El Dolor de la Culpa 30 derrotado
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30 derrotado

DERROTADO

LUCAS

Si lo pienso fríamente, no debería sorprenderme que haya huellas mías en la casa de Iria.

En la puerta es posible. Por supuesto también en su dormitorio.

Pero ¿después de más de dos meses? No lo creo.

Está claro que esta vez ha ido un paso más allá.

Alguien ha tomado mis huellas y las ha plantado allí.

Se puede conseguir, aunque no es fácil en absoluto.

Pero si quien está detrás tiene una lista detallada de cada una de las mujeres con las que me he acostado desde sabe Dios cuándo, si conoce todos mis movimientos casi al segundo...

entonces es capaz de cualquier cosa. Solo quiere destruirme.

Hacerme pedazos. Y si al menos supiera por qué, tendría un punto de partida para descubrir quién demonios es.

No he logrado contactar con Mario. Imagino que estará en algún juicio o reunido con un cliente. Cuando vea mi mensaje, me llamará. Si no lo hace antes de que vengan a detenerme, claro.

El resto del día ha transcurrido con una lentitud desesperante, como si un caracol empujara las agujas del reloj.

En el improbable caso de que fuera un reloj analógico.

El análisis toxicológico ha vuelto a dar positivo, a la espera del más exhaustivo que enviarán desde Sevilla, pero la prueba capilar no deja lugar a dudas. La droga está ahí.

Y en mi cabeza, las chicas de la lista se suceden una tras otra, sin orden, sin lógica, como una ruleta macabra que gira sin fin.

Hasta ahora no ha habido patrón alguno, y esa falta de sentido me está volviendo loco.

Ava mencionó algo sobre el número veinticuatro, pero...

¿Iria? ¿Qué tiene ella que ver con ese número?

—Lucas, Mario está ahí fuera —dice Andrea al entrar, sin que yo me haya percatado de su presencia. Estaba tan absorto que el entorno se me había difuminado.

Por las tardes no hay visitas, y el despacho donde solemos atender a los familiares está cerrado, pero hoy, como en otras jornadas infernales, me he refugiado aquí, tratando de pensar con claridad.

Miro el móvil y descubro varias llamadas perdidas de Mario. Me incorporo con desgana y salgo.

—Gracias, Andrea.

Mario se acerca con dos cafés fríos, como sabe que me gustan en esta época, y lo invito a entrar en la sala.

—Tío, este sitio me da muy mal rollo, joder. Prefiero la nevera del tanatorio, ahí hay menos malas vibras que aquí. Es como si las energías de las familias se quedaran atrapadas entre estas paredes —dice sacudiéndose como si le recorriera un escalofrío.

—Anda, que tienes más tonterías que las ofertas de AliExpress. No he visto tus llamadas. Supongo que has oído el mensaje.

—¿Te ha llamado el juez?

—No, pero imagino que lo hará en cualquier momento. Por eso quería hablar contigo, para ver qué hacemos.

—Pues seguir como hasta ahora. Es lo único sensato. Seguir diciendo la verdad, no hay otra estrategia. Esperar a ver por dónde salen y adaptarnos. Mónica me ha dicho que la llamemos. Está muy comprometida contigo, y eso no lo hace con cualquiera. Algo ha visto en ti, hermano.

—Es que soy irresistible… así me va —respondo sin una pizca de humor.

—Venga, Luc, saldremos de esta. Yo no voy a dejarte solo.

Le miro. Sus ojos oscuros no titubean; su lealtad es inquebrantable. Pero él no es Dios, y yo estoy cada vez más hundido.

Mi móvil vibra sobre la mesa, y se desplaza ligeramente por la superficie antes de que nos dé tiempo a llamar a su jefa. Mario sonríe al ver quién llama.

—¿Cómo estás? —pregunta Ava, sin preámbulos.

—Sin ganas de hablar de esto. Agotado, hecho una mierda. No puedo más. Ahora mismo estoy con Mario.

—No te rindas, Lucas. No puedes hacerlo.

—Ava, es cuestión de horas… tal vez días, con algo de suerte, para que mi nombre se asocie oficialmente a los asesinatos.

Y entonces, mis padres, mi hermana, mis sobrinos…

todos quedarán expuestos. Ellos no tienen la culpa.

Ese cabrón quiere verme destruido. Y no se le puede negar que lo está consiguiendo.

—Lucas...

—¿Qué? ¿Acaso no es verdad? No sé cómo el juez mantiene todo esto en silencio, pero en algún momento se filtrará. Alguien hablará. O el propio asesino lo hará. ¿O es que tenéis algo ya?

Su silencio es respuesta suficiente.

—No hace falta que digas nada más.

—¿Te sirve de algo que yo crea en ti? —pregunta con un hilo de voz, casi un susurro.

—¿Me librará de la cárcel que lo hagas? —Mario me da un golpe en el brazo al escucharme responder así.

Tiene razón. No se lo merece—. Perdón, no pretendía sonar así…

Sí, Ava. Me sirve. Pero tú no eres el juez.

No puedes hacer nada si no lo atrapáis. Esta vez han sido huellas. ¿Y la próxima? ¿Qué será?

—¿Sabes que sigo en la comisaría? Que no me he ido. Ni Saray. Ni siquiera Rubén. Ni el novato. Todos estamos al cien por cien con esto.

—Gracias… de verdad. Pase lo que pase.

