con tu papel. Creo que le ha puesto algo a tu bebida.
—Pensé que te habías ido —dice Álvaro, apareciendo a mi espalda como una sombra.
Su mano se desliza hasta mi cintura, acariciándome con una familiaridad que me eriza la piel de forma tan desagradable que me produce una náusea que debo controlar.
Me doy la vuelta tratando de que me suelte sin que se note que me desagrada su tacto, y le sonrío.
Espero ser convincente, porque a ratos sigo pensando que soy la presa.
—No lo pretendía, no sin ti, al menos —miento con dulzura forzada—. Vi a mi amiga y me acerqué en vez de llamarla.
Me tiende la copa con un gesto galante. Le doy un trago corto, dejando que el líquido apenas roce mis labios. No es cuestión de que, si me ha echado algo, empiece a hacer efecto tan pronto. Necesito estar lúcida más tiempo.
Parece que la música se detiene cuando me ofrece bailar, apartándome de la seguridad de mis compañeros. Mi corazón se acelera, deseando saltar de mi pecho. Tengo que tratar de controlar los latidos o en algún momento cometeré un error.
No soy novata.
He tratado con tipos peores.
Mi padre era uno de ellos.
Mis compañeros están conmigo.
—Me gusta esta canción, ¿a ti no? —pregunta, y ni sé qué suena hasta que se pega demasiado a mí.