El Dolor de la Culpa 30 derrotado #2
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30 derrotado #2

Camino hasta la zona de bares y restaurantes. En uno al que he venido varias veces, bastante lleno, consigo una mesa en la terraza. Hace calor, pero corre una ligera brisa que alivia el ambiente.

Pido agua con gas, como siempre que estoy de guardia, unas croquetas y unas patatas bravas que devoro en minutos.

Luego, de postre, un tiramisú. Me doy cuenta de que estaba famélico.

Al acabar, salgo a dar un pequeño paseo antes de regresar a mi lugar de trabajo, deseando que lo que queda de noche transcurra en calma y podamos, por fin, descansar un poco.

Pero mi deseo no se cumple.

Una alerta nos informa de un accidente de tráfico en una de esas carreteras malditas que se niegan sistemáticamente a desdoblar, a pesar de ser de las más transitadas y la principal vía de conexión con Badajoz.

Hay, al menos, dos víctimas mortales. Cojo la moto y me dirijo hacia la zona.

Al llegar, los servicios de emergencia ya están trabajando con eficacia y rapidez.

Espero a que excarcelen los cuerpos para certificar su estado y hacer una primera valoración de las causas de la muerte, aunque, dadas las horas, no creo que tenga tiempo de analizarlos antes de la mañana. Me encargaré yo o alguno de mis compañeros.

Mientras los sanitarios y los bomberos auxilian a los implicados del otro vehículo —que circulaba correctamente por su carril—, compruebo que, por suerte, esta vez solo hay heridos, de distinta consideración, pero ninguno de gravedad extrema.

El otro conductor, el que ha provocado el accidente, ha fallecido.

Y sí, no tiene otro nombre: un cabrón que se ha saltado la línea continua con exceso de velocidad en una vía limitada a noventa kilómetros por hora.

Los ha embestido sin más. Ya no lo volverá a hacer.

—Joder, tío, parece que solo estemos tú y yo en esta ciudad —oigo una voz a mi espalda mientras estoy tomando las constantes a uno de los heridos.

Me giro y descubro a Tiago detrás de mí, sudoroso, con el mono de faena empapado y una sonrisa cansada en los labios—.

A ver si un día de estos nos vemos para tomarnos esa copa, y no siempre en mitad de este tipo de escenas.

—Tienes razón. O igual es que somos gafes, quién sabe —replico con poco humor.

—Uf, te veo quemado. ¿Todo bien?

—Una larga historia —respondo, evitando entrar en detalles. Este no es ni el momento ni el lugar.

—Ah, lo de las chicas… Es que siempre te tocan a ti, manda huevos. ¿Tienes vacaciones pronto?

—En agosto… si llego vivo.

—Pues si acabas en Almería, llama a mi cuñado. Se alegrará de verte. Y así conoces a Izara. Es una chica increíble.

Le cuento por encima que ya la conocí un día que iba precisamente con el hermano mayor de Rafa.

Cruzamos un par de comentarios más antes de volver al trabajo. Pero, aunque intento concentrarme, no consigo dejar de darle vueltas a todo lo que está pasando. A cómo me están arrastrando por este lodazal sin saber quién está detrás… ni por qué.

Mi trabajo concluye en la zona del accidente y monto en la moto con precaución.

A pesar de la hora, aún hay bastante tráfico, pero el trayecto hasta el centro me sirve para despejarme un poco.

Al llegar, mis auxiliares ya me esperan para recibir los cuerpos.

He hablado con ellas durante el camino, pero ya son casi las seis y, aunque lo habitual sería que me pusiera con ellos, esta vez no pienso hacerlo.

Estoy al límite. No puedo más después del día que llevo.

Y ni quiero pensar que, en dos semanas, me toca el fin de semana de guardia: cuarenta y ocho horas seguidas.

Justo a las ocho, cuando por fin me dispongo a marcharme, me despido de las chicas y saludo a los compañeros. Les explico por encima el parte del accidente y les entrego el informe correspondiente. Es entonces cuando veo a Ava y a Saray junto a mi moto, con semblante serio.

—Déjame adivinar —digo sin cortesía ni protocolos—: el juez quiere tomarme declaración.

—Lo siento, Lucas. He oído que tu noche no ha sido mejor que el día —responde Ava, a modo de saludo. Saray asiente, con gesto sombrío.

—¿Tiene que ser ahora?

—En un par de días. Tenemos órdenes explícitas de entregarte este requerimiento oficial de comparecencia —añade la inspectora Reyes, extendiéndome un sobre con el membrete del Juzgado de Instrucción Número 1 de Córdoba.

—Bueno, al menos no me acusan de haber provocado el accidente... aunque igual hay huellas mías también, quién sabe —añado con sarcasmo—. ¿Puedo llamar a Mario?

—Debes llamarlo. Yo lo haría —expresa Ava—. Ya sabes que esto no es una acusación formal. Solo quiere hacerte preguntas para encajar las piezas del caso.

En sus ojos, ahora más oscuros, noto algo que no me gusta. Tal vez sea resignación… o recelo.

—Estoy jodido, ¿no? Y dime, ¿esto es por un caso o por los cinco? —pregunto sin apartar la vista de Ava.

