El Dolor de la Culpa 32 otra guardia más…
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32 otra guardia más…

OTRA GUARDIA MÁS…

LUCAS

Sí, ya sé que, de momento, no ha habido novedades.

Que lo que encontró el amigo de Mónica en mi móvil ha servido para exculparme en gran parte.

Pero no consigo librarme de este dolor, de esta culpa que me atenaza el pecho, ni de lo mucho que echo de menos los mensajes de Azahara.

Sigo entrando en su perfil, ese que su familia aún no ha borrado, y reviso una y otra vez las fotos que nos hicimos juntos.

No debería haber muerto. Ninguna de ellas.

Pero ella… menos que nadie. La sensación de vacío que se instaló en mí el día que la atendí sigue ahí, como un agujero negro que amenaza con tragarme entero. No sé si algún día lograré salir de él.

Azahara.

Tendida, expuesta, inerte. Tan frágil como nunca la vi en vida, tan fría... El mundo se me vació de sentido en un segundo.

Y aún así, tuve que acercarme. Tuve que tocarla. Con manos que temblaban bajo los guantes de látex, con el alma hecha pedazos y la voz hecha trizas por dentro.

Los forenses no lloramos a nuestros muertos. Nos limitamos a hacer nuestro trabajo. A cortar. A pesar. A describir. Pero esa mañana… Esa mañana fue diferente.

Porque era ella.

Me senté. No sé cuánto tiempo. No sé si alguien entró, si alguien dijo algo. Solo recuerdo su nombre rebotando en mi cabeza. Y las preguntas. Las putas preguntas.

¿Por qué no supe protegerla? ¿Por qué no intuí nada?

¿Por qué ella?

Después vinieron las fotos. Los informes. El patrón que se repetía. Y más tarde el rostro del juez. Y las sospechas. Y el dedo invisible apuntando siempre a mí. A mí, que no pude salvarla.

Desde entonces, no ha habido un solo día en el que no piense en ella. En su forma de reír, en todo lo que quedó por decir. Por tocar. Por vivir.

Tampoco ha habido una sola noche en la que no despierte sudando, creyendo escuchar su voz, su risa, su despedida. Y sé que, aunque encuentren al cabrón que le hizo esto, aunque lo vea pagar, aunque lo vea pudrirse en una celda, yo no voy a poder perdonarme nunca.

Porque fui yo quien la metió en esta historia.

Sé que Ava espera solucionarlo todo. Que tal vez, después de esto, podríamos…

Solo pensar en ella hace que el corazón me dé un vuelco. Como no me ocurría desde hace años. O quizá nunca. Pero también sé que no quiero hacerle daño. No estoy preparado. Y ella… ella merece todo lo bueno que la vida pueda ofrecerle.

Yo no soy esa parte buena.

No puedo serlo.

No creo que vuelva a estar listo para una relación.

No merezco que me amen.

Tengo que pagar por todo lo que ha pasado. Por cada error, cada omisión, cada cadáver.

En el fondo, el único culpable… soy yo.

Mañana me toca guardia otra vez, y solo de pensarlo me recorre una punzada por la espalda.

Repaso la lista de las chicas una y otra vez, intentando adivinar quién será la siguiente.

No tengo certeza de nada. Solo miedo. Y un pulso que va a mil mientras el estómago se me cierra por completo.

Ni siquiera el café, que tanto necesito, logra entrar.

He intentado hablar con Ava, pero no he conseguido localizarla. Estoy tentado de llamar a Saray, aunque no tengo nada concreto que decirle. En realidad, lo único que quiero es saber si tienen algo. Alguna pista. Cualquier cosa.

Lo que sea que me prepare para la puta llamada al 112 en cuanto pise el IMLCF mañana por la mañana.

Olivia, sin embargo, sí que llama. Es cerca del mediodía. Yo sigo tirado en el sofá, con el alma hecha jirones, esperando como quien aguarda su turno para la inyección letal en el corredor de la muerte.

—Hola, Oliv.

—Uy, ese tono no me gusta nada… Vamos, Luc, que a ti no te pega ir de alma en pena. Me planto en Córdoba en cero coma y te espabilo a hostias.

—Ni se te ocurra. Ese hijo de puta sigue suelto y, aunque ya no tenga el control de mi móvil, no me tranquiliza en absoluto. No te quiero cerca de mí ni en mil kilómetros a la redonda.

—¿Cuándo vas a dejar de castigarte por algo que no es culpa tuya? Ese tío está pirado, y lo que hace responde a una mente enferma, no a tus decisiones. Lo único que deberías tener claro es que tú no tienes nada que ver.

—¿Sabes lo que es vivir con la culpa pegada al cogote? ¿Pensar que si no me hubiera cruzado con ellas, seguirían vivas? No, Oliv, no tienes ni puta idea de lo que se siente.

—¿De verdad crees que no he perdido a gente a la que debía proteger? ¿Se te olvida dónde trabajo? Vamos, Lucas, no seas imbécil. Deja de revolcarte en la autocompasión, sal a tomar algo con Mario, juega con tus sobrinos, fóllate a alguien, joder, ¡haz algo! Porque ya está bien. ¿Cuánto ha pasado?

—No creo que eso importe.

—¿En serio?

Guardo silencio. Me conoce demasiado. Sabe, sin necesidad de que lo diga, que ella fue la última. Y que lo será por mucho, muchísimo tiempo.

—Tengo una semana libre. Pasado mañana, cuando salgas de guardia, estaré esperándote. Y tú y yo nos vamos. Aunque sea un par de días. Así que ve haciéndote a la idea.

—Ni lo sueñes.

