33 por fin algo de luz
POR FIN ALGO DE LUZ
AVA
Unos días antes…
Me ha costado un mundo convencer al comisario de que era la única opción que teníamos.
Que, aunque estamos casi cien por cien seguros de quién es ese maldito animal —y tal vez hasta entendamos por qué hace esto—, necesitamos pruebas.
Porque sabe cubrirse las espaldas. Y lo hace bien.
Pero no tan bien como para evitar que Daniel Font, el experto en ciberseguridad, haya dedicado todo su tiempo y esfuerzo a localizar el móvil desde el que se hackeó el de Lucas.
Tirando del hilo, de esa persona, hemos descubierto mucho más.
Pero ahora queda lo más difícil: pillarlo.
Y para eso no hay otra forma. O al menos, no se nos ocurre ninguna mejor.
Es alguien meticuloso, reservado, centrado únicamente en su trabajo…
y en vengarse de Lucas. Ha convertido esto en algo personal.
Y, lo quiera o no, también lo ha hecho personal para mí.
Porque sí, llegados a este punto, quiero acabar con esto.
Estoy segura —no es un presentimiento, es una certeza— de que si alguien puede conseguir que deje de sentirme sola y de buscar compañía ocasional como simple parche…
es él. Lucas. Aunque él aún no lo sepa. Pero de eso me encargaré yo cuando todo esto termine.
Hemos sometido al sospechoso a un seguimiento exhaustivo.
Y hemos descifrado —o eso creemos— la secuencia del número veinticuatro.
Caótica, sí, pero con una lógica retorcida que para él tiene sentido.
El problema es que ya no quedaban muchas chicas más…
y al final, no me quedó otra que confesarle al comisario que la siguiente en esa macabra lista… era yo.
—Me cago en la puta, Martín. ¿No había más tíos a los que tirarte que a este tarado?
—A ver, a ver… que el tarado no es Lucas. Es el puto asesino —le espeto, clavándole la mirada.
—¿Me vas a decir que es normal lo que hace tu doctorcito de los cojones? ¿Y que encima te gusta? —el tono del comisario sube con cada palabra—. Martín, ¡todo esto ha sido una puta cagada! Has ocultado información crucial para la investigación, no has…
—No creo que lo que la inspectora haga o deje de hacer en su tiempo libre y en su cama sea de su incumbencia, comisario —interviene el juez Casasola.
—Ya, ya, Casasola… Sí. Mejor me callo. No iba por ahí. Es solo que… joder, Ava, que se te va la olla. ¡Que no, coño! Que eres mi mejor activo. No pienso ponerte en riesgo.
Se levanta de la silla con un golpe seco, frustrado.
Yo sigo sentada frente a la mesa. A mi lado, Saray.
Detrás de mí, Rubén. No quiero ni imaginar lo que estará pensando en este momento.
Siento su mirada clavada en mi espalda, pero mi mente está a kilómetros de aquí…
y unos cuantos días atrás. Una cita, o lo que fuera aquello.
Tanto, que ni siquiera me doy cuenta de que Miguel me está hablando hasta que Saray me da un leve codazo.
—Inspectora, exponga otra vez el plan que se le ha ocurrido —me anima el juez.
Ahora sí. Castaño y Saray hacen piña conmigo. Les contamos lo que hemos previsto. Paso a paso. Preciso. Sólido. Sin fisuras.
Al final, al comisario no le queda más remedio que claudicar. El tiempo apremia. Y no podemos permitirnos fallar.
Son horas y horas de planificación al milímetro. No puede fallar nada. Ni un solo paso en falso. Él es muy inteligente. Y además está herido. Lo suyo no es una venganza cualquiera, y eso lo vuelve aún más peligroso. Porque no le importa nada. No tiene nada que perder. Y nosotros sí.
Yo sí.
Alguna vez he deseado no estar aquí. No vivir este momento en el que mis ganas de seguir adelante son proporcionales a las ganas de acabar con toda esta mierda.
Con todo. Al menos salvar a las chicas que aún siguen con vida.
Que viven ajenas a todo esto. Ignorando que su nombre ya forma parte de una cuenta regresiva.
Gracias al juez, y gracias también al marido de la abogada de Lucas, todo se mantiene en riguroso secreto.
Incluso para las familias. No sé cómo lo consiguen.
Me cuesta imaginar a una madre o a un padre de una víctima...
callar. Yo me pondría a remover cielo y tierra.
Pero es cierto que nos hemos reunido con ellos.
Que les hemos explicado —al menos en parte— que estamos trabajando en ello.
Que hay un proceso en marcha. Un plan. Después, cuando esto termine, podrán hablar.
Podrán gritar. Señalar. Acusar. Podrán explayarse a gusto.
Pero ahora necesitamos su silencio. Y su confianza.
Y eso, a veces, pesa más que cualquier evidencia.
La noche anterior a la guardia de Lucas…
Estoy nerviosa. Si dijera lo contrario, estaría mintiendo.
Sé que no hay margen para el error, pero somos humanos… y él, un animal herido. Y eso lo complica todo. No es un psicópata ni un sociópata al uso, como creíamos al principio. No. Lo mueve un motivo mucho más poderoso que cualquier trastorno.
