El Dolor de la Culpa 29 otra más
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OTRA MÁS

AVA

Me deja en la puerta de la comisaría justo cuando Saray entra también, coincidiendo con ella en el tiempo...

y con el consiguiente cachondeo. No le había contado que pasaría la noche en casa de Lucas, y ahora tengo que explicarle el plan.

No sé si es una locura, un acto desesperado o, tal vez, lo más sensato que alguien haya propuesto hasta ahora.

O quizá la que está loca soy yo, porque lo acepté sin darle muchas vueltas.

Después de la escenita del viernes, la moto, dormir a pocos metros de él y no acercarme en toda la noche —aunque más de la mitad del tiempo estuve despierta— ha sido una pesadilla. Y la otra mitad también, porque en sueños a veces me besaba, y en otros... era él quien mataba a las chicas.

Y la última víctima era yo.

Como casi siempre que le toca guardia, la fatídica llamada no tarda en llegar. Pasadas las once, ya voy volando hacia la dirección que nos han dado desde emergencias para encontrarme con Lucas de nuevo. Y con esa mirada desesperada que clama ayuda sin pronunciar palabra.

Pero esta vez… esta vez tiene coartada.

Yo soy su coartada.

No tengo ni idea de cómo voy a justificarlo, pero el comisario fue claro, igual que el juez: vigiladlo en todo momento. Eso he hecho, ¿no?

Hoy, el lugar de los hechos se encuentra en una vivienda situada en el bulevar del Gran Capitán.

Al llegar, la escena se repite como una pesadilla: la persona que la ha encontrado, rota; los sanitarios en la acera; el cordón policial.

Lucas llega justo a la vez que yo, y cuando cruzamos la mirada, lo leo todo en sus ojos.

Nunca —ni siquiera con Azahara— lo había visto tan agotado.

Cinco. Esta chica es la quinta víctima. Y seguimos sin una puta pista.

Ese cabrón es un fantasma. Entiendo que Lucas se sienta impotente.

Yo también me siento así. Con la diferencia de que él se juega algo más que su carrera o su libertad.

—Tranquilo, Lucas —le digo en voz baja mientras subimos hasta el tercero, donde está el cuerpo de la chica—. ¿Quién es?

—Se llama… se llamaba Iria. Tenía veintidós años. No sé mucho más. Fue breve. Nos metimos mano en un antro de aquí cerca y el resto ya lo sabes.

—Hablasteis poco —comento, aunque es evidente.

—No hubo tiempo. Bailamos, nos tocamos, poco más. Me dijo que vivía con su amiga, la que estuvo con Mario. Y ya está. Fue después del atroz accidente del autobús escolar… Yo estaba anímicamente destrozado y necesitaba justo eso: lo que me dio.

El ascensor da un respingo y se detiene.

Las puertas se abren con un sonido metálico y lo veo coger aire.

Aprieta con fuerza la correa de la mochila donde lleva su equipo hasta que los nudillos se le ponen blancos.

De forma instintiva, le cojo la mano y la presiono antes de que entremos. Me mira y asiente.

Estoy a punto de decirle algo, pero me detiene.

—No lo hagas. No puedes.

—¿Ahora también eres vidente? Pues dinos ya quién es el siguiente o, mejor, dame la combinación del bote de la Primitiva y mando todo a tomar por culo antes de largarme al fin del mundo.

Si quieres, te invito —bromeo, intentando aliviarle la tensión.

Sé que no va a funcionar, pero si sigue así va a caer. Y no quiero verlo en ese pozo. A él no.

Estaba a punto de prometerle que atraparía al asesino. Pero no puedo. No cuando no tengo nada. Y todo —todo— apunta a Lucas.

—Ja, ja… —su risa es la más triste que le he oído nunca—. Ni tú ni yo podríamos estar sin hacer nada el resto de la vida.

—Tanto como sin hacer nada… —respondo sin pensar. Esta vez sí consigo arrancarle una sonrisa de verdad. Socarrona. Auténtica. Sexy.

—¿Listo?

—Todo lo que puedo.

Entramos al piso y, antes de acceder al dormitorio, escoltado por un par de agentes que han llegado antes, Lucas se detiene.

Con la precisión de quien ha repetido ese ritual demasiadas veces, se coloca las calzas, el gorro, la mascarilla y las gafas de protección.

Se toma un instante. Respira hondo. Y entonces avanza, sin que nadie tenga que indicarle el camino.

Ya ha estado aquí.

Yo tomo nota mental de la fecha que me ha dado, aunque ya la tenía apuntada en la lista.

—Ava… Inspectora —corrige al notar que hay más personas cerca—. Esto no pinta bien, ¿puedes acercarte?

El tono derrotista de su voz me enciende todas las alarmas.

Me coloco una mascarilla, ajusto mis guantes y me acerco sin dudar, con el corazón martilleando en el pecho.

Lucas ha retirado el pañuelo que cubría los ojos de la víctima y está desatándole las muñecas.

Las marcas son más oscuras que de costumbre.

También hay huellas en el cuello, los mismos dedos que dejaron su firma en las otras chicas.

Toma uno de los brazos con extremo cuidado, lo alza con delicadeza y lo mueve con suavidad. Para mi sorpresa, no hay rigidez. Aprieta con el pulgar las marcas moradas de las muñecas: no hay reacción en la piel.

—Joder, Caronte… ¿eso es lo que creo que es? —pregunto en voz baja. Algo sé de rigor mortis y livideces. Por desgracia, esta no es la primera muerte que veo.

