30 derrotado #3
—¿Me está diciendo que ha pasado casi un año sin… ejem… sin tener…? —El juez no termina la frase. Mónica salta antes de que lo haga.
—No creo que la vida sexual de mi cliente tenga relevancia en este testimonio.
—En este caso, sí —insiste él.
—Si le dice que no ha habido relaciones esporádicas, no tiene que detallarle con quién se ha acostado, señoría. Mi deber es hacer entender a mi representado el alcance de su declaración. Hay límites que no deberíamos cruzar —remata Mónica, firme y sin pestañear.
Joder… la abogada no se anda con rodeos. Veo cómo Ava y Saray miran para otro lado, conteniendo una mueca divertida.
—Letrada, le recuerdo que no puede inducir al testigo a ocultar información, ya que, como usted sabe, podría constituir un delito.
—Da igual, Mónica —intervengo—. Solo hubo una chica en ese periodo, y no fue aquí.
Como tú dices, no fue alguien que conociera en un bar —añado, girándome hacia el juez—.
Le aseguro que ella no corre peligro. Le arrancaría la cabeza, perdón por la expresión, a quien se atreviera a acercarse a ella con esas intenciones. Si no soy yo, claro.
—¿Incluso drogándola? —pregunta el juez con tono inquisitivo.
—Créame —respondo con calma, imaginando a Olivia en un bar rodeada de moscones—, eso sería francamente complicado con ella.
—¿Cómo cree que el culpable conoce su agenda y sus movimientos con tal precisión? ¿Hasta el punto de controlarlo todo?
Vaya mierda de pregunta —pienso—. ¿De verdad este tipo quiere esclarecer los hechos o se está quedando conmigo?
—Si lo supiera, señoría, ya lo habría puesto en conocimiento de las autoridades.
—Señoría, fiscalía… —interviene Mónica de nuevo, y por un momento me pregunto por qué Mario ha venido hoy si ni le dejan abrir la boca—. ¿Se han planteado la posibilidad de que el teléfono de mi cliente esté intervenido? ¿O que su moto tenga instalado un GPS?
—Esa hipótesis ya se baraja, señora letrada —interviene el fiscal, un hombre de mediana edad, con gafas rectangulares y gesto adusto.
Se inclina levemente hacia adelante y fija la mirada en mí—.
De hecho, está previsto en el caso de que su patrocinado pase de testigo a investigado.
Pero mientras tanto, el hecho objetivo es que las huellas del doctor Caronte aparecen en múltiples escenas.
Y eso, le pese a quien le pese, es una constante imposible de ignorar.
—¿Y pretende construir una acusación solo con eso? —salta Mónica, desafiante, sin dejarle terminar.
—Lo que se pretende —responde el fiscal con calma—, es determinar si el doctor Caronte ha sido manipulado o si, en el peor de los escenarios, está colaborando con el autor material.
Sea por voluntad propia o bajo coacción.
No se me escapa su historial, ni su profesionalidad, pero no estamos aquí para evaluar méritos académicos.
—¿Insinúa que colaboro con el asesino? —pregunto, mientras me incorporo ligeramente en la silla. Noto que mis nudillos se han puesto blancos de tanto apretar los puños.
—No insinúo nada, doctor —responde el fiscal con frialdad—. Exploramos todas las posibilidades. Como usted mismo ha dicho, si alguien conoce todos sus pasos, sus rutinas, sus gustos, hasta los bares que frecuenta… ¿no le parece demasiado control? ¿Demasiada coincidencia?
—¿Y si el asesino trabaja dentro del sistema? —respondo sin pensarlo, con un deje de rabia en la voz—. ¿Y si no me controla a mí, sino al entorno? ¿A ustedes?
—Lucas… —susurra Mario, tocándome el brazo para que me calme.
—Esa es una acusación grave —responde el fiscal.
—Tan grave como la que ustedes están construyendo contra mí sin pruebas directas —espeto, intentando no perder la compostura.
—Señoría —interviene Mónica—, no podemos permitir que esta comparecencia se convierta en un juicio paralelo. Mi cliente está aquí como testigo prioritario, no como acusado.
—Tiene razón, letrada —dice el juez, alzando una mano para cortar la tensión—.
Doctor Caronte, no se le está acusando formalmente.
Estamos aquí para esclarecer hechos. Pero su tono y su reacción me dicen que esto lo tiene contra las cuerdas.
¿Tiene algo más que aportar antes de cerrar esta declaración preliminar?
Miro al juez. Luego a Mónica. Después, a Ava, que apenas mueve la cabeza, como si me pidiera que no diga más.
—Señoría, si le parece, puedo hacer una llamada y salir de dudas con respecto a la intervención de las comunicaciones de mi cliente—anuncia Mónica, con ese brillo en los ojos que siempre precede a una jugada maestra. Esta mujer es una mina.
—¿Qué propone? —pregunta el juez, entre intrigado y receloso.
—Averiguarlo ahora mismo. Mi representado comparece en calidad de testigo y no tiene nada que esconder —responde ella, críptica, sin perder la calma—. Solo necesito unos minutos.
—Adelante. He reservado toda la mañana para este caso —concede él, haciendo un leve gesto con la mano.
Mónica se levanta con el móvil ya en la mano y sale de la sala sin añadir más. Apenas unos minutos después regresa con una sonrisa que no me extraña que tenga encandilado a su marido. Irradia confianza.
—En unos minutos lo tendremos aquí. ¿Podemos tomar un café mientras, por favor?
—Por supuesto. Pueden ausentarse de la sala unos minutos mientras llega esa persona —accede el juez Casasola.
Camino hacia la puerta, y me acerco a Ava por la espalda, que habla en voz baja con Saray unos pasos por delante de mí
—Ya te vale, Ava.
Ella se gira de inmediato, sorprendida por el tono.
—Joder, Lucas… No sabía cómo te tomarías lo de intervenir tu teléfono—dice, a la defensiva.
—No, claro. Hay cosas mucho más personales que no dudas en comentar, pero esto, esto que podía ayudarme a salir de esta mierda, decides guardártelo. ¿A qué estás jugando?
Ava alarga la mano hacia mí, quizá para calmarme, pero aparto su gesto con rabia.
—No me toques. No estoy de humor para tus jueguecitos, inspectora.
Saray se queda en silencio, con la mirada clavada en el suelo.
El ambiente se espesa como el alquitrán.
—Lucas —me llama Mario desde el exterior de la sala. Está junto a Mónica, los dos revisando algo en el iPad—. No lo pagues con ella, no tiene la culpa.
Contengo las palabras que me queman en la boca. Solo asiento con brusquedad y me pierdo por el pasillo sin decir nada más.