El Dolor de la Culpa 29 otra más #2
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29 otra más #2

El ambiente hoy es más denso que de costumbre.

Se nota en los rostros, en los pasos, en los silencios demasiado largos.

La desesperación comienza a calar, especialmente en el forense y su equipo.

Incluso en algunos compañeros empiezo a ver miradas que no me gustan.

No en sus auxiliares, que siguen fieles a su rutina con profesionalidad, sino en otros forenses.

Salvo Inma y Miguel —creo que se llamaba así—, el que vino cuando lo de Azahara…

—Cuánto tiempo, Martín —dice él, sin un ápice de humor en la voz.

—Ya te echaba de menos, Caronte. Eres irresistible —le respondo con la misma ironía.

Todo transcurre como siempre: mismo procedimiento, misma precisión quirúrgica, mismo engranaje afinado como una máquina perfecta. Solo que esta vez hay algo más. Tensión. Se nota en cada gesto de Lucas. Sus hombros parecen de acero, tensos como si soportaran el peso del mundo.

Entonces suena esa llamada que no quería recibir, justo cuando iba a salir del IMLCF.

—Dime, Jiménez.

—Las huellas de la puerta y del dormitorio son de…

—Caronte. —Me detengo en seco sin avisar a Saray. Cuando se da cuenta, retrocede unos pasos y me mira, desconcertada.

—¿Lo sabías? —pregunta Jiménez, sorprendido.

—Lo intuía. Quien está haciendo esto se está tomando muchas molestias por inculparlo. Es… muy bueno.

—¿Insinúas lo que creo? ¿De verdad piensas que no es culpable? Ava, ¿tienes idea de lo que cuesta transferir huellas en esas condiciones? Es cierto que algunas son débiles, pero las de la puerta…

—No soy yo quien debe determinar su culpabilidad, Jiménez —le corto.

—No era mi intención… En fin. Solo llamaba para eso. Hay muchas más, estas son las más evidentes porque ya estaban en nuestro radar. Sigo sin entender cómo no se ha filtrado toda esta inmensa mierda a la prensa.

—Te diré algo que agradecería que recordaras, tú y todos: si aún no se ha filtrado, mucho mejor. No sé si has trabajado en casos mediáticos, pero créeme, son una auténtica pesadilla. Ojalá podamos cerrar esto antes de que alguien abra la puta boca.

Se lo dejo claro. Muy claro. No quiero que él o cualquier gilipollas del grupo tenga la tentación de…

—¿No me digas que hay huellas de Lucas en el piso? —pregunta Saray, que ha escuchado la conversación entera. No sé si de verdad se sorprende o si simplemente necesitaba verbalizarlo.

—Eso me temo. —Camino de regreso al ascensor, rumbo al piso donde está Caronte.

—No deberías decírselo. Y lo sabes. —Hace una pausa, esa que siempre precede a algo incómodo—. Ava, ¿te has planteado que sí sea culpable?

Me detengo en seco y la miro como si acabara de salirle un cuerno en medio de la frente.

—¿Cómo dices? Lo conoces casi tanto como yo. ¿De verdad lo dudas ahora? ¿No lo viste con Azahara? O bueno, con cualquiera de ellas. He pasado la noche en su casa y…

Yo misma me doy cuenta de que esa es una coartada de mierda, sobre todo sabiendo que la víctima murió el domingo. Pero joder… no. No puede ser. Me observa, arqueando una ceja.

—No, Saray. Cualquiera de sus compañeros daría una mano por asegurar que es inocente. No es posible.

—¿Y si ha montado todo este circo para despistarnos? —insiste—. Te llamó él, te pidió que te quedaras en su casa, ¿no? Es listo, Ava. Así se asegura de tenerte de su lado.

—A ver, Saray, piensa un momento en lo que estás diciendo.

—Un par de compañeros de uniforme pasan junto a nosotras.

Nos saludan, y les decimos que no subimos.

Esperamos a que desaparezcan antes de continuar—.

Imagina que tiene sentido tu teoría: monta toda la escena, asesina a la chica, no la toca, usa guantes para no dejar huellas en el cuerpo...

y luego, ¿qué? ¿Se dedica a tocar cada superficie del piso para dejar sus huellas por todas partes? ¿A propósito?

—No sé. Tal vez en un momento de excitación la empotra contra la puerta, sube las manos… Ella se resiste, él la droga… —conforme lo dice, su tono va apagándose—. No. No tiene sentido. No así. Tienes razón. Es solo que… no tener nada me está volviendo loca.

—Qué me vas a contar.

—Oye, y lo de dormir con él…

—No dormí con él. Dormí en su casa. No es lo mismo. —La miro y suspiro—. Es… interesante. Más de lo que aparenta con esa chulería que a veces gasta. Y sí, ¿qué quieres que te diga? Me gusta. Pero por encima de todo, quiero terminar con esta mierda. Por las chicas. Lo demás… se verá.

Entramos justo en el momento en que él sale, imagino que camino del despacho. No sé si ya ha hablado con los padres de la chica. Al verme de nuevo, su mirada se ensombrece, como si cada vez le pesara más todo esto.

—No es buena señal que regreses, ¿verdad? —pregunta con voz apagada.

—Lo dicho, por favor: los números del Euromillón —trato de aligerar el ambiente con una sonrisa forzada—. No, lo siento... Había huellas en la habitación y en la puerta. Claras. La mayoría no puede llevar allí meses. Lucas, lo siento. Sé que no debería estar aquí, pero…

—Gracias, Ava. —Se acerca y roza mi mano con discreción. Aprieto sus dedos con suavidad, un gesto torpe, inútil, pero sincero, como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua—. Supongo que es cuestión de horas que tenga que declarar ante el juez, ¿no?

—No lo sé. Hay más huellas, sí, pero las tuyas y las de ella son las más evidentes.

Bueno, también están las de su compañera de piso.

Pero hay algo importante: en el cuerpo de la chica no hay nada que te incrimine.

Yo estaba delante, y también el compañero de la científica.

No hubo nada extraño en tu actuación. Por esa parte, al menos, puedes estar tranquilo.

—Está bien… hablaré con mis abogados. Gracias otra vez. Vete, seguro que te espera otro día de mierda. Ah, y cuídame a mi chica —dice, refiriéndose al libro que ahora reposa en mi mesilla de noche—. Por si tienes que llevármela a la cárcel.

—Joder, Lucas, no digas eso —salta Saray con vehemencia.

—Reyes, a estas alturas ya me creo cualquier cosa... salvo que mañana me digáis que habéis atrapado al cabrón —responde él, con una mezcla de pena, agotamiento y una rendición apenas disimulada.

—Nos tenemos que ir. Pero te llamaré luego —le prometo, aunque no sé si eso lo consuela o lo hunde más.

—No te involucres más, Ava. Puedes perder tu placa. Hazme caso.

—A la mierda, Lucas. Yo no me rindo.

No dice nada más. Se marcha sin volver la vista.

Ya no queda ni rastro de tensión en sus pasos, solo un vacío abismal colgado de sus hombros.

Camina encorvado, con la cabeza gacha. Saca el móvil del bolsillo del vaquero, seguramente para llamar a su abogado.

Cuando desaparece tras una puerta, toco a Saray en el brazo.

También ella lo había estado mirando alejarse en silencio.

—Vámonos de este puto lugar —le digo.

Y salimos de allí, sintiendo nuestra su angustia y su dolor.