—Lo vamos a atrapar, Lucas. Puedes estar seguro. Y cuando lo hagamos, te juro que le voy a partir la cara. No es ni de lejos lo que se merece ese hijo de puta, pero al menos me servirá para liberar la rabia. Y después tú y yo… ya hablaremos.

—Te lo compro. Ahora vete a casa. Iros todos. Descansad un poco.

—Buenas noches, Caronte.

La cara de Mario es una máscara de diversión. Será cabrón… Si la situación no fuera tan jodida, yo también estaría partiéndome de risa con sus ocurrencias sobre Ava. Pero no es el caso.

—Dios, no sé cómo podéis aguantar esa tensión. ¿No te explotan los huevos? Y más sabiendo que la poli te sigue el rollo.

—A veces te miro y no te reconozco. Tú, el pijo de la uni privada, el de los cuatro másteres y el despacho más prestigioso del país.

Con tus trajes de diseñador y ese peinado de cincuenta pavos…

Hablas y parece que te hayas criado en la calle Ceuta.

—Le lanzo una mirada entre burlona y cansada—.

No voy a confirmarte ni desmentirte nada, pero te contaré una cosita: hoy ha dormido en mi casa.

Casi escupe el café que acaba de llevarse a la boca.

—¿Que la inspectora ha dormido contigo? ¿Alguien a quien te has tirado ha pasado la noche en tu cama? ¿Y encima habéis desayunado juntos? ¡Hostia, tío! Eso sí que no me lo esperaba.

—Sí, no y sí. —Me mira como si fuera un alienígena y, por primera vez en todo el día, consigue arrancarme una carcajada. La tensión que llevo acumulada empieza a ceder—. Ha dormido en mi casa, no en mi cama. Y sí, puede decirse que hemos desayunado juntos. Y no, no me la he tirado. Hoy no.

—¿Hoy no? o sea, que sí.

—Que no, joder. Solo aquel día. Tal vez…

—Mira, mira… aquí hay algo que no me estás contando. Pero ya me enteraré. Soy tu abogado y tu mejor amigo, así que no me preocupa. —Sonríe con suficiencia mientras saca el móvil del bolsillo—. Y ahora, vamos a llamar a Mónica, a ver qué dice la jefa.

Marca el número de su jefa y, al cabo de unos tonos, Mónica aparece en pantalla, sentada en lo que parece el jardín de su casa. Me recuerda a la vez que estuve allí. Nos saluda con una sonrisa luminosa, serena, de esas que desarman.

—Hola, Lucas. Mario… Dadme un segundo —dice mientras se incorpora y se aleja de la cámara.

De fondo se oyen risas, voces infantiles.

Imagino que su hijo y quizá su nieto están en la piscina.

A lo lejos, su voz se mezcla con la de su marido, que le responde con un «no te preocupes, cariño, yo los vigilo».

Al cabo de unos segundos, Mónica vuelve a aparecer en la pantalla—.

Ya estoy con vosotros. Voy a entrar en casa, así nos escuchamos mejor.

Accede al interior, se acomoda en su despacho, coloca el móvil en posición y nos invita a hablar:

—Contadme. Lucas, ¿cómo estás?

—He estado mejor —respondo con sinceridad.

Le resumo todo lo ocurrido con las huellas, el hallazgo en el piso de Iria y mi sospecha de que el juez de instrucción está a punto de llamarme.

Ella me escucha con atención y, al final, le resta importancia a las pruebas.

No sé si es una temeraria o una genia del derecho, pero su actitud me transmite confianza.

—Mónica, le he dicho que en cuanto le llegue la notificación nos avise —añade Mario—. Iremos con él.

—Por supuesto. Además, voy a ver qué puedo averiguar y, si me es posible, evitar que esto se propague como un reguero de pólvora.

—¿A ti es a quien debo agradecerle que no esté en todos los telediarios del país? —pregunto, medio en broma, medio en serio.

—Más bien a Gerry, mi marido —dice con una sonrisa cómplice—.

Tiene muchas influencias. Y conoce a más de uno que le debe favores.

Pero no sé cuánto tiempo más podré mantener a raya a las fieras.

Ya hay varios perros de presa merodeando.

De todas formas, Casasola tampoco quiere medios pululando por aquí.

—No sabes cuánto te lo agradezco. Más que nada por mi familia.

Solo mi hermana sabe lo que está pasando, y con su preocupación ya tengo bastante.

Ojalá ningún otro se vea implicado. Gracias, de verdad.

Sé que mis servicios no son los que le recomiendas a nadie, pero si algún día necesitas algo, aunque sea de médico de vivos, cuenta conmigo.

—No te preocupes, Lucas. Solo quiero que esto acabe cuanto antes. Espero no tener que verte en un juzgado… al menos, no en el banquillo. Bueno, si no tenéis más preguntas…

—Solo reiterarte mi agradecimiento por estar ahí. Me da mucha más seguridad contar con vosotros.

—Entonces, chicos, os dejo. Mario, nos vemos mañana.

—Adiós, Mónica.

Mario cuelga y me mira.

—¿Más tranquilo?

—Lo estaré cuando lo atrapemos.

—Luc, me voy. Carla me espera para cenar. Cualquier cosa, ya sabes.

Se levanta y lo acompaño hasta la salida. Entonces me doy cuenta de que ya ha anochecido. No recuerdo si he comido algo durante el día, pero ahora noto el estómago vacío.

Escribo a Andrea para decirle que salgo a comer algo. Me responde con un pulgar hacia arriba.