El Dolor de la Culpa 32 otra guardia más… #2
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32 otra guardia más… #2

—Ha bajado al supermercado a por unas cosas que se me olvidaron. No esperaba que llamaras —me lanza una mirada cargada de preguntas que no se atreve a formular.

—Mamá, no he venido para que hagas nada especial. Solo me apetecía pasar un rato con vosotros.

—¿Me echas una mano con la ensalada? —responde, eligiendo ignorar lo que acabo de decir. Lo sabe. Está claro que no se cree ni una palabra.

En la encimera se amontonan los ingredientes: canónigos, tomatitos cherry, rúcula, picatostes… Saco el queso de cabra y unas nueces de un bote que encuentro en la despensa. Con lo organizada que es ella y el caos absoluto que soy yo… Ya podía haber salido a ella, joder. Al menos en algunas cosas.

Adri y Nerea aparecen como si lo tuvieran ensayado: abren el cajón donde la abuela guarda los manteles y se llevan uno sin dudar.

Supongo que ya saben cuál es el que toca.

Me los quedo mirando, y no puedo evitar sentir cierta envidia por mi hermana y la familia que ha formado.

Nunca pensé que llegaría a sentir algo así, pero…

no sé. Será todo esto que estoy viviendo. La sensación de vacío. La nostalgia.

—Algún día, cariño. Algún día —dice mi madre, que no pierde detalle de mi expresión.

—No lo creo, mamá. No estoy hecho para ser padre ni para tener una familia… aunque me encanta la de Ali. Y adoro a esos niños, ya lo sabes. A mi edad tú ya nos tenías a los dos… y bastante creciditos.

—Pero los tiempos cambian, hijo. Y tu carrera no es precisamente una que se saque en dos días. A pesar de todo, lo lograste antes que muchos. ¿Quién es, Luc?

—¿Quién es quién? —pregunto, mirándola sin entender… o mejor dicho, sin querer entender a qué se refiere.

—La chica que te hace pensar en familias y niños.

Jooooder.

—Nadie, mamá. No hay ninguna chica.

—Bueno, vale. ¿Quieres vino? Ya sabes dónde está.

—Cuando venga papá. No te preocupes.

Seguimos preparando los ingredientes de la ensalada mientras los niños van y vienen colocando todo con un orden que parece coreografiado. Poco después llega mi padre con las compras que mi madre le ha encargado. Descorcha una botella de vino y saca una tapa de queso.

—¿Cómo tú por aquí, hijo? —dice, repitiendo el ritual de siempre. Al parecer, hay costumbres que no cambian nunca.

—Mira, me ha dado por venir. Sabía que los peques estaban aquí y hace días que no los veía —miento con la soltura de quien no quiere enfrentarse a lo obvio, aunque sí, la verdad es que estar con mis sobrinos también ha influido. Me recargan. Me devuelven a tierra.

—Bueno, pues nos lo creeremos… ¿verdad, Tanti?

—Sí, cariño —le responde mi madre, con ese descaro juguetón que siempre me descoloca.

Entre estos dos nunca hay tregua. En fin…

Al menos me libro del interrogatorio adulto cuando Nerea viene corriendo a contarme no sé qué historia sobre la escuela de verano a la que van por las mañanas, hasta que en agosto sus padres cojan vacaciones.

Les encantan las actividades que hacen allí, y así mis padres solo tienen que recogerlos algunos días, si su madre no puede.

Sobre las cinco y media llega mi hermana a recoger a los niños, pero al verme en el sofá, se acomoda a mi lado.

Hacía días que no nos veíamos. Y aunque hablamos a menudo, me gusta pasar tiempo con ella.

A pesar del calor sofocante que azota la ciudad, su empresa de guías turísticos no para.

Con los turnos de vacaciones, además, le ha tocado hacerse cargo de algunos grupos.

Tiene el rostro agotado, y el bochorno no ayuda.

Mi madre aparece con dos vasos de limonada bien fría y se lleva a los niños al despacho, que últimamente hace las veces de sala de juegos dejándonos a solas.

—Ali, déjame a los niños el finde y marchaos a la playa. Oliver no trabaja el sábado, iros cuando salga el viernes —le propongo.

Ella me mira negando con la cabeza mientras recoge su melena rubia en un moño improvisado con una de esas gomas que parecen un cable de teléfono antiguo. Exhala un suspiro largo, cansado.

—No, hombre, ¿cómo me voy a ir dejándolos aquí, con lo que disfrutan en la playa? Además, ya solo quedan unos días para irnos. Y tú tampoco estás mucho mejor que yo… ¿Se puede saber cuánto peso has perdido? —pregunta, incorporándose para acercarse y acariciar mi barba desordenada.

Tiene razón. No estoy comiendo bien. Desde lo de Azahara, mi mente va por libre. Me sigue jugando malas pasadas. Aún no consigo asumir que ya no está. Que se haya ido por mi culpa. Por más que Olivia, Mario o incluso Ava insistan en que no fue así… yo no lo veo tan claro.

—¿Crees que estoy todo el día subido a la báscula?

En verano apenas tengo ganas de comer… Y estoy agotado, Ali.

Me ha tocado todo lo jodido que ha pasado en esta ciudad en los últimos meses.

Y soy humano, ¿sabes? A uno no lo preparan para esto.

Al menos a mí no. Parece una racha interminable de desgracias.

Y si encima le sumas los asesinatos, y el hecho de que ni siquiera tengo claro si realmente estoy exculpado...

—A ver, idiota. Si fueras culpable o siquiera presunto, no estarías aquí tirado en el sofá conmigo, ¿no crees?

—Me toma las manos entre las suyas, apretándolas con fuerza—.

No me parece que, con pruebas tan claras, te hubieran dejado irte de rositas.

Ese juez sabe lo que hace. Y tu amiga la inspectora también.

—No es…