28 una noche interesante
UNA NOCHE INTERESANTE
LUCAS
Salgo de nuevo con un pantalón de algodón y una camiseta blanca. Ella está de pie frente a la librería del salón, observando los títulos con curiosidad, igual que hice yo en su casa el día que estuve allí.
—Si ves algo interesante, puedes cogerlo, siempre que lo cuides —le digo, mientras me apoyo en el marco de la puerta.
—Tienes un gusto de lo más variopinto —comenta, hojeando un ejemplar—. Este tiene pintaza. No sabía que leyeras romántica.
—Bueno, mezcla lo histórico con lo romántico. Es muy bueno, y además se desarrolla aquí —respondo, al ver cómo acaricia con mimo el lomo de La chica de Baelo Claudia.
—Pues cuando coja vacaciones, te tomo la palabra. Ahora llevo unos cuantos a la vez, igual que tú, por lo que veo.
—Sí —admito, encogiéndome de hombros—. Vamos, pongo la mesa, que estaremos más cómodos.
—No importa. La cocina está bien. Tienes un piso muy agradable y con muy buen gusto, aunque un poco...
—¿Caótico? Ya, iba a recoger el viernes, pero surgió un plan más interesante... y luego no he tenido ganas, la verdad sea dicha. Total, no viene nadie. Es mi caos.
—No, si no me importa —dice, lanzándome una mirada cargada de intención—. Habla mucho más de ti de lo que tú sueles contar.
—No sé si eso es bueno... Y que me psicoanalices tampoco, Martín —bromeo—. Espero que te guste la ensalada de patata. Es lo que tengo hoy para comer... a menos que quieras otra cosa en el menú —la tanteo, dejando caer la frase con cierta picardía.
—Lucas, para. Joder, que pareces un crío. Dime por qué estoy aquí.
—Ah, pues eso sí que lo ignoro. Has venido tú. Ya sabes que no suelo traer chicas a casa —respondo, con una sonrisa provocadora.
—Y también sabes que yo no soy como las demás.
Hostia. Toma guantazo sin manos.
—Eso también es verdad —claudico, bajando la mirada un instante.
Sirvo la comida con gesto pausado, buscando las palabras mientras el silencio se instala entre nosotros.
—Te cuento lo que quería decirte. Igual es una locura, pero estoy algo desesperado... y supongo que vosotros también.
Le cuento mi plan mientras comemos la ensalada. Ella la acompaña con un frizzante que, por casualidad, me había sobrado de la última vez que cené con mi hermana. Yo sigo con agua.
Duda.
Niega con la cabeza.
Piensa.
Se suelta la coleta y se hace un moño más flojo, casi deshecho, mientras me pide permiso para descalzarse. Asiento con un gesto, y ella sube una pierna, acomodándola bajo su cuerpo. Juguetea con los últimos trozos de ensalada en el plato, pensativa. Luego me mira, y su voz es suave pero decidida:
—Es una locura... pero sí. A fin de cuentas, el comisario me pidió que te vigilara.
—¿Cómo has venido? —pregunto, intrigado. Hace un calor de mil demonios y vivo en una zona de bajas emisiones. Solo se puede acceder hasta aquí con ciertos vehículos.
—Me ha traído Saray.
—Vale. Pues te llevo a recoger lo que necesites, ¿te parece?
—No, da igual. Está cerca. No hace falta —responde, algo cortada.
—A ver, Ava —resoplo con una media sonrisa incrédula—, acabo de proponer una puta locura y tú decides seguirme el juego. Hay cuarenta grados en la calle. Déjame llevarte en coche, así no pasas calor. Te espero abajo si prefieres.
—No seas idiota, no es por eso... Bueno, vale. Pero prefiero que vayamos en moto. Antes, te echo una mano con la cocina.
—Ah, no. Siéntate un rato en el sofá, tardo un minuto en recoger todo.
Intenta seguirme a la cocina, pero la detengo con un gesto y la conduzco de nuevo al salón, donde se está más fresco.
La siento en el sofá con una mano en la espalda y me llevo lo que queda en la mesa.
Cargado con los platos, entro en la cocina, los meto en el lavavajillas, lo pongo en marcha y recojo todo lo demás.
Cuando salgo para preguntarle si quiere café o helado, la encuentro dormida en el sofá, recostada con una expresión tranquila que rara vez tiene cuando está despierta. Parece en paz.
Voy al dormitorio, me cambio de ropa y regreso al salón.
Me dejo caer en el sillón junto a ella y me pierdo en su rostro relajado, en lo bonita que es.
El tono dorado de su piel brilla con la luz que entra por la ventana.
En su pie, el tatuaje «look at the moon» una canción que he escuchado mucho últimamente.
No sé si se lo hizo por eso, pero lo busqué una vez y salió ese tema.
Observo los pequeños dibujos que adornan su piel: la triple luna, una frágil margarita —aunque tan fuerte como ella—, y el de la nuca, mi favorito, con la palabra amor. ¿Cómo alguien que ha sufrido tanto puede tatuarse cosas así?
Tomo uno de los libros que hay sobre la mesa e intento leer unas líneas, sin éxito. Al final, lo dejo con desgana y vuelvo a mirarla. Se mueve ligeramente, abre los ojos con gesto confuso, como si no supiera muy bien dónde está. Le sonrío y ella me devuelve la sonrisa.
