31 solucionando errores
SOLUCIONANDO ERRORES
AVA
Que Lucas se cabree conmigo me toca la moral. Encima de que llevo apostando por él desde el primer minuto… Pero joder, tiene razón: podríamos haber propuesto lo del móvil antes. Estoy hasta la coronilla —por no decir algo más feo— de toda esta mierda.
Y para colmo, aparece la abogada repija esa a tocarme los ovarios con lo que sea que se trae con el juez.
Porque algo hay, o ha habido. Eso lo tengo claro si me guío por cómo se han mirado al entrar.
A ver qué as se saca de la manga ahora con lo del teléfono intervenido…
Joder, qué rebuscado todo. Pero, claro, también es verdad que eso explicaría muchas cosas.
—Relájate, ya se le pasará —me dice Saray, intentando consolarme—. Imagina la noche que ha tenido. Y encima ya van cinco de «sus chicas».
Consigue justo lo contrario.
—¿Sus chicas? No me jodas. Parece un proxeneta, coño.
—Madre mía, estás pillada. Pero mucho —añade ella, divertida.
—Mira, paso de tus tonterías. Estoy harta, quemada, y voy a decirle al comisario que se meta este caso en el mismísimo orto.
Me largo de vacaciones. Quiero perder de vista al puto forense, a sus pañuelos, sus jueguecitos y sus gilipolleces.
Él dice que está harto, pero yo estoy completamente superada.
Y ahora llega la abogada… tela, ¿eh? Mírala, qué aires.
—Ja, ja, ja… estás celosa. ¿No ves que Lucas no la mira como te mira a ti? Eres boba. Pero bueno, tú misma.
—¿Celosa? Venga ya…
¿O sí?
No, ¿verdad?
Yo qué sé.
Paso.
Me acerco a la mesa justo en el momento en que el juez entra de nuevo.
Viene con un chaval que me marca como si fuera ganado.
No lo he visto en mi puta vida, pero como no baje la mirada, va a salir de aquí con un ojo morado y la polla en el bolsillo de la camisa.
Suelta una bandeja con cafés y dulces, se hace el interesante mientras coloca las servilletas y las botellas de agua… y no deja de mirarme.
Por el rabillo del ojo noto que Lucas, que ha entrado en la sala hace un instante, no le quita la vista de encima. Aprieta los puños sobre la mesa, tenso como una cuerda de piano, hasta que se da cuenta y los relaja. El tipo se despide con un:
—Cualquier cosa, me avisa.
Ajá… así que a Lucas también le molesta. Qué interesante.
Saray, que se ha vuelto a sentar a mi lado, me da una patada por debajo de la mesa, ahogando la risa. La fulmino con la mirada, pero eso solo hace que se descojone aún más. Cuatro pares de ojos se giran hacia nosotras. Y los verdes de Caronte ahora brillan con un destello divertido.
—Perdón —dice Saray, sofocando la risa.
—Ha vuelto a la adolescencia por un segundo. La presión le está pasando factura. Disculpen —añado yo, cruzando las piernas con aparente calma.
Unos golpes secos en la puerta interrumpen el ambiente denso de la sala. Asoma la cabeza el mismo chico de antes; llama al juez, pero me mira a mí. Lucas vuelve a tensarse como un resorte.
Entonces entra un hombre de unos cincuenta y muchos, de esos que, aunque pasen los años, siguen estando de muy buen ver. Rubio, con unos ojos azules que impresionan, viste informal: polo azul marino y pantalón beige. Al recibir la invitación del juez, cruza el umbral con paso seguro.
Mónica se levanta al instante, se acerca a él y le susurra algo al oído con complicidad antes de darle dos besos. Él le posa la mano en la cintura con un gesto natural, familiar.
—Daniel Font —anuncia ella con ese tono suyo que parece no decir nada, pero lo dice todo—. Uno de los mejores expertos en ciberseguridad del país. He trabajado con él antes y, por suerte, ha aceptado colaborar en este caso.
—Buenos días, encantado —saluda, estrechando nuestras manos con un apretón firme y seguro.
Sí. Es atractivo, incluso más por esa mezcla de magnetismo y aplomo que arrastra al entrar en cualquier habitación. Vaya con Mónica… Siempre rodeada de buenorros, da igual la edad.
El juez lo pone en antecedentes, aunque está claro que Mónica ya le ha dado todos los detalles. Lucas, en cuanto se lo piden, saca el móvil del bolsillo.
Daniel abre su portátil —uno de esos que parecen más caros que un coche— y empieza a teclear como si las teclas fueran una extensión de sus dedos. Es una maravilla verlo moverse entre ventanas, comandos y códigos.
—¿Puedes desbloquearlo, por favor? —pregunta con voz cálida, un acento indefinido que me hace pensar que no siempre ha hablado español.
Mónica lo ha presentado con su nombre en inglés, así que deduzco que domina el idioma.
