32 otra guardia más… #3
—Ni is mi imigui —me corta con voz infantil, como si tuviéramos la edad de sus hijos—.
Que nos conocemos, hermanito. Sé cómo te brillan los ojos solo con pensar en ella.
Lo que hagas después, o no hagas, ya es cosa de tus neuras y tus tonterías.
Y me voy, que los peques seguro que quieren bajar a la piscina antes de que llegue tu cuñado.
A veces me gustaría ser como él...—La miro, extrañado.
No tengo ni idea de a qué se refiere. Siempre creí que era feliz con su trabajo y su familia.
Pero ese tono... y la expresión apagada, que creí simple agotamiento, quizás no lo sean.
—No es nada, solo saturación. A estas alturas del verano, él hay días que ni viene a comer.
Ya sabes, con eso de trabajar en el quinto carajo, le compensa quedarse allí.
Si no fuera por mamá y papá —o por sus propios padres— yo creo que algunos días colapsaría.
—¿Y no puedes delegar?
—Es que no quiero. ¿Por qué tengo que ser yo la que lo deje? ¿Porque soy la madre? ¿Mi carrera y mi empresa valen menos que su trabajo? —Su voz se eleva sin quererlo, hasta que recuerda que no estamos solos.
—¿Y por qué tuvisteis a los niños, entonces? Si sabías que te ibas a ver desbordada...
—A ver, esto va a sonarte fatal, y no pienses lo que no es.
Los adoro, ¿vale? Son lo mejor de mi vida.
Quizás algún día diga lo contrario, pero hoy por hoy lo son.
Pero… yo no lo tenía tan claro. Oliver sí quería.
Adri fue buscado, Nerea vino sin más… Y luego él ascendió, y...
Joder. Que no, que el que está mal eres tú.
Lo mío es solo agotamiento. No te preocupes.
Se pone en pie y me abraza con fuerza. Me quedo allí, preocupado, con la firme intención de preguntarle en unos días cómo está de verdad.
Los niños aparecen corriendo y se me tiran encima justo cuando me iba a levantar.
—Tito, recuerda que la próxima vez habré crecido más y me tendrás que subir sí o sí —dice él, muy serio.
—Lo iremos viendo, peque.
—¡Pues yo también quiero! —añade su hermana, tomándome la cara entre sus manitas. Habla tan cerca que puedo oler el chocolate que debe haber comido hace poco.
—A ver, chicos, nos vamos ya. Dejad al tito tranquilo, que ahora toca ducha y contarme lo que habéis hecho hoy —interviene Ali.
—Vaaale —responden al unísono, cogiendo sus mochilas.
Se despiden de mi padre, que aparece en el salón como si tuviera alas en los pies, porque ninguno lo ha oído llegar.
Luego hacen lo mismo con mi madre y vuelven a lanzarse a mis brazos.
Aprovecho ese momento para aspirar su olor a colonia infantil mezclado con cloro de piscina. Me inunda una ternura inesperada.
Me acerco a mi hermana, la abrazo, dejo un beso en su pelo y le susurro:
—Piénsalo bien… y cuenta conmigo para todo.
Ella asiente y me da un beso en la mejilla.
—Todo es todo, Ali.
—Lo sé, peque.
Paso un rato más con mis padres y, cuando mi madre se pone intensa con el interrogatorio, decido que ha llegado la hora de marcharme. Me despido de ambos, y me hacen prometer que vendré el domingo a comer. También estará Ali.
Mi sueño, como cada noche previa a una guardia, es agitado.
Incómodo. Nervioso. Apenas consigo enlazar un par de horas seguidas.
Harto de dar vueltas en la cama, me levanto a las cinco.
Me doy una ducha rápida, como si el agua pudiera aclararme las ideas, y me tomo un café con el habitual nudo en el estómago.
No sé si hoy sonará el teléfono. No sé si me tocará atender a otra conocida.
O si esta vez aparecerán huellas también sobre el cuerpo de la chica.
Eso sería todavía más difícil. Una cosa es transferir una huella a una superficie inerte, y otra muy distinta a un cuerpo vivo o recién muerto, donde las células se renuevan cada segundo.
Sobre las seis y cuarto cojo la moto y pongo rumbo a la sierra, al mirador donde estuve por última vez con Ava.
A estas horas está desierto. Me quedo un rato allí, apoyado en el manillar, contemplando cómo las luces de la ciudad cambian de color a medida que amanece.
Cuando veo que se acercan las siete y media, me subo de nuevo a la moto, ajustándome el casco y los guantes —que siempre llevo, da igual la estación—, y como si fuera camino del matadero, pongo rumbo al IMLCF.
Voy rogando en silencio a ese Dios en el que no sé si creo, y a la Virgen a la que rezaba en la escuela, que por favor… hoy no haya ninguna maldita llamada. Que esta pesadilla acabe de una vez. Por mí. Pero sobre todo, por ellas. Porque ni siquiera lo saben.
—Buenos días, jefe.
Como sabe que me molesta, Mia siempre me llama así en cuanto me ve aparecer. Pero también, como siempre, me ofrece otro café. No sé cuántos caerán hoy.
—No tienes cara de haber dormido mucho —añade, observándome con esa mezcla de ironía y preocupación que la caracteriza.
No me da tiempo a responder.
Es la puta llamada.
Esa que no quiero oír.
—Lucas, se ha acabado. Lo tenemos.
—¿Saray? ¿Cómo que lo tenéis? ¿Por qué me llamas tú? ¿Dónde está Ava? Quiero hablar con ella. Dile que se ponga… Saray…