El Dolor de la Culpa 28 una noche interesante #2
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28 una noche interesante #2

Cabrona. Esto se nos está yendo de las manos, pero, joder, no me importa.

De hecho, me siento mejor que en mucho tiempo.

Me hace sentir cosas que no experimenté ni con Carla, y tal vez ni siquiera con Olivia.

No sé si eso está bien, dadas las circunstancias, pero por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de vivir.

De que amanezca un nuevo día solo por saber si me escribirá, si me provocará, si me retará o me echará a los leones.

Si me contará alguno de sus secretos más íntimos o si me desafiará como solo ella sabe.

Vuelvo al salón. En sus manos está el ejemplar de La chica de Baelo Claudia, el mismo del que hablamos antes. Lo ha abierto, y al ver las ilustraciones que hay al inicio de cada capítulo, suelta una exclamación encantada. Me acerco por detrás, en silencio. Está tan absorta que ni se da cuenta.

—Es preciosa, ¿verdad?

—Sííí... una maravilla. ¿Te importa si me la llevo? Solo con verla ya me ha seducido aún más—dice, levantando hacia mí una sonrisa preciosa y sincera.

—Toda tuya… hasta que la termines. Trátala con cariño.

—Como si fueras tú, corazón —se burla, lanzándome una mirada socarrona—. Y ahora, si no te importa, me voy a probar esa cama de la que hablas maravillas.

—Bueno, mi sobrino de siete años opina que se duerme de lujo.

—Ja, ja, ja. Me encantaría verte con ellos. Es que no te imagino, la verdad… con tus ataduras, tus manías, tus silencios. Y sin embargo, haciendo de tío…

—No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra. Pero quién sabe, tal vez, cuando toda esta mierda pase, podamos quedar con ellos. Estoy seguro de que te encantarían. Adri es todo un personaje y Nerea… Nerea es puro amor.

Hago una breve pausa y la señalo con un gesto hacia el pasillo.

—Y ahora, mi querida dama —digo con un tono ceremonioso—, le acompaño a sus aposentos y le dejo unas toallas.

Camino detrás de ella. Cuando llega al dormitorio donde dejó su mochila, entra y enciende la luz.

Se sienta en el borde de la cama, y el tirante de su camiseta se desliza por el hombro, demasiado abajo.

Trago saliva y desvío la mirada, fingiendo indiferencia.

Me dirijo al baño y salgo con un par de toallas limpias.

—Gracias —dice, sin moverse del colchón.

—Las sábanas están limpias. Siempre las cambio cuando ellos se van. Que descanses, inspectora.

Me marcho, dejándola allí, sentada, con las toallas a un lado y el libro al otro. Al poco, escucho el clic de la lámpara de la mesilla y el apagado de la luz del techo. Suspira... justo al mismo tiempo que yo, al cerrar la puerta de mi habitación.

Me quedo un instante quieto, mirando el cabecero de la cama, esa mezcla de madera y forja que siempre me ha parecido decorativa… aunque en algunos casos podría ser muy útil. Claro que nunca he llegado a usarlo para eso.

Entorno la puerta y voy al baño. Me lavo los dientes mirándome en el espejo, como si me estuviera reconociendo por primera vez en mucho tiempo. Mis ojos brillan. Hacía meses que no los veía así. Sí. Definitivamente, ella me pone las pilas.

Intento leer, pero es imposible. Paso las páginas sin verlas. Me tumbo, doy vueltas, me harto. Solo puedo pensar en que está a unos metros de mí, y en las ganas que tengo de ella. En las que ella tiene de mí. Porque están ahí, lo sé. Solo que yo llevo más tiempo en esta sequía.

Desde que estuve con Olivia no he salido con nadie. No quiero acabar mal. No quiero más finales rotos. Y tampoco consigo sacarla de mi mente.

Sería tan fácil levantarme, cruzar el pasillo y meterme en su cama. Hundirme entre sus piernas, perderme en su cuerpo, en su aliento, en su piel.

Pero no lo haré.

No puedo.

No debo.

¿Qué encontraré mañana?

No tengo ni idea de a qué hora me dormí, pero la alarma me taladra los oídos a las siete como si me pasara un tráiler por encima.

La apago lo más rápido que puedo y me meto en el baño para darme una ducha fría que me despeje.