—Hola, bella durmiente... aunque eres más bien Blancanieves.
—¿Y eso? —pregunta, incorporándose—. Joder, mira que dormirme en tu sofá... Lo siento.
—Bah, si uno está cansado, pues se duerme. Ayer estuve yo igual casi todo el día. No dormí nada bien ni el viernes ni el sábado. Y lo de Blancanieves es porque te pareces a ella.
—Ahhh. Para el próximo carnaval me disfrazaré de ella.
—Mmm... qué ideas se me ocurren —bromeo, levantando una ceja.
—¿Puedo ir al baño? —pregunta, ignorando mi comentario.
—Claro, pasa.
Cuando sale, noto que se ha lavado la cara y se ha apartado un poco el flequillo de la frente. Hoy no lleva nada de maquillaje. Aún tiene el moño despeinado. Yo ya estoy en pie, esperando a que salga para llevarla a su casa.
Cuando llegamos, me dice que se va a dar una ducha y a preparar unas cosas para llevarse. Desaparece por el pasillo hacia su dormitorio, y yo me quedo en el salón, con el móvil en la mano, pasando el rato mientras rondan por mi cabeza ideas no del todo sensatas.
Un par de horas más tarde estamos de nuevo en mi casa. Ella lleva un pantalón corto —muy corto— y una camiseta de tirantes que insiste en deslizarse por su hombro, dejando al descubierto el tirante de su sujetador. Yo me he puesto la misma ropa de antes.
Me dispongo a preparar tortilla de patatas, pero ella se empeña en ayudarme. Así que ahí estamos: en mi cocina, codo con codo, compartiendo una copa de vino un lunes por la noche, pelando patatas y cortando un poco de queso mientras la cena va tomando forma.
Mañana tengo guardia…
Cenamos con calma. Me cuenta más cosas de su infancia, y no exagero si digo que fue terrible.
Lo curioso es cómo lo narra, como si hablara de la vida de otra persona, como si todo aquello le hubiese pasado a alguien más y ella solo fuese la espectadora de una película cruda y dolorosa.
Pero yo sé que fue la protagonista, que vivió cada golpe.
Y aun así, logró convertir ese barro en fuego, en combustible, para ser la mejor policía de su promoción…
y en la mejor en lo que hace. No puedo evitar admirarla cada vez que habla.
—¿No dices nada? —pregunta desde el sofá, acomodada en un extremo con un bol de helado de tiramisú entre las manos.
Ese helado también es uno de mis favoritos. La imagino con él derritiéndose sobre su piel, y joder… estoy peor de lo que pensaba. Porque solo la imagino a ella, de todas las formas posibles.
Siempre desnuda.
Siempre conmigo.
—Eres increíble, Ava.
Justo entonces suena el timbre, interrumpiendo el momento. Miro la hora: las once. Me levanto sin dudar ni un segundo. Sé perfectamente quién es.
—Tranquila, inspectora. Es mi pesadilla particular, seguro —le digo, al ver cómo se incorpora, tensa.
Camino descalzo hasta la puerta. Y, efectivamente, al abrir, irrumpe la voz de Sofía, mi vecina favorita:
—Lucas, hay una rata en mi casa. ¿Puedes echarme una mano, por favor? Perdona la hora…
—A ver, Sofía… ¿tengo pinta de exterminador de plagas? —respondo, ya hastiado.
—Por favor, por favor… —me suplica, mientras me agarra del brazo y se coloca detrás de mí, empujándome suavemente hacia su puerta.
Desde el salón, la voz de Ava llega cargada de ironía, divertida y venenosa como un dardo emponzoñado lanzado con una cerbatana:
—Vamos, Luc, ayudemos a esta vecina tan simpática… no sea que la rata se nos cuele también a nosotros, cariño.
Tras un breve recorrido por la impecable casa de mi vecina —esa de la que no sé a qué se dedica, ni me importa—, donde, por supuesto, la supuesta rata ha desaparecido como en un truco de magia, regresamos a mi piso.
Los boles del helado siguen abandonados en la mesa baja.
Ava se deja caer de nuevo en el sofá sin preocuparse por el helado derretido y se lleva la cuchara a la boca, lamiéndola con tal parsimonia que tengo que recolocarme varias veces en el asiento para disimular la erección que me provoca.
Juraría que lo hace a propósito. Creo que será mejor levantarme, recogerlo todo y decirle que me voy a la cama…
si es que saber que está en la habitación de al lado me deja dormir, claro.
Aprovecho que ha terminado para acercarme.
Se ha dejado un poco de chocolate del tiramisú en la comisura de los labios.
Me inclino hacia ella y se lo limpio con el pulgar, lentamente, como quien no quiere la cosa, devolviéndole un poco del juego con el que lleva provocándome toda la noche.
Ava ahoga un suspiro. Me doy media vuelta con una pérfida sonrisa en los labios y me llevo los cacharros.
—¿Algún problema, Martín? —me burlo desde la cocina, sin mirarla.
—Creo que el mismo que tú, Caronte. Solo que lo mío no duele, doctor.