—Lo pillaré. Te lo prometo. Y esta vez no digas que no puedo, Lucas. Esto ya es personal —dice con voz grave, firme.

Dos días después, me presento en la sala acompañado por mis dos abogados.

Justo cuando atravesamos la puerta, mi móvil vibra en el bolsillo del pantalón: es Oliv.

Le cuelgo y bajo el volumen. Me duele no poder atenderla.

Sigue de misión y solo llama cuando puede, pero ahora mismo me resulta imposible hablar con nadie.

El juez llega poco después, con su portátil bajo el brazo y un lacónico «buenos días».

No pasa desapercibida la mirada que le lanza a Mónica.

Ella le responde con una sonrisa, pero es una de esas que cortan el aire: fría, tirante.

No hay cordialidad. Hay algo pendiente entre ellos, no diría que de tipo sentimental…

más bien algo profesional que huele a cuentas sin saldar.

O quizás sea que la influencia del marido de Mónica le toca los huevos al magistrado.

—Doctor Caronte, voy a hacerle unas preguntas.

Este caso… o estos casos, mejor dicho, presentan irregularidades que no son propias de una ciudad como esta.

Está claro que nos enfrentamos a un asesino en serie.

El primero. Y el único punto en común entre las víctimas es usted.

Necesito esclarecer lo máximo posible. Le agradezco que se haya presentado ante mí con tanta celeridad.

Ya sé que no es lo habitual, pero las circunstancias me han obligado a tomar esta decisión.

Que en este último crimen hayan aparecido huellas suyas, nítidas y abundantes, lo coloca como testigo prioritario.

—Con la venia, señoría —interviene Mónica, con voz firme y expresión controlada, hojeando un puñado de papeles—.

Mi defendido no ha tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre los hechos y se presenta bajo presión e influencia externa.

Además, puede afectar a derechos fundamentales como el derecho a la defensa o el derecho a un debido tiempo para preparar la estrategia legal correspondiente. Tenía entendido que mi representado…

—Letrada, entiendo su reticencia —interrumpe el juez instructor—.

Como bien sabe la defensa, se ha citado al doctor Lucas Caronte en calidad de testigo.

Sé que quizá no sea lo habitual para usted, pero no me interesan los supuestos ni las pruebas circunstanciales.

Es probable que otro juez, en mi lugar, hubiera empapelado a su cliente con la primera huella parcial.

Pero yo no —añade, con un gesto serio, mirando también a las inspectoras—.

Aunque mis declaraciones puedan parecer duras, no me guío por impulsos.

Hace una pausa breve, y se gira hacia mí.

—Doctor, sé que su trabajo es meticuloso, limpio. Impecable. Si yo fuera un asesino y tuviera acceso a un forense de su nivel, no lo dudaría: manipularía las pruebas. Y sin embargo, usted no lo ha hecho. No lo ha hecho en ninguno de los casos. Y créame, no me pasa desapercibido.

Luego vuelve la mirada hacia Mónica.

—Sé que su marido ha intervenido para que esto no se filtre, y se lo agradezco.

Yo también he hecho lo posible por evitarlo.

No quiero que la carrera de este hombre —dice, señalándome con un leve gesto de cabeza— se vea manchada…

al menos no hasta que se demuestre, con pruebas irrefutables, si es o no culpable.

Nos deja a todos con la boca abierta. Mario carraspea; ni siquiera Mónica reacciona de inmediato.

—Gracias, señoría —es lo único que acierto a decir.

—Solo tengo unas preguntas. Hemos hablado con amigas de las víctimas. Hemos revisado sus teléfonos y no hemos encontrado nada relevante. Solo queda usted. Tengo entendido que posee memoria eidética. ¿Puede explicarme exactamente qué significa eso?

—Señoría —interviene Mónica—, ¿tiene eso alguna relevancia para los hechos que se investigan?

—La tiene —responde el juez sin vacilar.

—En realidad —empiezo—, se discute mucho sobre si la memoria eidética existe como tal.

Lo más probable es que se trate de una combinación de habilidades de observación, entrenamiento y retención.

En mi caso, creo que es eso último. La verdadera memoria eidética, de existir, sería de muy corto plazo.

Yo, en cambio, rara vez olvido lo que veo.

Puedo recordar si había diez ventanas o siete puertas, si una persona tenía cinco tatuajes, cuáles eran y dónde.

Pero puede que no recuerde dónde vi a esa persona.

—¿Memoria fotográfica, entonces?

—Algo así. Permanece más en el tiempo, aunque no siempre sea exacta. Algunos detalles pueden distorsionarse.

—¿Y las fechas? ¿También entra ahí?

—No. Eso es más cuestión de entrenamiento, de años de estudio. Supongo que no hace falta que le explique cómo funciona.

—Quiero repasar con usted las fechas en que conoció a las chicas. Pero antes, dígame: ¿por qué está tan seguro de que antes de enero no hubo ninguna víctima relacionada con usted?

—Porque no la hay. Desde que rompí con mi ex, en marzo del año anterior, no he estado con nadie hasta enero.