Aunque bueno, yo no soy de las que se dejan impresionar por un sugar daddy políglota.
Mientras sigue tecleando, también manipula el móvil de Lucas. Veloz, preciso. Muy listo este tipo.
—No es un spyware cualquiera —dice sin levantar la vista—.
Es indetectable en un ochenta y ocho por ciento de los casos.
Tiene una app instalada en su dispositivo: accede a este terminal, la inserta, y desde ahí monitoriza todo de forma remota.
Llamadas, duración, detalles de navegación, WhatsApp, Facebook, otras redes…
incluso rastrea la SIM. Todo en modo sigiloso, en segundo plano, para que la persona objetivo no lo note.
Es capaz de controlar el móvil desde un panel web.
Y lo más curioso: se llama Espía. Spyic.
Un nombre tan simple como cutre. Pero muy efectivo.
—Joder… —murmura Lucas, llevándose una mano a la nuca—. Tan listos que nos creemos… ¿Y puedo preguntarte cómo coño lo ha instalado? No soy precisamente de los que dejan el móvil tirado, y si lo hago, es con conocidos. Y tampoco descargo aplicaciones al tuntún, obviamente.
—Por proximidad —responde Daniel, sin dejar de moverse entre archivos—. Si tienes el bluetooth activado para el reloj o el portátil, basta con que alguien con acceso y conocimientos mínimos lo haga. Te hablo de menos de seis minutos. Y sin dejar rastro.
Hace una pausa y mira a Lucas por encima del portátil.
—Voy a conectarlo a un simulador para que el tipo no note que hemos descubierto el espionaje. No queremos que se borre solo. Para mí esto es pan comido, llevo décadas trabajando en esto… pero reconozco que son detalles en los que nadie repara.
—¿Y se puede saber desde qué dispositivo se ha hecho? —interviene el fiscal, enderezándose en su asiento—. Me refiero al origen. ¿Podemos rastrearlo?
—Si es tan listo como parece, probablemente no. Pero... puedo intentarlo —dice, ya con la mirada fija en la pantalla, como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Daniel guarda un silencio concentrado mientras sus dedos bailan sobre el teclado con una agilidad casi hipnótica. Todos contenemos el aliento mientras él navega entre capas de código, barreras de seguridad y rutas de acceso cifradas.
—Vale… —murmura sin levantar la vista—. Aquí hay algo interesante.
El juez se inclina hacia él. Lucas también da un paso, atento.
—¿Qué tienes? —pregunta Mónica, acercándose un poco más a la pantalla.
—La app está bien camuflada, no aparece en el registro de inicio ni en las aplicaciones visibles. Pero el dispositivo que la activó dejó una huella mínima, casi imperceptible… Un ping de red mal ocultado. Estoy siguiendo el eco digital que dejó cuando sincronizó por primera vez con este terminal.
—¿Puede rastrearlo hasta el origen? —insiste el fiscal.
Teclea un comando más largo y todos esperamos en silencio. En la pantalla aparece una cadena de direcciones IP, nodos intermedios, saltos de servidor…
—Lo siento, no consigo dar con él. Me lleva de una red a otra, ha montado un cortafuegos muy sólido.
Puedo seguir intentándolo, pero no os garantizo nada.
Al menos hemos logrado cortar el acceso: ya no puede seguir controlando tu vida, Lucas.
He implementado varios bots que simulan actividad desde tu móvil.
El sistema creerá que sigues operativo: llamadas, ubicaciones, notificaciones...
incluso seguirá «yendo» a tu casa, claro, pero todo es ficticio.
No podrá acceder a tus mensajes ni a tus datos reales.
—Gracias, Daniel —le dice Mónica con una sonrisa amplia y sincera—. Debimos llamarte hace días. Al menos Lucas habría descansado un poco, pero pensé que quizá me estaba metiendo en competencias que no me correspondían.
—No hay de qué. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites —responde él.
Ambos se levantan. Daniel nos estrecha la mano con firmeza, sin perder la mirada ni el gesto afable. Antes de cruzar la puerta, se detiene un segundo y le dice algo a Lucas al oído. No logro escucharlo, pero por la expresión en su rostro, intuyo que no ha sido una simple despedida.
En ese momento, carraspea alguien al fondo. El fiscal, hasta ahora en silencio junto al juez, levanta una ceja y se incorpora con parsimonia.
—Señoría, con su permiso —dice, mientras consulta unas notas—.
Este hallazgo del señor Font es relevante.
Muy relevante. Pero lo que me preocupa no es solo cómo han conseguido espiar el móvil del doctor Caronte.
Lo que me inquieta es cuánto tiempo llevan haciéndolo... y qué más han podido manipular.
—¿Insinúa que las pruebas podrían haber sido alteradas? —pregunta el juez, cruzando los brazos.