El amor.
O eso cree.
Me he puesto un vestido corto, llamativo, aunque sé que no hace falta. Sabe que soy yo. Su víctima número seis.
No tengo veinticuatro años, pero hoy, veinticuatro de julio, es mi cumpleaños… o lo será, cuando el reloj marque las doce.
Nunca he celebrado esta fecha. Nunca tuve ni con quién ni por qué. Pero justo hoy… Hoy me gustaría celebrarlo con Lucas. Cuando todo esto acabe.
¿Podré?
¿O acabaré siendo, de verdad, su víctima número seis?
Me he recogido el pelo en una coleta.
Le gusta así. Lo sabemos. Todas las chicas la llevaban cuando las encontramos. Todas menos una: la última. Lucas comentó que con el no. Le gusta que el cuello esté despejado. Imagino que fantasea con eso. A mí me conoce. Sabe que suelo llevarlo recogido. Nada fuera de lo normal.
Nada que le haga sospechar.
Nada que rompa el patrón.
Puedo llegar a empatizar con él. Y eso no es bueno.
Pero podría entenderlo. Su comportamiento es humano.
Dolorosamente humano. No como el de mis padres —mejor dicho, mis progenitores—.
En ellos no había nada natural. Pero empatizar no es justificar.
Y lo que está haciendo… no tiene perdón.
Mucho menos, el ensañamiento con Lucas, al que culpa de su desgracia.
En mi dormitorio hay dos cámaras camufladas. Una en un jarrón con una cala artificial. La otra, en el cabecero, oculta dentro de un coletero que siempre llevo por casa.
Además, el piso está protegido con alarma y otra cámara vigila la puerta de entrada, escondida tras el marco. Todas tienen inhibidores de señal. Rezo para que no lo detecte.
Llevo un pinganillo más pequeño que una lentejuela. Todo lo que hablemos llegará a mis compañeros. Solo espero que no cambie su modus operandi. Solo eso. Que no cambie de lugar.
Me he pintado los labios de rojo. Sé que no le gusta.
Pero es una forma de sentirme segura. O al menos, de intentar convencerme de que lo estoy.
Mientras me abrocho las sandalias, pienso en Lucas.
Me llamó antes, pero no pude hablar con él.
Cuando respondí, lo noté raro. Distante.
No quise que se diera cuenta de nada. Es perspicaz, más de lo que me gustaría.
Me lee como si fuera un libro abierto. No puedo permitir que sospeche.
No me dejaría seguir adelante con el operativo.
He quedado con Saray. Él sabe que nosotras salimos de vez en cuando juntas; no me cabe duda de que conoce todos mis movimientos, al menos los que tienen que ver con Caronte.
Hace años que no rezo. Nunca he sido especialmente creyente, sobre todo desde que mi madre miraba para otro lado y, por más que yo pedía a Dios y a todo el que se me pasaba por la cabeza que me sacaran de allí, nunca pasó.
Aprendí que era yo la única que debía valerme por mí misma. Ahora sigo con el mismo pensamiento.
Pero a pesar de que no es mi primer caso complicado, en este estoy especialmente alterada —o nerviosa, no sabría definirlo— y quiero que pase ya.
Así que me encuentro delante del espejo del baño, donde contemplo el reflejo de mis ojos de color zafiro en vez del azul más claro de siempre.
El vidrio frío me devuelve una imagen que apenas reconozco: ojeras marcadas, la mandíbula tensa, los labios apretados en una línea fina.
Me sonrío al reflejo con una mueca que no llega a mis ojos y, como si fuera una especie de mantra, susurro las palabras que necesito oír:
—Lucas se merece que lo atrape.
Mi voz suena ronca en el silencio del baño, apenas un murmullo que se pierde entre los azulejos de la pared.
—Lucas se merece que lo atrape.
Esta vez lo digo más fuerte, cerrando los puños sobre el borde del lavabo hasta que los nudillos se me ponen blancos.
—Por Lucas y por ellas.
—Por Lucas y por ellas.
Una llamada me saca de mi concentración. El teléfono vibra con insistencia contra la encimera. Es Saray, que me dice que está abajo.
—Wow, pivonazo, nena —dice al verme aparecer en el portal, silbando entre dientes—. ¿Cómo estás? Podemos abortar, lo sabes, ¿no?
Sus ojos me escudriñan con preocupación, buscando algún signo de debilidad en mi expresión.
—Ni de coña. Hoy lo pillamos, aunque sea lo último que haga.
—Joder, tía, no digas eso que me da algo —se lleva una mano al pecho, fingiendo un infarto—. ¿Qué voy a hacer sin ti? Y lo que es peor, Lucas se moriría. ¿Eres consciente de eso?
—Vamos. —Me acerca el casco y me lo pongo, ajustándome la correa bajo la barbilla antes de subirme detrás de ella.
El cuero del asiento cruje bajo mi peso.
Por el pinganillo oigo la voz metálica de Castaño informándome de que ya están por la zona—.
Saray, Rubén dice que ya están allí. A por todas, compañera. ¿Recuerdas la contraseña de mi alarma?
—Claro, no lo olvidaría por nada del mundo.
Su respuesta llega amortiguada por el rugido del motor al arrancar.