Me dice hasta luego y cuelga, dejándome con cara de gilipollas y el móvil aún en la mano. Lo miro un segundo más, como si fuera a sonar otra vez, y luego lo dejo caer en el sofá con desgana, frustrado. Decido recoger un poco el caos que me rodea, a ver si así mi cabeza también se ordena.

Dos horas después, el piso parece otro. Tan recogido que me cuesta creer que alguna vez haya estado así de limpio.

Llamo a mis padres. No sé muy bien por qué, pero siento la necesidad de verlos.

Como si algo me empujara a volver a mi zona segura: al olor de mi madre, a su abrazo; a esa infancia que se esfumó hace demasiado tiempo.

El calor en la calle es insoportable, como si el asfalto sudara rabia.

Salgo con la moto, me pongo el casco y noto el aire caliente pegándose al cuello como si llevara una bufanda de lana gruesa.

Hoy no me he cruzado con mi vecina, lo cual me extraña.

Tal vez se haya echado un novio y por fin me deje en paz.

Sonrío con ironía mientras salgo del garaje.

Justo al tomar la calle Claudio Marcelo, de camino a casa de mis padres —en esa urbanización perdida donde también vive mi hermana—, entra una llamada.

—¿Si?

—No he podido cogerlo antes. ¿Pasa algo? —Por fin. La voz de Ava. Solo oírla me relaja un poco, aunque su tono no es el más cálido del mundo.

—Eh… no, nada grave. Solo que hacía días que no sabía nada de ti y… bueno, eso. Solo quería saber cómo estabas.

—Anda, el doctor me echa de menos. Eso me gusta, Luquitas. —Su voz suaviza un poco—. Perdona, hemos tenido unos días de locos. Las vacaciones, la investigación… No quiero rayarte con mis tonterías. ¿Tú qué tal?

—Pues nada especial. He recogido el piso, y ahora voy a casa de mis padres a comer con ellos. Supongo que estoy regular.

—¿Tú comiendo con tus padres antes de una guardia? Con lo del piso ya sé que estás regular—añade con sorna.

—Antes de una guardia no suelo hacerlo, ya lo sabes. Me quedo en casa o salgo por la noche, pero nunca voy a su casa. Y hoy… no sé, necesitaba hacerlo. Tengo malas vibraciones. ¿Tenéis algo nuevo?

—Te cuento cuando nos veamos, ¿vale? ¿Vas con la moto?

—Sí. Y por tu culpa ahora la veo de otra manera. O mejor dicho, sigo viéndote a ti encima. Y no sabes lo que eso me jode…

—Te dejo, no vayas a matarte por mi culpa. Que tengas buena guardia mañana.

—Bruja —le digo cuando me cambia de tema.

—Yo también te quiero doctor.

¿Y si…?

¿Por qué no…?

Sin apenas darme cuenta, llego a casa de mis padres.

Abro el acceso al garaje y dejo la moto justo delante del coche de mi madre.

Subo las escaleras, y antes de cruzar el umbral, el inconfundible olor del sofrito para la pasta me golpea con fuerza, haciéndome salivar como si no hubiera comido en días.

Nada más abrir la puerta, las voces de mis sobrinos inundan la entrada, transformando mi ánimo en cuestión de segundos.

—¡Tiiiitooooo! —grita Nerea, lanzándose hacia mí como una bala. La atrapo justo a tiempo; viene descalza y con los pies húmedos. Supongo que acaban de subir de la piscina y se habrá escapado sin secarse al oirme.

—Ven aquí, Aurora, que te vas a abrir la cabeza —le digo, abrazándola con fuerza.

—No me gusta esa princesa, ¿todavía no lo sabes, tito? —responde ofendida.

—No tengo la culpa de que te parezcas a ella, princesita —le guiño un ojo.

—Pues a mí que no me despierte ningún niño con un beso o le parto la nariz. ¡Ni se le ocurra! —espeta con ese desparpajo que me desarma, arrancándome una carcajada mientras la estrecho aún más contra mi pecho.

—Así se habla, peque. Que yo no me entere de que vas besando a cualquiera por ahí, ¿eh? Ni ahora ni nunca, ¿me oyes?

—Bueno… a lo mejor cuando tenga diez. O más —dice, levantando los deditos para hacer la cuenta.

—Ni hablar, señorita. Ni a los diez ni a los cincuenta —le digo divertido, besándole uno por uno los dedos con teatralidad.

—¡Pues tú te besabas con Carla! ¡Y, y, y…! —empieza a acusarme, pero la interrumpo riendo.

—¡Anda, anda! Ve a secarte los pies, que a la abuela le va a dar un parraque como te vea chorreando por el pasillo.

—¡Titooo, ya he crecido! ¿Me das una vuelta? —pregunta ahora Adri, que aparece con las chanclas puestas y el bañador seco. Mi madre, desde la cocina, nos lanza una sonrisa cargada de ternura.

—Nerea, ve a cambiarte y a secarte, que voy a terminar la comida —le dice ella a la niña, que por una vez obedece sin rechistar.

—Adri, has crecido, sí, pero todavía no lo suficiente. Un poquito más y ya te daré esa vuelta que te prometí. Sabes que siempre cumplo mis promesas —le guiño al pequeño, que asiente convencido.

—Hola, cariño —dice mi madre, acercándose.

La abrazo y, sin proponérmelo, me quedo con ella entre los brazos más tiempo del habitual. Ella lo nota.

—Tu hermana se lleva a los niños después. Podremos hablar —añade con suavidad.

—Estoy bien —miento.

—Vale, como quieras —responde sin un ápice de convicción.

—¿Y papá? —pregunto al no verlo por allí.