Al menos esta noche no he tenido pesadillas. Tampoco es que haya dormido mucho…

Me pongo unos vaqueros y un polo. Dejo que el pelo se seque solo mientras salgo a la cocina a ver qué puedo improvisar para desayunar.

Al pasar por su puerta, esta se abre, y Ava aparece con su «uniforme»: pantalón ancho azul marino, camiseta blanca y la coleta alta que siempre lleva cuando trabaja.

Completa el look con unas deportivas blancas impolutas.

—Buenos días, doctor —saluda, dejándome fuera de combate con ese perfume dulce y goloso que parece suyo, como si lo fabricaran solo para ella.

—Buenos días —respondo, aunque tardo tanto que ella sonríe divertida—. ¿Quieres algo decente para desayunar?

—¿Por qué contigo todo suena a doble sentido, Caronte?

—Será tu mente calenturienta… o el calentón sin resolver, no lo sé. Era una pregunta de lo más inocente —añado con el mismo tono irónico.

Camino hasta la cocina con ella pisándome los talones. Saco dos tipos distintos de pan cortado del congelador, dejo el tostador en la encimera y rebusco en la nevera qué más puedo ofrecerle. La veo observando mi cafetera con curiosidad, casi como si fuera un objeto alienígena.

—¿Tienes un vídeo o un podcast con las instrucciones de esta máquina del futuro? —pregunta. Hoy su buen humor le rebosa por cada poro.

—Anda, ven. Es más fácil de lo que parece. O mejor, pon el pan que te apetezca a tostar y yo te preparo el café. ¿Con leche? —le pregunto mientras el expreso ya está cayendo en mi taza de Van Gogh.

—O sea que lo del pañuelo de Van Gogh no era casualidad. Te gusta este artista. Y sí, con leche… pero poca. Odio el sabor de la leche.

—Yo no dejo nada al azar, inspectora —respondo, saboreando la palabra.

Me encanta llamarla así. Aunque su nombre me gusta, sé que el apelativo la descoloca. Sus pupilas se dilatan apenas, pero lo suficiente. Su respiración cambia sutilmente. Quizá para otros pasaría desapercibido. Para mí, no.

Se mueve en mi cocina con la naturalidad de quien ha estado muchas veces.

No sé si me gusta… o me acojona. Su presencia lo llena todo, a pesar de su físico delgado y su estatura más baja que la mía.

Rondará el metro setenta, tal vez algún centímetro más.

Pero su personalidad magnética y esa mirada —intensa, azul puro, capaz de traspasar el alma— la hacen inmensa.

Cojo otra taza con una obra diferente de mi pintor favorito, la coloco en la cafetera y pulso la tecla de latte macchiato, añadiendo un poco más de café.

Cuando está listo, lo dejo frente a ella, atrapándola entre mis brazos contra la encimera.

Su cuello queda justo a la altura perfecta para besarlo, pero no lo hago.

Me acerco a su oído y le susurro, dejando que sienta mi aliento:

—Espero que esté a tu gusto, Ava.

Se tensa, pero no se aparta. Justo entonces, el tostador lanza el pan al cielo con un estruendo y ella se sobresalta. Me separo con una sonrisa divertida, recojo la tostada y la dejo en un plato.

—¿No tomas nada más que café? —pregunta, al ver que no pongo más pan en el tostador.

—No, no suelo comer tan temprano. Al menos no nada sólido —le lanzo con intención.

—Ni de ninguna clase, ya que no duermes con nadie, Caronte —me devuelve el golpe con una sonrisa mordaz.

—Touché. Aunque siempre hay una primera vez… o una segunda. Al fin y al cabo, tú has dormido aquí.

—Pero no contigo —insiste, bajando un poco la voz.

No seguimos hablando. Se acomoda en una de las sillas altas de la cocina, cruzando un pie sobre el otro, y empieza a untar mantequilla y mermelada en la tostada.

Da un sorbo al café y deja escapar un gemido bajo, gutural, que se me mete bajo la piel.

Mis vaqueros se tensan de forma incómoda al recordar un jadeo muy similar… en un contexto muy distinto.

—Joder… este café está buenísimo. No quiero ni saber lo que te ha costado esta cafeterita del infierno.

—Barata, barata, lo que se dice barata, no es —respondo mientras le sostengo la mirada—. Pero ya ves… merece la pena cada maldito céntimo que pagué por ella.