—¿Qué crees? —responde mirándome desde detrás de las gafas, mostrando sus ojos verdes turbios, apagados, ajenos al brillo que suele encenderse en ellos cuando está despierto y mordaz.

—Que no ha muerto hoy —suelto apenas en un hilo de voz.

—Correcto, inspectora. Lleva al menos doce horas muerta. Mira los ojos… —Con una suavidad que me desconcierta, le levanta el párpado—. Presenta el signo de Stenon-Louis: hundimiento del globo ocular, pérdida de transparencia en la córnea… Mira las arrugas, el aspecto terroso.

—O sea que volvemos a la casilla de salida. La mató el domingo y tú… —No termino la frase. No puedo. Solo deseo, con todas mis fuerzas, que en este caso no haya ni una sola huella. Ni parcial, ni latente, ni un maldito fragmento. Pero claro, una cosa es el deseo… y otra muy distinta, la realidad.

—Déjame continuar, por favor. Al menos esto sé hacerlo bien.

Sigue con su trabajo, haciendo fotos, anotando detalles, con esa meticulosidad suya que a veces me desespera y hoy, sin embargo, me reconforta. Saray aparece detrás de nosotros. No tengo ni idea de cuándo ha subido. Los compañeros de la científica ya están en el salón y el resto del piso.

—Martín —me llama Jiménez, uno de los inspectores del grupo. Su voz me arranca de una espiral de pensamientos oscuros que no llevaba a ningún sitio.

—Dime —me acerco. Está junto a una compañera a la que no termino de poner nombre. Lo que veo me deja helada: todo está lleno de huellas. Tampoco debería sorprenderme. Es —o era— un hogar.

—Hay más huellas de las habituales. Y en sitios raros —añade, sin apartar la vista de una de las paredes—. No sé qué vamos a encontrar, pero hazte a lo peor.

—¿Sitios raros? —pregunto, frunciendo el ceño.

—El marco de la puerta. Por dentro. A una altura extraña… —Hace una pausa—. La pared. Ese mueble. Y están superpuestas, como si hubiera varias capas de movimiento. No sé, llevo años en esto, y algo no encaja. A menos que aquí se haya celebrado una orgía.

Una imagen fugaz cruza mi mente. Otra escena, otro lugar. Lucas. Pero la borro antes de que tome forma.

—¿Y restos biológicos? ¿Semen, sangre, cabellos…?

—Estamos en ello —responde la otra inspectora, y esta vez, al oír su voz, la reconozco.

Sánchez. Ella y Jiménez llevan años siendo pareja.

Lucas sale justo en ese momento, quitándose la ropa de protección antes de depositarla en el contenedor correspondiente habilitado a la entrada de la vivienda.

Sus hombros están caídos, la espalda encorvada, y su imagen no puede ser más elocuente: la de un hombre completamente derrotado. Me duele el alma verlo así.

—Me marcho —murmura, sin apenas fuerza en la voz—. A esta no la ha penetrado… o eso creo, al menos a primera vista. Lo confirmaré en la necropsia. Nos vemos allí. Supongo que irás, ¿no?

—No creo que tarde en llamarme el juez Casasola. Si no está ya de camino. Hablamos —le respondo, aunque me quedo con una sensación amarga, sin saber muy bien cómo dejarlo ir en ese estado. Con cada paso que se aleja, algo dentro de mí se encoge.

Permanezco en el piso un rato más, atenta a que todo se mantenga dentro de lo posible, aunque en un escenario así, el control absoluto es una quimera.

Los compañeros actúan con sumo cuidado, pero aún así…

la contaminación es inevitable a veces, incluso sin querer.

Las huellas. Hay demasiadas. Y eso no me gusta nada.

El juez me llama unos minutos después. Me ordena presentarme en el Instituto de Medicina Legal, justo como esperaba. En cuanto se llevan el cuerpo de la chica, Saray —que ha estado extrañamente callada todo este tiempo— y yo salimos rumbo al IMLCF.

Nos detenemos unos segundos antes de entrar. Varias unidades móviles de prensa están apostadas frente a la puerta principal. Por suerte, entramos por el garaje y nos ahorramos el mal trago de las cámaras y los micrófonos.

—Ava, ¿estás bien? —pregunta Saray, mirándome de reojo.

—No, Saray. Este cabrón, o lo que sea, se está riendo en nuestra cara. La mató el domingo.

—¿No jodas? ¿Eso cree Lucas? —pregunta, sorprendida.

—Eso dicen las pruebas —afirmo con seguridad.

—¿Y no es eso suficiente para demostrar que no es culpable?

Quiero decir… ¿cuándo ha falseado la verdad Lucas?

Si tuviera que ocultar algo, no sería tan meticuloso con lo que encuentra.

—Su teoría es tan simple como lógica, tan evidente que escuece.

Pero ambas sabemos que, en ocasiones, la ley no funciona con lógica, ni con intuiciones.

—Para mí, sí lo es. Para un juez, si aparece una sola prueba en su contra, puede no ser suficiente. —Me detengo un instante antes de cruzar la puerta de la morgue. Me vuelvo hacia ella—. ¿Sabes lo que no entiendo?

Saray niega con la cabeza.

—Que aún no lo hayan apartado de estos casos.

—Porque, en el fondo, no tienen nada sólido contra él —responde con rotundidad.

—Aún así…