—Lo insinúo y lo afirmo. Si alguien con estos conocimientos ha estado accediendo a su terminal, pudo haber añadido información, eliminado registros, incluso falseado ubicaciones. Lo cual, señoría, pone en tela de juicio el origen de ciertos indicios que han sido considerados clave hasta ahora.
Mónica se adelanta con un leve movimiento del hombro, sin perder la compostura interrumpiendo el monólogo del fiscal.
—Eso es precisamente lo que creemos. Mi cliente no tiene nada que ocultar. El problema es que alguien lleva semanas controlándolo como un titiritero. Y ahora, gracias a esta intervención, por fin tenemos un hilo del que tirar.
—Pues tiren —responde el fiscal, seco, pero sin levantar la voz—. Porque de momento, solo tenemos una víctima del espionaje y ni una pista del verdugo.
El juez asiente, pensativo.
—Agradezco la aportación de la fiscalía. Pero por hoy, no tengo más preguntas. Este asunto del teléfono ha abierto nuevas líneas de investigación, y es evidente que debemos revisarlas a fondo. Ojalá podamos llegar al otro extremo del hilo.
Se levanta y abandona la sala, seguido por el fiscal, que se despide con una breve inclinación de cabeza.
Quedamos los cinco en silencio. Vaya día para Mario, que no ha dicho una palabra en toda la sesión.
—Yo... si no os importa, me voy. No puedo más. Ni siquiera sé cómo digerir lo que ha pasado. Me he quedado completamente descolocado —dice Lucas, frotándose el rostro con ambas manos—. Mónica, gracias. De verdad. Por todo. Tendré que vender la moto para pagarte, pero merecerá la pena.
—Uy, si Daniel se entera de que eres motero, te hace la ola.
Pocos aficionados como él... y su hija. Bueno, en realidad la hija de mi marido —se queda un segundo en silencio al notar nuestras miradas confusas—.
Mi familia es... peculiar. Difícil de explicar.
Más aún de entender. Lo importante: Daniel adora las motos, sobre todo las clásicas. Tiene varias.
Se cuelga el bolso al hombro, con una sonrisa en los labios.
—Y ahora me voy, que tengo un juicio en tres días y un cliente que me va a dar más guerra que vosotros cuatro juntos. Nos vemos, chicos. Adiós, inspectoras.
Sale de la sala dejándonos con la boca abierta a los cuatro. Es Saray quien rompe el silencio:
—¿Siempre va a esas revoluciones?
—Y más. Y si la vierais con su hijo y sus nietos...
—¿Nietos? —Ahora soy yo la que no da crédito.
—No preguntes. Es una historia digna de una serie de Netflix —responde Lucas, que se marcha de la sala como una exhalación.
Sé que está agotado, pero necesito que me entienda y no siga enfadado conmigo.
—Lucas —lo llamo.
Se detiene y se vuelve con expresión de puro cansancio, aunque hay algo en el brillo de sus ojos que lo hace irresistible. Parece más aliviado.
—Lo siento, de verdad... ¿Podrás perdonarme?
—Esto no ha terminado, y estoy muy, muy cansado. ¿Te importa si hablamos más tarde... u otro día? Además, te recuerdo que tenemos otra conversación pendiente, Ava.
Lo dice con un tono tan bajo y grave que me recorre un escalofrío por toda la piel.
—Descansa, doctor.
Se aleja con su amigo, que hoy ha estado sorprendentemente callado y muy serio.
Saray y yo caminamos hacia el ascensor. Tenemos que coger el coche y volver a comisaría.
Está claro que él no es culpable, pero mientras sigan apareciendo cadáveres, su vida será un infierno.
La culpa lo persigue como un perro hambriento, y necesito acabar con esto ya.
Es hora de poner en marcha otro plan.
Iria tenía veinticuatro años, aunque Lucas crea que eran veintidós. Otra vez el puto número. Lo que no sé es por qué le mintió con la edad…
—No, no, no, y mil veces no. Ava, no vas a hacer eso.
El comisario me lo niega en redondo nada más exponerle mi plan. Lo que no sabe es que, si mis cálculos son correctos, la siguiente en la lista soy yo.
Ha pasado casi una semana desde que Daniel nos abrió los ojos con lo del móvil de Lucas. Apenas he hablado con él, pero no hemos parado de investigar. Lo que mi jefe no sabe es que todo está listo. La trampa se activará justo el día anterior a la guardia de Caronte.
Él tampoco lo sabe. Aún.
—Pero, jefe... —intento razonar.
Él se levanta bruscamente de la silla y se asoma a la ventana. Las vistas dan a la calle trasera del edificio: feas, grises, anodinas. Pero necesita aire, perspectiva, asimilar lo que le estoy planteando.
—Estará Saray, es un riesgo controlado. Y Rubén, y...
—Joder, Martín, que no.
—Es la única manera.
—Encontraremos otra.